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May 27 Blas de Lezo¿Que puede haber mas placentero en una tarde de lluvia primaveral, acompañado de un fondo musical del Gato Barbieri, un te y un paquete de cigarrillos?...
Pues, todo eso aderezado con una buena lectura. ¿A que si?
Y si es histórica mejor. Y si en ella el perro ingles sale mal parado… pues mas mejor. Y como yo me lo estoy pasando pipa. Me gustaría hacer participe de la misma a aquel que guste de conocer hechos olvidados o enmascarados por la historia sobre personajes dignos de cualquier superproducción americana o anglosajona.
En Octubre de 1739 Inglaterra declara a España la guerra de la oreja de Jenkins y planea tomar la ciudad donde confluyen las riquezas de las colonias españolas, Cartagena de Indias (Colombia), dominar el comercio en el Caribe y, en una operación combinada con las fuerzas del Comodoro Anson que con el navio Septrentión y dos buques menores acosaba las colonias del Pacifico Sur, aniquilar el imperio español en América. Aunque el origen de la guerra fue la rivalidad comercial entre las dos potencias, la causa inmediata de la conflagración fue un incidente cerca de la costa de Florida cuando el capitán de un guardacostas español, Juan León Fandiño, interceptó el Rebbeca al mando de Robert Jenkins y le hizo cortar a éste una oreja; después de lo cual le liberó con este insolente mensaje: "Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve". Este suceso enardeció a la opinión pública inglesa y dió lugar a que su Gobierno, presidido por su Primer Ministro Mr. Walpole, declarara la guerra a España presionado por comerciantes de la City que apetecían la conquista de nuevos mercados.
Las defensas de Cartagena no pasaban, en cambio, de 3.000 hombres entre tropa regular, milicianos, 600 indios flecheros traídos del interior más la marinería y tropa de desembarco de los seis únicos navíos de guerra de los que dispone la ciudad: el Galicia que era la nave Capitana, el San Felipe, el San Carlos, el Africa, el Dragón y el Conquistador. Este pequeño contingente está dirigido por hombres decididos a defenderse hasta morir: el Virrey Sebastián de Eslava, Teniente General de los Reales Ejercitos con larga experiencia militar, y bajo su mando, pero en el mar, el celebre General de la Armada D. Blas de Lezo,
Años antes Vernon Ahora Vernon, envalentonado tras una acción de rapiña en la mal defendida ciudad de Portobelo (Pánama), vuelve con efectivos considerables y escribe a Lezo cartas desafiantes. Éste, como buen vasco, es tozudo y quisquilloso en cuestiones de honor: 'Hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía..."
Vernon despliega la flota bloqueando la entrada al puerto, y tras silenciar las baterías de "Chamba", "San Felipe" y "Santiago" desembarca tropas y artillería. Es tan impresionante el despliegue de barcos en el horizonte que algunos vecinos consideran la situación perdida y procuran ponerse a salvo. Vernon ordena un cañoneo incesante que durará 16 días y noches al castillo de San Luis de Bocachica con un promedio de "62 grandes disparos por hora". El castillo está defendido por 500 hombres al mando de Coronel Des Naux. Por su parte Lezo coloca cuatro de sus navíos, el Galicia, el San Felipe, el San Carlos y el Africa del lado interior de la bahía y en las proximidades del Castillo para apoyarlo con sus cañones. Aunque la defensa de Bocachica fue heroica con Lezo y Des Naux peleando en primera fila los defensores han de evacuarlo ante la abrumadora superioridad enemiga. Lezo hace barrenar e incendiar sus buques para obstruir el canal navegable de Bocachica, cosa que consigue parcialmente ya que el Galicia no coge fuego a tiempo. Sin embargo, se ha logrado retrasar el avance inglés de forma considerable y ello favorecerá el desarrollo de epidemias entre los asaltantes.
Los defensores optaron por replegarse totalmente a la Fortaleza de San Felipe de Barajas, m Vernon entró entonces triunfante en la bahía con su buque Almirante con las banderas desplegadas y el estandarte de General en Jefe escoltado por dos fragatas y un paquebote, y dando la batalla por ganada despachó un correo a Jamaica e Inglaterra con tan fausta noticia. Tras ello ordena el desembarco masivo de artilleria y cañonear el Castillo de San Felipe desde mar y tierra con el fin de ablandar la resistencia final. La defensa fue numantina y la batalla violenta. Al fin Vernon resuelve que la infantería tomará fácilmente la fortaleza pues se encuentra con daños considerables. La noche del 19 al 20 de abril se dan los hechos decisivos, los atacantes al mando del General Woork avanzan entre sombras en tres columnas de granaderos y varías compañías de soldados, además de los esclavos macheteros jamaicanos que van en vanguardía. Su progresión es lenta por el pesado equipo de guerra que transportan y por el fuego de fusilería desde las trincheras y lo alto de la fortaleza. El avance se frena ante las murallas ya que por imprevisión la longitud de las escalas para salvar el foso resultan cortas y los atacantes quedan aturdidos al no disponer de fajinas y materiales para facilitar la aproximación al fuerte. Los defensores arrecian en su fuego nutrido y certero desde lo alto, lo que origina una mortalidad espantosa.
Al alba un macabro espectáculo de muertos, mutilados y heridos vagando como espectros aparece alrededor de San Felipe haciendo evidente la hecatombe inglesa.
El bombardeó inglés prosigue desde el mar 30 días más sin un objetivo claro, pero el cólera y el escorbuto comienzan a provocar decenas de muertos que flotan en la bahía lo que hace la situación desesperada. Mientras en Inglaterra se supone como cierta la victoria con arrogancia y orgullosa satisfacción. Aún se desconoce el infausto final y se acuñan medallas conmemorativas mostrando a Lezo arrodillado ante Vernon entregándole la espada con la inscripción "el orgullo español humillado por Vernon". En ellas el vencido aparece con dos piernas, dos ojos y dos brazos para obviar que es un hombre lisiado. En el reverso había seis navios y un puerto, y alrededor la inscripción: quien tomo Portobelo con solo seis naviós, Noviembre de 1939. Éstas medallas, de las que se conservan algunas todavía, fueron motivo de burla durante mucho tiempo por parte de los enemigos de Inglaterra, "debiendo ser en sus autores tanta mayor la vergüenza cuanto fue mayor su ligereza y arrogancia".
Semanas después Lezo malherido y extenuado por la batalla se hunde en las tinieblas del olvido. Sus últimos momentos se enmarcan dentro de la ingratitud y la amnesia de un camastro en algún hospital de Cartagena. Su cuerpo cercenado se deposita sin honores y se ignora donde esta enterrado.
El asalto a Cartagena de Indias pasó así a ser un anecdótico episodio de mala suerte debido a enfermedades tropicales mal conocidas. El propio Nelson fue en cierto modo víctima de esta conspiración de silencio. Poco después de afirmar que los Dons sabían hacer barcos pero no pelear tuvo que retirarse humillado y sin su brazo derecho tras el intento de captura de Tenerife (Julio de 1797), cosa que también daba por hecha, y entregar su vida en Trafalgar ante los Dons que pelearon de forma valiente bajo un inepto mando francés. Ylos españoles, por contra de los ingleses, somos tan miserables que nos avergonzamos de nuestras hazañas y hurtamos al saber popular figuras como la de Blas de Lezo y Olavarrieta, marino español y vasco de Pasajes (Guipuzcoa). Su legendaria vida, y anónima muerte, contribuyó a cambiar la historia en América y no desmerece frente al mejor guión de aventuras de Hollywood.
![]() July 18 Ron con vinagre
Ron con vinagre June 15 COUSAS DA VIDA
-¿E se ao dar a volta a terra caese a auga do mar enriba do sol? -Eu pensei que ían repartir as riquezas.
-Pois eu xa me daba por satisfeito se repartisen a fame.
-Se vostede non cre en nada, ¿Por que foi de vela na procesión?. -Nas cidades prohibiron os pobres.
-Porque levaba o estandarte don Fulano. -Sería mellor que prohibiran a probeza.
-Ela non me quería e mateina. -Hai que defender España.
-Mellor sería que España nos defendese a nos.
O MÉDICO: ¿Non dixeches que sacharías de balde -Eu estudio para vos redimir.
na miña horta se te curaba?. -¿E o que escribie os libros tamén estudiou nos libros?.
-Vostede terá moito dereito; pero eu teño moita razón. -Fixemos unha rogativa para que San Roque nos librase da peste... ¿e sabes quen levou o estandarte?.
-Foi o cacique.
O meu neto morre, que xa mo dixo o médico. -¡Qué aburrido estás desde que no mandas...!
-Non fagas caso. Se cho dixese un avogado, aínda... ¿Por qué no aprendes ortografía y te entretienes?.
-Yo nunca sentí la necesidad de saber gallego. -O noso candidato vale moito, moito!.
-Es que esa necesidad no se siente en la barriga. -¿E como se chama?.
-Home..., non me acordo. June 05 Corsarios españoles
CORSARIOS ESPAÑOLES
Para muchos parecerá poco menos que una flagrante contradicción el juntar el sustantivo corsario con el adjetivo español como si eso apenas hubiera llegado a existir. El tópico se explica en parte, aparte del desconocimiento de nuestra Historia Naval, por la evidente reticencia de algunos de los reyes de la Casa de Austria, especialmente Felipe II, a servirse de tal auxilio para sus armadas regulares, pero lo cierto es que hubo muchos y magníficos corsarios españoles desde al menos el reinado de Felipe IV hasta comienzos del XIX.
LOS SALA
E n el otoño de 1797, Y tras su victoria de febrero de aquel año en San Vicente, los marinos británicos disfrutaban del dominio de las aguas españolas, con la escuadra de Mazarredo bloqueada en Cádiz.
Hacia octubre de aquel año, las costas Baleares se hallaban amenazadas por un hábil corsario enemigo que había conseguido varias presas, anulando con ello prácticamente la navegación comercial, pues no había disponible por entonces en aquellas aguas buque alguno de la Armada.
El propio capitán general de las islas, don Antonio Cornel, invitó a los patrones mercantes a armarse en corso para combatir a tal enemigo, presentándose voluntarios don Juan y don Pedro Sala, padre e hijo respectivamente.
Lo curioso es que don Pedro, el hijo de 23 años, era el capitán del jabeque familiar, figurando su padre, de 59 años, como segundo de a bordo.
El buque se llamaba "Nuestra Señora del Rosario", alias "Cornel", al que se armó con 14 pequeñas piezas de a sólo 4 libras, trabucos de borda o esmeriles, fusiles, pistolas y armas blancas, aparte de un crecido número de "frascos de fuego", o recipientes de cristal, medio llenos de pólvora y con una larga mecha, que eran lanzados a mano en los abordajes como granadas incendiarias, y que eran el arma preferida y tradicional de los corsarios Baleares. La dotación la componían 82 hombres.
A primeros de noviembre se hicieron a la mar, no tardando en avistar al corsario enemigo, el bergantín "Unduanted", al mando de Michael Martín, armado con cinco cañones de a 6, cinco de a 4 y cuatro de a 3, Un total equivalente o superior al español. Pero en el combate que siguió, el "Cornel" apresó a su enemigo, causándole siete muertos y cinco heridos, rindiéndose los 28 restantes, por sólo un muerto entre los españoles y un número indeterminado de heridos.
La alegría en las islas fue grande, y el mismo capitán general solicitó para los Sala la recompensa de alférez de fragata graduado, es decir, un grado honorífico, recordando precedentes como el del propio Barceló. Pero d entonces ministro de Marina, Lángara, no la consideró oportuna.
Vuelto a la mar el "Cornel", el 22 de diciembre de aquel mismo año avistó a otro buque inglés, a unas quince millas de Ibiza, al que dio caza seguidamente, prolongándose la persecución desde la mañana temprano a eso de las tres de la tarde. Los españoles le dispararon durante ese tiempo con sus "miras" o cañones de proa hasta que finalmente se rindió, pasando su capitán en un bote a rendirse al jabeque español. Resultó llamarse "I.ion" y llevar dos cañones de a 9. ocho de a 4 y ocho pedreros , con los que bien pudiera haber hecho mayor resistencia, pues de nuevo eran equivalentes o superiores a los del español. De su tripulación, formada de 34 hombres, resultaron muertos dos y heridos otros dos. Llevaba a bordo nada menos que 1.500 fanegas de trigo, y había salido hacia doce días de Gibraltar, espacio de tiempo en el que había apresado dos jabeques españoles pequeños, por lo que a la satisfacción de su victoria, podían los Sala añadir la de haber eliminado otro peligroso corsario enemigo.
De nuevo el capitán general pidió la citada recompensa para ellos, y ahora la consiguieron, con fecha de 5 de marzo de 1798.
El 13 de mayo de aquel año, el incansable "Cornel" daba escolta a un convoy de seis buques mercantes, desde Cartagena a Palma e Ibiza, cuando se encontró, a eso de las seis de la mañana, con un poderoso jabeque enemigo, con aparejo redondo, armado con 18 cañones y 4 carronadas, con los fondos forrados de cobre y con unos 140 tripulantes, cosas todas que le acreditaban como buque de guerra, no un simple corsario, y desde luego, muy superior al ibicenco.
El enemigo, que tenía el barlovento, se lanzó sobre el "Cornel", embistiéndole por la aleta de estribor, y virando éste sobre el contrario, quedaron unidos por la misma banda, aunque con las proas en direcciones opuestas.
Inmediatamente se abrió fuego por ambas partes, comenzando un duro combate que se prolongó por cuatro horas, disparándose ambos con todo lo que tenían, y llenando el español la cubierta enemiga con los frascos de fuego, pues consta que gastó todos.
Estaba el inglés destrozado por el fuego de los españoles, con varios incendios a bordo, la cubierta llena de muertos y heridos, observándose que muchos se tiraban al agua con las ropas ardiendo, mientras que su buque presentaba un gran boquete en la flotación, manándole sangre por los imbornales. Un audaz marinero del "Cornel" saltó al buque enemigo y corto varios cabos de labor de su trinquete.
Ya lo daban los ibicencos por apresado cuando una desgracia imprevista los dejó paralizados: uno de los trabucos de borda del inglés alcanzó con un tiro de metralla a don Pedro Sala en la garganta, hiriéndole mortalmente. Cabe imaginar la angustia del padre y de toda la tripulación: durante un rato no atendieron sino al herido, cosa que aprovechó el inglés para separarse y huir.
Don Juan se repuso y ordenó la caza, pero el jabeque español había perdido la entena del mesana y rendido el velacho, por lo que resultó imposible alcanzarlo.
Pero el enemigo había sido claramente vencido, se retiraba destrozado, incendiado y con muchas bajas, dándose por descontado que se hundiría al poco, o que de llegar a Orán o Argel, donde pareci6 que se dirigía, quedaría poco menos que inútil. No hemos conseguido identificar al buque ni saber su destino final.
Al día siguiente falleció de sus heridas el capitán ibicenco, así como lino de sus hombres, herido en el pecho por dos balas de otro trabucazo, junto a doce heridos. El precio había sido alto, pero habían salvado al convoy y derrotado a un enemigo muy superior.
Tal hecho fue recompensado largamente, otorgándose pensión vitalicia a la viuda del capitán y a la madre viuda del marinero don Francisco Núñez, el otro muerto. A don Juan Sala se le reconoció el empleo efectivo de alférez de fragata, se concedieron medallas a los heridos y al marinero que sal t6 al buque enemigo, y hasta el capellán recibió una "prebenda".
Curiosamente las medallas les fueron impuestas por el nuevo capitán general, nada menos que don Gregario García de la Cuesta, luego famoso general de nuestra Guerra de la Independencia. Por último, se dieron las gracias del rey a toda la tripulaci6n por "una acción tan gloriosa y heroica, manifestándoles que queda muy satisfecho de su valor y bizarría".
Publicándose además los hechos en la oficial "Caceta de Madrid".
El "Cornel", al mando ahora del ya alférez de fragata don Juan Sala, cosecho nuevos éxitos, apresando el 15 de agosto un falucho ingles de dos cañones de a 4 y de a 2, seis trabucos y 18 hombres, entre ellos, y según declaración propia, tres oficiales de la "Royal Navy". El 23 de diciembre apresó sobre la costa de Valencia al "Seafox", de siete cañones y 30 tripulantes.
Con todo aquello, el "Cornel" se había labrado una merecida fama y la inquina del enemigo. Pero su buena suerte no duró mucho, pues el 11 de febrero de 1799 fue a su vez apresado por un buque de porte superior, sin que conozcamos los detalles, salvo que don Juan fue hecho prisionero, siendo liberado tres años después, al firmarse la paz, muriendo poco después por causas naturales.
Pero don Juan tenía otro hijo, don Gabriel, que, animado por su paisanos, pronto puso en el agua un segundo "Cornel", mejor que el primero, armado con 16 piezas y con 91 tripulantes, con el que todavía pudo apresar, antes del fin de las hostilidades, una goleta corsaria, la "Neneroven", con un cañón y cuatro pedreros, y poco después a una galeota. Tras una larga carrera al mando de corsarios, también don Gabriel consiguió el grado honorífico de alférez de fragata.
Aquella modesta familia de marinos, cuyo único capital era el buque que mandaban, fue capaz de apresar seis buques enemigos armados, de los que al menos dos eran equivalentes en tamaño y poder artillero al suyo, y de destrozar otro de mayor fuerza.
Tal vez sus hazañas parezcan modestas por comparación con otras, pero no por ello menos meritorias.
BIBLIOGRAFIA:
LLABRES BERNAL, Juan: Apuntes para la historia marítima de Ibiza, Palma de Mallorca, 1978
March 14 La ultima expedicion de Drake y Hawkins
LA ÚLTIMA EXPEDICIÓN DE DRAKE Y HAWKINS
La guerra entre españoles e ingleses seguía encarnizadamente, anotándose los primeros otro claro triunfo al año siguiente, 1590, cuando la armada de don Alonso de Bazán hizo huir a otra inferior inglesa en la isla de Flores en las Azores, apresándola tras dura lucha nada menos que el galeón real "Revenge", insignia que había sido de Drake durante la "Invencible" y en la desastrosa expedición inglesa a Coruña y Lisboa. Lo cierto es que, pese a las expectativas abiertas con los primeros y fáciles éxitos de corsarios como el mismo Drake, los ansiados triunfos y grandes botines parecían estar más lejos que nunca ante unas escuadras españolas renacidas tras 1588. Y pese a los reiterados intentos, lo cierto es que no se había podido apresar ninguna de aquellas fabulosas flotas cargadas de tesoros, ni arrebatar un palmo de tierra a los extensos dominios de Felipe II. Algo de gran estilo debía de intentarse a din de salir de aquella agotadora guerra de desgaste que sólo podía favorecer al contendiente por entonces más fuerte: la monarquía del "rey prudente". Y un siempre inquieto Drake, y más ahora que estaba relegado a un puesto en tierra, propuso a Isabel Tudor una nueva expedición contra el Caribe español, con el objetivo, nada más y nada menos, y aparte de los habituales saqueos en puntos poco defendidos, de establecer una base inglesa en Panamá, desde la cual se pondría en peligro todo el dominio español sobre el área. La reina accedió, con lo que el gran corsario salió de su ostracismo, pero desconfiando por experiencia de la capacidad de Drake para el mando de grandes y complejas expediciones, puso como condición que compartiera el mando con John Hawkins, reputado como navegante y aún más como organizador de la "Royal Navy" y reformador del diseño de sus buques. Como si un mando compartido entre dos no creara ya suficientes problemas, la reina dio el mando de la fuerza de desembarco a sir Thomas Baskerville. La expedición, si modesta para los niveles europeos, la más grande enviada hasta entonces contra las Indias españolas, se componía de seis galeones reales, los recién construidos "Garland" y Defiance" y los veteranos “Bonaventure”, “Hope”, “Foresight” y “Adventure”, asi como otras veintidós embarcaciones mas de diversos tamaños. Las dotaciones sumaban unos 1500 marineros y 3000 soldados, contándose con gran número de barcazas desmontables, ideadas por Drake para facilitar los intercambios.
FRACASO EN LA PALMAS
El 7 de septiembre de 1595 zarpó la escuadra de Plymouth y, como se repitió tan a menudo en las expediciones británicas de entonces, pronto se advirtió que faltaban víveres para tan larga jornada. Ante esto, Drake propuso atacar las Canarias y obtener así los necesarios, de paso que se alcanzaba una fácil victoria que levantaría la moral de las dotaciones. Hawkins se opuso, afirmando que se perdería tiempo y, sobre todo, el factor sorpresa, pero ante las seguridades de Baskerville de que sus tropas conseguirían la victoria en pocas horas, se decidió atacar Las Palmas, donde se llegó el 6 de octubre. La por entonces pequeña ciudad, apenas pudo reunir apresuradamente más que a mil defensores, la mayor parte de ellos civiles sin experiencia militar alguna y sumariamente armados. Los buques británicos se acercaron para batir los castillos de Santa Catalina y Santa Ana, mientras que unas 27 barcazas con unos 500 hombres se acercaban a la playa. Allí les esperaban los defensores, con seis pequeñas piezas de campaña, con las que y tras hora y media de fuego, y tras hundir cuatro de las barcazas y averiar a varios de los buques atacantes, hicieron retirarse a los atacantes con unos cuarenta muertos y numerosos heridos. Baskerville dijo entonces que no tomaría Las Palmas en cuatro horas como había afirmado antes, pero que estaba seguro de que lo haría en cuatro días. Pero ya ni Drake quiso saber nada de semejantes intentos. Sin embargo, las provisiones seguían siendo necesarias, así que se eligió un lugar despoblado para conseguirlas sin peligro, en la bahía de Arguineguin. Desgraciadamente para los ingleses, patrullas de caballería seguían por la isla los movimientos de la escuadra, sorprendiendo a los desembarcados de un bote, matando a ocho de sus tripulantes y apresando a dos, por lo que se descubrió la misión de la expedición y se enviaron rápidamente ligeros buques de aviso a España e Indias. Por su parte, y nuevamente frustrada la escuadra inglesa se proveyó de agua y leña como pudo en lugares poco poblados de La Gomera, tras de lo cual, el 4 de octubre, salieron de allí hacia Puerto Rico.
SAN JUAN Por uno u otro conducto, el siempre bien informado Drake supo que en San Juan había una muy apetecible presa. En efecto, la capitana de la flota de Tierra Firme, la “Nuestra Señora de Begoña”, con el capitán general de la flota, don Sancho Pardo Osorio, se había visto desarbolada y separada del convoy por un fuerte temporal. Con un aparejo provisional y bombeando el agua de la sentina, el malparado galeón consiguió por fin llegar a puerto con la preciosa carga de tres millones de pesos en plata. Inmediatamente se envió un buque de aviso a España, y de allí se ordenó la salida de cinco fragatas (buques de nuevo diseño, rápidos y maniobrables, de pequeño tamaño pero fuertemente armados) al mando de don Pedro Téllez de Guzmán. Tanta prisa se dieron las fragatas que llegaron al Caribe al mismo tiempo que la escuadra de Drake, tapándose con su retaguardia cerca de la isla de Guadalupe. Se trabó el combate entre las cinco fragatas y siete de sus buques, resultando apresado el inglés "Francis", con 25 supervivientes de sus 70 tripulantes. De su interrogatorio se supo el peligro que se cernía sobre San Juan, y hacia allí dieron la vela las fragatas, llegando el 13 de noviembre. El refuerzo fue bienvenido, pues la ciudad contaba sólo con 400 soldados y trescientos vecinos armados, a los que se unieron los 300 hombres del galeón averiado y los 500 de las dotaciones de las fragatas. Con todos ellos se dispusieron las defensas, echando a pique varios buques viejos (entre ellos el destrozado galeón) en la bocana del puerto para impedir la entrada de la escuadra enemiga, y fondeando acoderadas las fragatas para cubrir la bocana con sus fuegos. El 22 apareció por fin el enemigo frente a punta Escambrón, fondeando con algún descuido, pues no se percataron de que lo hacían dentro del campo de tiro de las baterías allí emplazadas, y uno de los proyectiles que alcanzaron a los buques ingleses antes de que éstos se enmendaran, acertó en el insignia de Drake y en su mismo comedor cuando éste se disponía a usarlo. Drake salió ileso; pero murieron los capitanes Clifford, y Brown, aparte de cinco heridos. Mal empezaba el ataque, cuando además poco antes había fallecido el propio Hawkins de enfermedad. Tras varios amagos y tanteos, se decidió por fin realizar el ataque en la noche del día 23: no menos de 30 barcazas con 50 hombres en cada una debían dirigirse contra las fragatas, quemarlas con artefactos incendiarios y luego asaltar la ciudad. El intento estuvo a punto de lograr el éxito, pues tres de las fragatas fueron incendiadas, pero en dos se pudo apagar el fuego antes de que causara graves daños y sólo ardió completamente la nombrada "Magdalena". Lo que podía haber sido un contratiempo se convirtió en una inesperada ventaja, pues las llamas de la fragata iluminaron toda la escena, descubriendo a los atacantes y permitiendo a los españoles acribillar con artillería, mosquetería y arcabucería a las barcazas y a sus dotaciones. Unas nueve barcazas fueron hundidas, muriendo alrededor de 400 hombres y fracasando totalmente el intento. Los españoles tuvieron 40 muertos, la mayoría quemados en la desdichada fragata, aparte de numerosos heridos. Hubo todavía algún intento menor de desembarco en los días siguientes, prontamente rechazado, así que Drake ordenó el 25 levar anclas y abandonar el escenario de su segunda intentona y segunda y más grave derrota. Alejada la escuadra enemiga, las cuatro restantes fragatas de Téllez de Guzman embarcaron los tres millones de pesos e hicieron rumbo a España el 20 de diciembre, llegando sin novedad alguna y poniendo definitivamente a salvo el tesoro. Realmente su campaña, una de las primeras de esta clase de buques en nuestra Armada, fue de lo más meritoria: tras una rapidísima travesía, descubren a la escuadra enemiga y la apresan un buque, consiguiendo con ello vital información, lo que sería una de las misiones fundamentales, de esta clase de buques. Y, desde luego, sorprender a la retaguardia de Drake y apresarle una embarcación no es algo de todos los días, como no fue llegar antes que los ingleses a San Juan. Cooperaron además y decisivamente en la defensa de San Juan, y posteriormente trajeron sin problemas el tesoro a España, burlando de nuevo al famoso corsario. Más realmente no se le pudo pedir a tan limitada fuerza, y, desde luego, en cualquier otra Marina semejante campaña no hubiera pasado desapercibida y se conmemoraría constantemente. Pero así somos los españoles, autocríticos hasta la exageración, cuando no simplemente desconocedores de nuestros logros, y unos auténticos papanatas con los de otros países.
MUERTE DE DRAKE
Cualquiera pensaría que el gran corsario inglés, aleccionado por aquellos sonoros fracasos en puntos tan lejanos de su misión principal, se dirigiría ahora sin pérdida de tiempo a su objetivo, Panamá. Pero lo cierto es que, buscando desesperadamente apuntarse un éxito fácil, se entretuvo aún más intentando saquear pequeñas poblaciones, por general abandonadas por su pobladores en cuanto supieron la noticia, y aprestados a la defensa en el interior como guerrilleros, así que poco pudo obtener, salvo nuevas bajas, la aparición de enfermedades y la impotente venganza de quemar los caseríos. Por fin, el 6 de enero de 1596 llegaban los ingleses frente a Nombre de Dios, en el istmo y también abandonada. Se decidió una expedición por tierra al mando de Baskerville para tomar Panamá, mientras que Drake con barcazas remontaba el río Chagres con el mismo objetivo. Lo cierto es que, como de costumbre en tales casos, Drake no hizo al final nada, y los casi mil hombres de Baskerville sufrieron una aparatosa derrota. Llegados frente al pequeño fuerte de San Pablo, defendido sólo por 70 hombres al mando del capitán Enríquez, los reiterados asaltos fueron rechazados por el intenso fuego de los defensores. Cuando ya se preparaba el último y decisivo, llegó a los españoles un refuerzo de sólo 50 hombres al mando del capitán Lierno Agüero. Poco podía esperarse de tan pequeña tropa, pero su jefe tuvo la genial ocurrencia de acercarse entre la arboleda, sin mostrar su fuerza, y ordenando tocar a sus hombres toda clase de tambores y clarines, como si fueran una gran fuerza, provocando la huida desordenada de los atacantes que creyeron se acercaba una fuerza mucho mayor. Sólo se recobraron, tras días de acelerada marcha y de ser hostigados por españoles y hasta por los indígenas, al llegar junto a sus buques. La nueva intentona les había costado otros cuatrocientos hombres, entre muertos, heridos, desaparecidos y enfermos, pues; y como siempre, las enfermedades tropicales se cebaron en los expedicionarios. Un desalentado Drake puso fuego a la abandonada Nombre de Dios y zarpo nuevamente el 15 de enero, volviendo a tocar en algunos puntos para suministrarse provisiones, con el único resultado de un puñado de bajas más por combate y la extensión de la epidemia. Por último, el gran corsario, desalentado por sus reiterados fracasos y enfermo, al parecer de disentería, falleció el 28 de enero, recayendo el mando supremo ahora en Baskerville.
EL COMBATE DE LA ISLA DE PINOS
Para el nuevo jefe de la escuadra el fracaso de la expedición era ya evidente, pues a las bajas en los reiterados combates se unían las producidas por las enfermedades y la escasez de provisiones, sólo entre los mandos habian muerto los dos almirantes, Hawkins y Drake, 15 comandantes y capitanes y otros 22 oficiales. Y los buques no estaban menos agotados tras la larga y dura campaña. Por ello, y porque escaseaban las dotaciones, decidio deshacerse de los que estaban en peor estado, quedándose con 18, a los que condujo a la isla de Pinos, cercana a Cuba, para allí repararse, limpiar fondos y aprestarse para el largo y duro viaje de regreso a Inglaterra. Mientras en España, al conocerse la incursión de Drake en el Caribe, se organizo a toda prisa una escuadra al mando de don Bernardino de Avellaneda, llevando como almirante (en la época segundo jefe en las escuadras españolas) a don Juan Gutiérrez de Garibay. La escuadra zarpo de Lisboa el 2 de enero, con ocho galeones, quince embarcaciones menores y un total de tres mil hombres embarcados, entre tripulaciones y guarniciones. La mala suerte hizo que se encontraran con una dura tempestad en el atlántico, pues era invierno, que disperso la escuadra y causo serias averías en los buques, que fueron llegando a la deshilada a Puerto Rico desde el 17 de febrero, lugar desde el que se dirigieron a Cartagena de Indias para reparar. Sin completar las reparaciones, salio la escuadra precipitadamente de allí el 2 de marzo al tenerse noticias ciertas de la escuadra enemiga. El día 11 la avisto en la costa de la isla de Pinos el almirante Garibay, que se había adelantado con tres buques, sorprendiendo a los ingleses ya reparados y listos, para zarpar, pero todavía con sus botes en tierra para hacer la aguada. Pese a la disparidad de fuerzas, la ocasi6n era propicia y Garibay no la desaprovecho, atacando sin dilación a cañonazo limpio a los desprevenidos ingleses. Estos picaron los cables de las anclas, y sin recoger sus botes se dieron a la huida, pero Garibay logro apresar uno de los galeones ingleses, con 300 hombres, y una pinaza con 25, al coste de uno de los españoles, incendiado y que posteriormente estallo, con unas pérdidas totales de 80 bajas entre muertos y heridos. Los botes ingleses y sus dotaciones fueron apresados por los españoles. Avellaneda, con el grueso de la escuadra no tardo en incorporarse a la persecución, que duro hasta el canal de Bahama, pero los buques ingleses estaban recién reparados y limpios de fondos, mientras que los españoles ya sabemos que no habían tenido tiempo para ello. Además, los ingleses en su ansia por huir, no dudaron en arrojar piezas de artillería al agua y mojar las velas, con lo que consiguieron distanciarse y evitar así una derrota total. Solo ocho de los veintiocho buques que tan confiados habían salido de Plymouth el año anterior consiguieron volver a Inglaterra tras una penosa travesía, que de nuevo se cobro numerosas victimas entre las agotadas, desmoralizadas y enfermas dotaciones. Así de trágicamente terminó la ambiciosa expedición mandada por los dos marinos ingleses más famosos de su tiempo. Tal vez muchos recordarán que justamente la primera expedici6n de Hawkins y Drake (entonces un joven principiante) en 1568, termino en un desastre parecido frente a Veracruz, con pérdida de los cinco buques mayores y salvándose los mencionados en las dos pinazas restantes. La historia, a veces, presenta estas asombrosas simetrías, con el irónico resultado añadido de que la carrera de ambos se abriera y se cerrara con sendos desastres.
LA DRAGONTEA La noticia de la derrota y muerte de Drake y Hawkins se recibió con la natural alegría en España, aunque circularan las más diversas versiones sobre la causa de la muerte del primero, desde que fue en combate a que fue envenenado por sus propios hombres con tal de volver lo antes posible a casa. Aquellas noticias impresionaron vivamente a don Félix Lope de Vega, soldado de Marina que había sido en la expedición de conquista de las Terceras en 1583 y en la "Invencible" de cinco años después, donde perdió a su hermano. Para comienzos de 1598, todavía con la noticia fresca en aquellos tiempos en que tardaban en circular, tenía completado su gran poema épico “La Dragontea", nombre inspirado por el apellido del marino inglés, y que vio la luz, si es que no hubo una edición madrileña anterior, en Valencia en la imprenta de Pedro Patricio Mev, aquel mismo año. En su dedicatoria al futuro Felipe III; pues su padre murió en aquel año, Lope aclaró sus propósitos al escribirlo: "Dos cosas me han obligado a escribir este libro, y las mimas a dirigirme a V.Alteza: la primera que no cubriese el olvido tan importante victoria, y la segunda que descubriese el desengaño lo que ignoraba el vulgo; que tuvo a Francisco Draque en tal predicamento, siendo la verdad que no tomó grano de oro que no costase mucha sangre. .." Y, justamente, el poema, escrito en octavas reales, consiste en una narración de la campaña que acabamos de relatar, la última y desastrosa del gran corsario inglés. La portada del libro es ya de por sí significativa: en ella un águila, que representa a España por ser el animal heráldico de la Casa de Austria, abate y mata a un dragón, con la leyenda "Tandem Aquila Vincit", o lo que es lo mismo: "Por fin venció el águila". Así que la victoria se conmemoró con un monumento literario de primera clase, y debido a uno de nuestros más grandes escritores de todos los tiempos, que, por su parte, sabía muy bien de lo que hablaba, al haber participado en dos grandes expediciones navales. Y ya quisieran los británicos, tan marineros ellos, poder decir lo mismo o la mitad sólo del gran William Shakespeare o de tantos otros.
BIBLIOGRAFIA Y FUENTES:
Agustín Ramón Rodríguez González ( Victorias por mar de los españoles) Graffiti Ediciones 2006 December 24 Benito Soto - El ultimo pirata gallego -
EL FIN DE LA TRAVESIA SANGRIENTA A las nueve de la mañana del 25 de enero de 1830, cinco días después de ser condenado por asesino y pirata, el gallego Benito Soto Aboal, capitán de «La burla negra», salió de su celda para ser ejecutado en Gibraltar por la justicia británica. La lluvia que caía en Gibraltar aquel día invernal empapaba sin compasión al reo, al cura que lo asistía y a la multitud que se amontonaba en torno al cadalso. A sus 25 años de edad, el gallego Benito Soto Aboal iba a morir ahorcado. Había adelgazado mucho desde su detención, y su semblante, antes curtido por el aire del mar, se había vuelto de un matiz pálido y amarillo en los 19 meses que llevaba preso. Para cubrir los centenares de metros entre el castillo del Moro y el lugar de la ejecución, el gallego se había vestido con una chaqueta y pantalones blancos; los zapatos se le habían ensuciado de barro y la camisa, desabotonada en el cuello, permitía que el agua le resbalara hasta el pecho. El pelo, antes abundante y espeso, había sufrido un apresurado trasquilón y la navaja del descuidado barbero también le había privado de las grandes patillas que antes lucía. Nada más terminar el juicio, las autoridades del Peñón le habían ofrecido un confesor, pero Benito respondió que con cuatro días de vida por delante, aún le quedaba tiempo. Debió comprobar cómo las horas pasaban muy deprisa, porque pronto consintió en ver al sacerdote. «Como es católico, su confesión no ha sido hecha pública», relata la crónica oficial de los funcionarios anglicanos. En cuanto llegó ante el dintel de la horca, el condenado rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo prestado por el sacerdote. Después reconoció ante los presentes, en español, la justicia de su condena, al tiempo que los exhortaba a aprender de su muerte y a que rezaran por él. Escuchó la sentencia, leída en inglés y traducida al español, con aire indiferente y los brazos cruzados y una vez terminada, dicen, echó una gran carcajada oteando a la muchedumbre reunida y se despidió con un «adiós a todos». Luego, como vio que la soga estaba algo alta, se subió bruscamente al ataúd, logró introducir el cuello por el nudo corredizo, se inclinó hacia delante y dio un salto para caer con más fuerza y acelerar la muerte. Pero la cuerda se estiró y sus pies llegaban a rozar el suelo, por lo que tuvieron que cavar un agujero bajo ellos para que el cuerpo quedara colgando y la soga cumpliera su trabajo. Hecha apresuradamente esta macabra operación, y tras unos pataleos espasmódicos, Benito Soto expiró. EL INICIO DE LA HISTORIA La vida del último pirata gallego comenzó el 22 de marzo de 1805, en A Moureira, el arrabal marinero de la ciudad de Pontevedra. Benito Soto era hijo de marinero y, desde aquella lluviosa mañana de invierno en Gibraltar, ostenta para la historia el dudoso honor de ser el último pirata gallego capturado, juzgado y ajusticiado. Un pirata al estilo clásico que cuentan las leyendas: valiente, agresivo, violento y sanguinario. Pero él fue real. Al igual que sus quince compañeros de tripulación y las víctimas de su fugaz carrera. Aunque la leyenda lo encuentra acumulando inmensas riquezas a bordo de barcos piratas desde el Caribe hasta las costas del Pacífico, su historia es una breve y siniestra estela que tan sólo duró cinco meses, en una travesía desde el golfo de Guinea hasta la ría de Pontevedra. Aunque la preparación arranca de sus primeras correrías como contrabandista en las rías gallegas, el prólogo comienza el 22 de noviembre de 1827 en el puerto de Río de Janeiro, donde se embarca como segundo contramaestre del Defensor de Pedro, bergantín negrero y con patente de corso al servicio del emperador de Brasil. El capitán es Pedro Maris de Sousa Sarmento y la tripulación está formada por 36 aventureros españoles, brasileños, portugueses y franceses. Tras cruzar el Atlántico, el Defensor de Pedro llegó el 3 de enero a la bahía de Ohue, en el enclave portugués de Mina (actual Ghana). Veinte días después, mientras se estaba preparando el embarque de la carga humana, nace para la negra pero apasionante historia de la piratería Benito Soto. Dirige el motín que le da posesión del barco, deja en tierra a su antiguo capitán y a los marineros que no han querido seguirle y zarpa el 26 de enero hacia el Atlántico sur en busca de presas con las que enriquecerse. Está a punto de cumplir 23 años y toda una vida por delante. Su segundo es el culto Victor de Saint-Cyr, familiar del famoso mariscal de Napoleón; y el capitán de presa, José dos Santos. La edad media de la tripulación apenas llega a los 25 años. Antes de encontrarse con ningún buque, Soto comete su primer asesinato, uno de los dos únicos que reconoció en el juicio. La víctima se llamaba Miguel Ferreira, un ferrolano violento que se enfrentó al nuevo capitán en repetidas ocasiones hasta que éste, harto de que le llevara la contraria, le descerrajó un disparo de pistola en la cabeza y lo tiró al mar. En los días que siguieron a este suceso, y hasta el 19 de febrero, Benito Soto asienta su poder como comandante de la veintena escasa de piratas que tripulan El defensor de Pedro. En esa fecha, que inició una frenética y aterradora carrera que sólo duró cincuenta días, quisieron el destino y los vientos del sur que se cruzase en el camino del gallego el indiaman (mercante de tres mástiles) británico Morning Star, procedente de Ceilán que se dirigía a Londres con carga general, 17 inválidos que habían servido en el ejército colonial, cuatro esposas de soldados destacados en la India y nueve niños. Esta primera acción de piratería sería la base principal para condenar a la tripulación del bergantín, ya que varios de los testigos de la sangrienta acción pudieron declarar en el juicio: ABORDAJE DEL MORNING STAR Con cinco cañones por banda y uno en la proa, el Defensor de Pedro se acerca al Morning Star. Varios disparos de aviso cada vez más próximos hacen comprender al capitán Thomas Gibbs que su pesado y lento barco no podrá huir y detiene su marcha. Soto le ordena que suba a bordo, pero el inglés envía una embajada que, maltratada por los piratas, es devuelta al mercante. Por fin, Gibbs sube al Defensor de Pedro y lo primero que recibe, entre las miradas divertidas de la tripulación, es el sablazo en la cabeza que le propina Soto, molesto por la tardanza con que ha cumplido sus órdenes. Después es arrojado a la bodega en compañía de otros tres marineros. Los piratas abordan el indiaman y se llevan todo lo de valor que encuentran, mientras reparten sablazos a diestro y siniestro entre tripulantes y pasajeros (incluso abusan sexualmente de las mujeres) antes de encerrarlos a todos en el sollado, cerrar los accesos y barrenar el casco para que se hunda. Soto ha decidido que no quiere testigos de sus asaltos, por lo que ordena matar a todos. Horas después, ya alejados del Morning Star, que comienza a hundirse, Gibbs es asesinado en cubierta y sus compañeros, que han saltado al mar para tratar de salvar la vida, son rematados a tiros desde la cubierta. Mientras tanto, los encerrados en el buque inglés consiguen liberarse, taponar los agujeros, montar un aparejo que los mueva y seguir navegando hacia su destino original, adonde llegarán dos meses después. Tras el bautismo de fuego, Saint-Cyr propone cambiar el nombre del barco, que pasa a llamarse La Burla Negra, y continúa con su búsqueda de nuevas víctimas que se dirijan a Europa procedentes de las Indias Orientales a través del cabo de Buena Esperanza, o de Suramérica y el Pacífico tras salvar el cabo de Hornos o el estrecho de Magallanes. El siguiente barco asaltado fue el Topaz, matriculado en Boston. Cuando horas después se alejan de él, esta vez sí, la tripulación pirata ha cumplido las órdenes de Soto y ha asesinado a todos los tripulantes, salvo al capitán y a tres marineros, encerrados en La Burla Negra. El bergantín bostoniano arde antes de hundirse y los tres supervivientes no tardarían en reunirse en el fondo del mar con sus compañeros. Esta sería la última fechoría en la que los piratas de Soto intervinieron a sangre y fuego, ya que sus otras cuatro víctimas pudieron seguir viaje tras ser aligerados de la parte más valiosa de su carga y de las pertenencias personales de los tripulantes. En su declaración en el juicio, Saint-Cyr manifestó que pocos días después de asaltar el Topaz se encontraron con otro mercante al que trataron de abordar, pero los mantuvo a raya con el fuego de sus cañones hasta que cayó la noche y pudo escapar. Varias de las andanadas de ese barco (algunas fuentes lo citan como el Unicorne) impactaron en La Burla Negra y los destrozos aconsejaron al capitán a poner rumbo a las Azores para reparar. Pero antes de llegar a la isla de San Miguel dieron cuenta de las pertenencias del Cessnock, barco británico que había zarpado de Escocia y que, para su desgracia, se cruzó con ellos. Las bodegas estaban repletas de los artículos robados y era preciso hacerlos efectivos, por lo que se decidió enfilar hacia España donde poder vender el alijo. Dejando atrás las Azores, el bergantín, de nuevo La burla negra, interceptó al New Prospect, que venía de Londres y, para su suerte, pudo seguir viaje hacia Canarias aunque algo más ligero de carga. El siguiente fue el buque portugués Ermelinda, al que aliviaron de café, seda y añil. Aquel mes de abril de 1828, era Semana Santa, el Atlántico sufrió varias jornadas de tormenta que maltrataron los mástiles y las velas del barco de los piratas. Por suerte para ellos, el día 8 avistaron el Sunbury, que regresaba desdde la isla Mauricio hacia la de Wight y, sin más, le robaron el material que necesitaban además de algunos valiosos efectos personales de los tripulantes. Ellos fueron las últimas víctimas de la breve carrera del último pirata gallego. Entre el 19 de febrero y el 8 de abril, La burla negra abordó seis barcos, cuatro ingleses, un americano y un portugués. LA VENTA DEL BOTIN Tras una corta travesía, el bergantín, de nuevo Defensor de Pedro, fondeó en la ría de Pontevedra, frente a Bueu, el día 17 de abril. Allí Soto, con la ayuda de su tío José Aboal, para quien ya había trabajado en sus años mozos, vendió parte de la carga a empresarios que se dedicaban al contrabando. Pero la presencia de un bergantín tan sospechoso en el medio de la ría intrigó a las autoridades pese al dinero empleado en sobornos. Buscaron aguas más tranquilas y las elegidas fueron las del puerto de A Coruña, donde prosiguieron con las operaciones de venta de las rapiñas. Pero una tripulación como aquella, con dinero abundante para gastar y provocadora de numerosos altercados, además de las lógicas indiscreciones hechas bajo la influencia del abundante alcohol que trasegaban, no pasaron inadvertidas en la ciudad. Además, algunos de los marineros que seguían en el grupo por miedo a Soto trataron de denunciar al pontevedrés y éste, al enterarse, comprendió que Galicia ya no era segura y zarpó de la ría coruñesa el 19 de abril rumbo al Mediterráneo con la intención de continuar sus andanzas piratas al amparo de las costas de Berbería, infestadas de colegas de profesión. En el rol de la tripulación faltaban tres hombres, encarcelados tras protagonizar altercados. En los 14 días siguientes, Soto cambió de idea. Como ya había conseguido vender gran parte del botín en Pontevedra y A Coruña y había dejado a buen recaudo el resto, decidió acabar con sus correrías y disfrutar del futuro que le podían deparar sus riquezas. Así que cuando navegaban cerca de Cádiz (aunque él, poco experto en pilotar barcos, creía que era Tarifa), ordenó dirigir la proa hacia la playa y embarrancar. El defensor de Pedro/La burla negra terminó con la quilla hundida en el arenal de Santa María, un gran agujero en el casco y con la tripulación, de catadura muy sospechosa, tratando de explicar los pormenores del incidente a las autoridades. Era el 9 de mayo. LA DETENCION Benito Soto trata de vender el barco de forma irregular (no en subasta abierta, como era preceptivo, sino al mejor postor) y los marineros repiten sus días de escándalo en A Coruña y Pontevedra, con borracheras, peleas y gastos superiores a los que se suponen a simples marineros. Todo esto crea grandes sospechas en las autoridades gaditanas, que tres días después detienen a todos menos a Soto, que huye a Gibraltar, y a José de los Santos, que logra embarcar y no se vuelve a saber de él. Durante el segundo semestre 1828 y todo el año 1829 se cruzan infinidad de oficios, declaraciones e informes entre las autoridades de Pontevedra, A Coruña, Londres, Cádiz y Gibraltar. Para entonces, desde A Coruña han sido enviados a Cádiz los tres tripulantes que no viajaron en la última travesía del bergantín. También llegan a la colonia británica tres de los supervivientes del Morning Star. Reconocen a Benito Soto y se muestran dispuestos a declarar contra los piratas que los asaltaron en el Atlántico sur. Por fin, el 19 de noviembre de 1929 comienza el juicio contra los piratas de La burla negra en el Arsenal de La Carraca de Cádiz. Los hechos se van desgranando hasta el 3 de diciembre de 1929, fecha en que son dictadas las sentencias: doce penas de muerte por ahorcamiento (dos en rebeldía) y tres condenas a seis, ocho y diez años de cárcel. Las mismas penas que había solicitado el fiscal, teniente de navío Jorge Lasso de la Vega. AQUELLOS DUROS ANTIGUOS “Aquellos duros antiguos que tanto en Cai dieron que hablar...” El fantasma de El defensor de Pedro/La Burla Negra volvió a aparecer en Cádiz tres cuartos de siglo después de que el bergantín pirata quedara encallado en la playa. En aquel mismo lugar, las fuertes mareas del 3 de junio de 1904 sacaron a la luz, entre la arena, una gran cantidad de monedas acuñadas en 1752 y 1757.Dada su similitud con los duros de la época, así los denominaron los miles de personas que corrieron a apañarlos y que quedaron convencidos de que provenían del botín que habían tenido que abandonar los piratas. El genio de los gaditanos compuso una coplilla, ya universal, que recordaba “Aquellos duros antiguos que tanto en Cai dieron que hablar...”. Y con aquel barco, con aquellos duros y con esta copla todavía navegó por el escenario del teatro Falla el coro Defensor de Pedro en el Carnaval de Cádiz de este mismo año. Las autoridades ignoraron el ofrecimiento de Victor Saint-Cyr de ajusticiar él mismo a sus compañeros si se le perdonaba la vida (el verdugo oficial vivía en Sevilla y no parecía muy dispuesto a bajar a Cádiz para hacer tanto trabajo), por lo que tuvo que pasar sus últimos días en una celda separado de los compañeros, que no habían visto con buenos ojos el ofrecimiento. El 11 de enero de 1930, a las 11 de la mañana, se ejecutó la sentencia para seis de ellos y el día siguiente, a las 10, se cumplió la de los otros cuatro. Sólo un día después, Benito Soto se sentaba en el banquillo de los acusados ante el honorable gobernador general de Gibraltar, sir George Don. Como sabía que tenía poca defensa, sobre todo frente a las declaraciones de sus víctimas, enseguida vio claro el escaso futuro que le quedaba y adoptó una actitud resignada. No obstante sólo se declaró culpable de dos muertes: la del ferrolano Manuel Ferreiro, compañero pirata de las primeras horas de La Burla Negra, y la de un marinero americano del Topaz. Fueron siete días de juicio, y una sentencia anunciada que confirmaba la que pocos días antes había dictado el tribunal español: muerte por ahorcamiento. LAS SENTENCIAS Benito Soto. PONTEVEDRA. 25 años (huido y preso en Gibraltar): Ahorcado, arrastrado, descuartizado y sus cuartos expuestos en ganchos a orillas del mar. Jose dos Santos. BRASIL (huido): Colgado, descuartizado y su cabeza expuesta en un gancho a orillas del mar. Nicolás Fernández. VIVEIRO, 20 años; Antonio de Laida. VIZCAYA, 23 años;Nuño Pereira. PORTUGAL, 25 años; Victor Saint Cyr de Barbazán. FRANCIA, 21 años; Maríe Guillermo Teto. FRANCIA, 22 años: Federico Lerendu. FRANCIA, 23 años: Ahorcados, descuartizados, y sus cabezas expuestas a orillas del mar. Francisco Goubín. FRANCIA, 32 años; Pedro Antonio. MENORCA (¿OPORTO?), 26 años; Domingo Antonio PORTUGAL, 22 años; Joaquín Francisco. PORTUGAL, 32 años:Ahorcados. Manuel Antonio Rodríguez, PORTUGAL:Diez años de prisión. Cayetano Ferreira PORTUGAL; Ocho años de prisión Manuel José de Freitas PORTUGAL; José Antonio Silva PORTUGAL; Antonio Joaquín PORTUGAL:Seis años de prisión Joaquín Palabra, GUINEA, 15 años: Sin condena y devuelto a quien sea su propietario. December 21 La Bounty
La Bounty, bergantín de doscientas quince toneladas que zarpo del puerto de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh con una misión del almirantazgo ingles: la de transportar a las Antillas el árbol del pan, desde el archipiélago de Taití. Los hechos acontecidos en este navío marcaron un punto de inflexión en el tratamiento de las tripulaciones por parte de los oficiales en los navíos de guerra de por aquel entonces...
En la mañana del 28 de abril de 1789 un amotinamiento liderado por el segundo de abordo, el guardamarina Fletcher Christian, provoco que a lo largo de la historia se escribieran diferentes y contradictorias versiones sobre lo sucedido. En esta pagina ire transcribiendo esas diferentes versiones, así como fotos de la isla Pitcairn y Bounty o cualquier enigma que vaya encontrando. De estos relatos tambien se hicieron tres películas:
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http://www.imdb.com/gallery/mptv/1120/5698-0002.jpg.html?path=gallery&path_key=0056264&seq=9
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El titulo de estas tres películas en la versión española es "Rebelión a bordo". Los Amotinados de la Bounty Capítulo I El abandono Ni el menor soplo de aire, ni una onda en la superficie del mar, ni una nube en el cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con una pureza incomparable. Las velas de la Bounty cuelgan a lo largo de los mástiles, el barco está inmóvil y la luz de la Luna, que se va perdiendo ante las primeras claridades del alba, ilumina el espacio con un fulgor indefinible. La Bounty, velero de doscientas quince toneladas con una tripulación compuesta por cuarenta y seis hombres, había zarpado de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh, un rudo pero experimentado marinero, quien había acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración. La misión especial de la Bounty consistía en transportar a las Antillas el árbol del pan, que tan profusamente crece en el archipiélago de Taití. Después de una escala de seis meses en la bahía de Matavai, William Bligh, luego de haber cargado el barco con un millar de estos árboles, había zarpado con rumbo a las Indias occidentales, después de una corta estancia en las Islas de los Amigos. Muchas veces, el carácter receloso y violento del capitán había ocasionado más de un incidente desagradable entre algunos de los oficiales y él. Sin embargo, la tranquilidad que reinaba a bordo de la Bounty, al salir el sol, el 28 de abril de 1789, no parecía presagiar los graves sucesos que iban a ocurrir. Todo parecía en calma, cuando de repente una insólita animación se propaga por todo el navío. Algunos marineros se acercan, intercambian dos o tres palabras en baja voz, y luego desaparecen rápidamente. ¿Es el relevo de la guardia de la mañana? ¿Algún accidente imprevisto se ha producido a bordo? –Sobre todo no hagan ruido, mis amigos –dijo Fletcher Christian, el segundo de la Bounty–. Bob cargue su pistola, pero no tire sin mi orden. Churchill, tome su hacha y destruya la cerradura del camarote del capitán. Una última recomendación: ¡Le necesito vivo! Seguido por una decena de marineros armados de sables, machetes y pistolas, Christian se dirigió al entrepuente, luego de haber dejado a dos centinelas custodiando los camarotes de Stewart y Peter Heywood, el contramaestre y el guardiamarina de la Bounty. Se detuvo ante la puerta del camarote del capitán. –Adelante, muchachos –dijo– ¡derríbenla con los hombros!. La puerta cedió bajo una vigorosa presión y los marineros se precipitaron al camarote. Sorprendidos primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos, tuvieron un momento de vacilación. –¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a...? –exclamó el capitán mientras se bajaba de su catre. –¡Silencio, Bligh! –contestó Churchill–. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo! –Es inútil vestirse –agregó Bob–. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te colguemos del palo de mesana! –¡Ata sus manos por detrás de su espalda, Churchill –dijo Christian–, y súbele hacia el puente! –Los capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno conoce como tratarles –observó John Smith, el filósofo del grupo–. Entonces el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia, aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados. En cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos. Todos estaban en el puente, formados en silencio. Observaban el aplomo de su capitán que, medio desnudo, avanzaba con la cabeza alta por el medio de aquellos hombres acostumbrados a temblar ante él. –Bligh –dijo Christian, duramente–, queda destituido de su mando. –No reconozco su derecho... –contestó el capitán. –No perdamos el tiempo en protestas inútiles –exclamó Christian interrumpiendo a Bligh. Soy, en este momento, la voz de toda la tripulación de la Bounty. Apenas habíamos zarpado de Inglaterra, cuando ya tuvimos que soportar sus insultantes sospechas, sus procedimientos brutales. Cuando digo nosotros, me refiero tanto a los oficiales como a los marineros. ¡No sólo nunca pudimos obtener la satisfacción de ver cumplidas nuestras demandas, sino que siempre las rechazaba con desprecio! ¿Somos acaso perros, para ser injuriados en todo momento? ¡Canallas, bandidos, mentirosos, ladrones! ¡No había expresión grosera que no nos dirigiese! ¡En verdad, sería necesario no ser un hombre para soportar tal tipo de vida! Y yo, yo que soy su compatriota, yo que conozco su familia, yo que he navegado dos veces bajo sus órdenes, ¿me ha respetado? ¿No me acusó ayer nuevamente, de haberle robado unas miserables frutas? ¡Y los hombres! Por una pequeñez, ¡los grilletes! Por una nimiedad, ¡veinticuatro azotes! ¡Pues bien! ¡Todo se paga en este mundo! ¡Fue muy liberal con nosotros, Bligh! ¡Ahora es nuestro turno! ¡Sus injurias, sus injusticias, sus dementes acusaciones, sus torturas morales y físicas con las que ha agobiado a su tripulación desde hace más de un año y medio, las va a expiar, y a expiarlas duramente! Capitán, ha sido juzgado por aquéllos a los cuales ha ofendido y usted ha sido condenado ¿No es así, camaradas? –¡Sí, sí, que muera! –exclamaron la mayoría de los marineros, mientras amenazaban a su capitán. –Capitán Bligh –continuó Christian–, algunos me han hablado de suspenderle en el aire, sujetado por el extremo de una cuerda; otros propusieron desgarrarle la espalda con el gato de las nueve colas, hasta que la muerte sobreviniera. Les faltó imaginación. Yo encontré algo mejor que eso. Además, usted no ha sido el único culpable aquí. Aquéllos que siempre han ejecutado sus órdenes fielmente, por crueles que fuesen, estarían desesperados de estar bajo mi mando. Ellos merecen ir junto a usted donde el viento los lleve. ¡Que traigan la chalupa! Un murmullo de desaprobación acogió las últimas palabras de Christian que no pareció preocuparse mucho por la reacción de los marineros. El capitán Bligh, al cual estas amenazas no llegaron a perturbar, se aprovechó de un momento de silencio para tomar la palabra. –Oficiales y marineros –dijo con voz firme–, en mi calidad de oficial de la marina real, y capitán de la Bounty, protesto contra el tratamiento que se me quiere dar. Si desean quejarse sobre la manera en que he ejercido mi mandato, pueden juzgarme en una corte marcial. Pero no han pensado, probablemente, en la gravedad del acto que ustedes van a ejecutar. ¡Atentar contra el capitán es rebelarse contra la ley, imposibilitar vuestro regreso a la patria, ser considerados piratas¡ ¡Más tarde o más temprano les sobrevendrá la muerte ignominiosa, la muerte que se le depara a los traidores y los rebeldes! ¡En el nombre del honor y la obediencia que me juraron, les pido que cumplan su deber! –Nosotros sabemos perfectamente a lo que nos exponemos –respondió Churchill. –¡Suficiente! ¡Suficiente! –gritaron a coro los hombres de la tripulación, preparándose para pasar de las palabras a los hechos. –¡Bien –dijo Bligh–, si necesitan a una víctima, ese soy yo, pero yo solamente! ¡Aquellos compañeros que ustedes condenan junto conmigo, sólo ejecutaron mis órdenes! La voz del capitán fue ahogada por un concierto de vociferaciones. Bligh tuvo que renunciar a la idea de poder conmover a estos corazones que se habían convertido en despiadados. Mientras, se habían tomado todas las medidas necesarias para que las órdenes de Christian fuesen ejecutadas. Sin embargo, un intenso debate había surgido entre el segundo a bordo y algunos de los amotinados que querían abandonar en el mar al capitán Bligh y a sus compañeros sin darles un arma y sin apenas dejarles una onza de pan. Algunos –y esta era la opinión de Churchill– manifestaron que el número de los que tenían que abandonar la nave no era lo suficientemente considerable. Era necesario deshacerse también de aquellos hombres que al no haber intervenido directamente en la rebelión, no estaban seguro de sus opiniones. No se podría contar con aquellos que se contentaban con aceptar los hechos consumados. En cuanto a él, aún sentía en su espalda los dolores provocados por los azotes recibidos al haber tratado de desertar en Taití. ¡La mejor, la más rápida forma de curarse, sería entregándole al capitán a él!... ¡Él sabría como tomar venganza por su propia mano! –¡Hayward! ¡Hallett! –gritó Christian, dirigiéndose a dos de los oficiales,sin tener en cuenta las observaciones de Churchill–, desciendan a la chalupa. –¿Que le hice, Christian, para que usted me trate así? – dijo Hayward. ¡Es a la muerte a la que me envía! –¡Las recriminaciones son inútiles! ¡Obedezca, o si no!... Fryer, embarque usted también. Pero estos oficiales, en lugar de dirigirse hacia la chalupa, se acercaron al capitán Bligh, y Fryer que parecía ser el más determinado de todos se dirigió hacia él diciéndole: –¿Capitán, quiere usted intentar retomar el barco? Nosotros no tenemos arma alguna, es cierto, pero estos amotinados sorprendidos no podrán resistir. ¡Si algunos de nosotros resulta muerto, eso no importaría! ¡Se puede intentar! ¿Qué le parece? Ya los oficiales habían tomado las disposiciones necesarias para lanzarse contra los amotinados, que estaban ocupados en desmontar las chalupas, cuando Churchill, a quien esta conversación por rápida que fuera, no se le había escapado, les rodeó con varios hombres bien armados y les obligó a embarcar. –¡Millward, Muspratt, Birket, y ustedes –dijo Christian mientras se dirigía a algunos de los marineros que no habían tomado parte en el motín–, vayan al entrepuente y escojan lo que consideren más útil! ¡Ustedes acompañarán al capitán Bligh! ¡Tú, Morrison, vigila a estos tunantes! Purcell, tome sus herramientas de carpintero. Se las permito llevar. Dos mástiles con sus velas, algunos clavos, una sierra, un pequeño pedazo de lona, cuatro pequeños envases que contenían unos ciento veinticinco litros de agua, ciento cincuenta libras de galleta, treinta y dos libras de carne de cerdo salada, seis botellas de vino, seis botellas de ron y la caja de licores del capitán. Esto fue todo lo que los abandonados pudieron llevar. Además llevaban dos o tres sables viejos, pero se les negó llevar cualquier tipo de armas de fuego. –¿Dónde están Heywood y Steward? –preguntó Bligh, cuando se encontraba en la chalupa– ¿Ellos también me traicionaron?. Ellos no le habían traicionado, pero Christian había decidido dejarlos a bordo. El capitán tuvo un momento de desaliento y de debilidad perfectamente perdonable, que no duró mucho tiempo. –¡Christian –dijo–, le doy mi palabra de honor de olvidarme de todo lo que ha ocurrido, si usted renuncia a su abominable proyecto! ¡Se lo imploro, piense en mi mujer y mi familia! ¡Muerto yo, qué será de todos los míos! –Si usted hubiera tenido honor –respondió Christian–, las cosas no habrían llegado a este punto. ¡Si usted hubiera pensado más a menudo en su mujer, en su familia, en las mujeres y en las familias de los otros, usted no habría sido tan duro, tan injusto con todos nosotros! A su turno, el ex-capitán, en el momento de embarcar, estaba intentando convencer a Christian. Era en vano. –Hace mucho tiempo que sufro –contestó este último con amargura–. ¡No sabe cuáles han sido mis torturas! ¡No! ¡Esto no podía durar un día más. Además, usted no ignora que durante todo el viaje, yo, el segundo al mando de este navío, he sido tratado como un perro! Sin embargo, al separarme del capitán Bligh, al que probablemente no volveré a encontrar jamás, deseo, por una cuestión de misericordia, no quitarle toda esperanza de salvación. ¡Smith! ¡Desciende al camarote del capitán y trae su vestimenta, su diario y su cartera. Además, entrégale mis tablas náuticas y mi propio sextante. ¡Tendrá la oportunidad de poder salvar a sus compañeros y salir del apuro él mismo! Las órdenes de Christian fueron ejecutadas, no sin antes generar alguna protesta. –¡Y ahora, Morrison, suelte la amarra –gritó el segundo de a bordo devenido primero–, y que Dios vaya con ustedes! Mientras que los amotinados con sus irónicas expresiones despedían al capitán Bligh y a sus infelices compañeros, Christian, apoyado en la borda, no podía quitar los ojos de la chalupa que se alejaba. Este bravo oficial, de conducta, hasta entonces fiel y franca, había merecido los elogios de todos los capitanes a los cuales había servido y ahora se había convertido en el jefe de una banda de piratas. No estaría permitido para él volver a ver a su vieja madre, ni a su novia, ni las playas de la isla de Man, su patria. ¡Su autoestima había caído en un profundo vacío, deshonrada a los ojos de todos! ¡El castigo seguía ya a la falta! Capítulo II Los abandonados Con sus dieciocho pasajeros, oficiales y marineros y las escasas provisiones que contenía, la chalupa que transportaba a Bligh estaba tan cargada, que apenas sobresalía unas quince pulgadas sobre el nivel del mar. Con una longitud de veintiún pies y un ancho de seis, la chalupa parecía estar especialmente apropiada para el servicio de la Bounty; pero, para contener una tripulación tan numerosa, para hacer un viaje un poco largo, era difícil encontrar alguna embarcación más detestable. Los marineros, confiados en la energía y la habilidad del capitán Bligh y de los oficiales que compartían su misma suerte, remaban vigorosamente, haciendo avanzar a la chalupa rápidamente sobre las olas del mar. Bligh no tenía dudas sobre la conducta a seguir. Era necesario, en primer lugar, volver lo antes posible a la isla Tofoa que era la más cercana del grupo de las islas de los Amigos, de la cual habían salido algunos días antes; allí era necesario recolectar los frutos del árbol del pan, renovar la provisión de agua y luego dirigirse a Tonga-Tabú. Probablemente se podrían abastecer de provisiones en cantidades suficientes como para intentar la travesía hasta los establecimientos holandeses de Timor, si, debido a la hostilidad de los indígenas, no pudieran hacer escala en algunos de los innumerables archipiélagos existentes en esa ruta. El primer día transcurrió sin incidentes y al anochecer fueron avistadas las costas de Tofoa. Desafortunadamente, la costa era tan rocosa y la playa tenía tantos escollos, que no era posible desembarcar de noche por ese lugar. Era necesario esperar al próximo día. Bligh, a menos que hubiera una necesidad apremiante, no quería consumir las provisiones de la chalupa. Por tanto, era necesario que la isla alimentara a sus hombres y a él. Pero esto parecía ser algo difícil, ya que al desembarcar no encontraron rastro alguno de habitantes. Algunos, sin embargo, no demoraron en aparecer, y al ser bien recibidos, llegaron otros, que les ofrecieron un poco de agua y algunas nueces de coco. La turbación de Bligh era grande. ¿Qué decirles a estos indígenas que ya habían comerciado con la Bounty durante su última escala? Antes que nada, lo que más importaba era ocultarles la verdad con el objetivo de no destruir el prestigio que los extranjeros habían adquirido en estas islas. ¿Decirles que venían en busca de provisiones y que la tripulación del barco los esperaban de vuelta? ¡Imposible! ¡La Bounty no era visible, incluso ni desde la más alta de las colinas! ¿Decirles que la nave había naufragado y que ellos eran los únicos sobrevivientes? Era quizás lo más verosímil. Quizás esto les conmovería y les animaría a completar las provisiones de la chalupa. Bligh se decidió por esta última explicación, sabiendo que era peligrosa, y se puso de acuerdo con sus hombres de manera que todos contaran la misma historia. Mientras los indígenas escuchaban la narración, no eran visibles en ellos ni señales de alegría ni signos de tristeza. Su cara sólo expresaba un profundo asombro y fue imposible conocer cuáles eran sus verdaderos pensamientos. El 2 de mayo, la cantidad de indígenas provenientes de otras partes de la isla aumentó de una manera considerable y Bligh pronto comenzó a notar que sus intenciones eran hostiles. Algunos trataron de varar la embarcación en la playa y sólo se retiraron ante las enérgicas demostraciones del capitán que les amenazaba con su machete. Mientras esto ocurría, algunos de los hombres que Bligh había enviado en busca de provisiones, regresaban con tres galones de agua. El momento de abandonar esta isla inhospitalaria había llegado. Al atardecer, todos estaban listos, aún cuando no sería fácil llegar hasta la chalupa. La playa estaba cubierta por una gran cantidad de indígenas que hacían chocar entre sí algunas piedras, que estaban listas para ser lanzadas. Por tanto, era necesario que la chalupa estuviera cerca de la playa y disponible en el momento en que los hombres estuvieran listos para embarcar. Los ingleses, seriamente preocupados por la actitud hostil de los indígenas, se dirigieron a la playa, rodeados por doscientos salvajes, que sólo esperaban una señal para comenzar el ataque. Sin embargo, afortunadamente, todos habían embarcado en la chalupa y fue entonces cuando uno de los marineros, llamado Bancroft, tuvo la fatal idea de regresar a la playa para recoger un objeto olvidado. En un instante, este imprudente fue rodeado y recibido por los indígenas con una andanada de piedras, sin que sus compañeros, que no poseían armas de fuego, pudieran rescatarlo. Además, en ese propio momento, también ellos comenzaron a ser atacados con una lluvia de piedras. –¡Adelante, muchachos –gritó Bligh–, de prisa, a los remos y remen fuerte! Los indígenas, entonces, se adentraron en el mar y comenzaron a lanzar una andanada de piedras sobre la embarcación. Algunos hombres fueron heridos. Pero Hayward, recogió una de las piedras que habían caído dentro de la chalupa y se la lanzó a uno de los asaltantes en medio de los dos ojos. El indígena cayó de espaldas dando un gran grito, al cual respondieron los hurras de los ingleses. Su infortunado camarada había sido vengado. Mientras tanto, varias canoas aparecieron de inmediato en la playa y comenzó la caza. Esta persecución podía haber terminado en una lucha en la cual su resultado no parecía ser el más exitoso. Fue entonces cuando el oficial mayor de la tripulación tuvo una idea luminosa. Sin sospechar que estaba imitando a Hipómenes en su lucha con Atalanta, se despojó de su chaqueta y la lanzó al mar. Los indígenas, a la vista de una posible presa, se detuvieron para recogerla, y esto tiempo fue aprovechado por la chalupa para doblar la punta de la bahía. Mientras, la noche había caído y los indígenas, ya sin esperanzas, abandonaron la persecución de la chalupa. Esta primera tentativa de desembarco no había tenido un resultado feliz y la opinión de Bligh era la de no volver a intentarlo. –Ha llegado el momento de tomar una decisión –dijo –. Los sucesos ocurridos en Tofoa volverán a ocurrir, probablemente, en Tonga-Tabú, y en cualquier lugar donde pretendamos entrar. Numéricamente débiles y sin armas de fuego, estaremos absolutamente a merced de los indígenas. Sin objetos de intercambio, no podemos comprar provisiones y nos es imposible conseguirlas mediante la fuerza. Por tanto sólo dependemos de nuestros propios recursos. Sin embargo, ustedes conocen, amigos míos, tan bien como yo, cuán miserables son ellos. ¿No es mejor conformarse con lo que tenemos y no arriesgar, en cada desembarco, la vida de muchos de nosotros? Sin embargo, no quiero ocultarles el horror de nuestra situación. ¡Para llegar a Timor, tendremos que viajar unas mil doscientas millas y tendremos que contentarnos diariamente con una onza de galleta y un cuarto de pinta de agua! Este es el precio de la salvación, contando además que encontraré en ustedes la más absoluta obediencia. ¡Respóndanme sin segundas intenciones! ¿Están de acuerdo en llevar esta empresa hacía delante? ¿Juran ustedes obedecer mis órdenes, cualquiera que ellas sean? ¿Prometen someterse sin protestar a estas privaciones? –¡Sí, sí, lo juramos! –exclamaron a una sola voz los compañeros de Bligh. –¡Mis amigos –dijo el capitán–, es necesario también olvidar nuestros recíprocos resentimientos, nuestras antipatías y nuestros odios, en una palabra, sacrificar nuestros rencores personales al interés de todos, que es lo que debe guiarnos! –Lo prometemos. –Si ustedes cumplen su palabra –agregó Bligh–, y si fuera necesario sabré como obligarles a cumplirla, respondo de nuestra salvación. La chalupa puso entonces rumbo al oeste-noroeste. El viento, que soplaba fuerte, desató una gran tormenta en la noche del 4 de mayo. Las olas eran tan altas, que la embarcación desaparecía entre ellas y parecía no poder sostenerse a flote. El peligro aumentaba a cada instante. Empapados y helados, los pobres desgraciados, aquel día, solo tuvieron para reconfortarse una copa de ron y la cuarta parte del fruto de un árbol del pan casi podrido. Al siguiente día y durante los días siguientes, la situación no cambió. La embarcación pasó en medio de innumerables islas, en las cuales se divisaban algunas piraguas. ¿Estaban éstas preparadas para darles caza, o para traficar? Debido a la duda, hubiera sido imprudente haberse detenido. Además la chalupa, cuyas velas se hinchaban debido al fuerte viento, pronto se alejaba a una buena distancia. El 9 de mayo, se desató una terrible tormenta. El trueno y los relámpagos se sucedían sin interrupción. La lluvia caía con tanta fuerza, que las más violentas tormentas de nuestros climas no pudieran dar una idea exacta de la magnitud de esta. Era imposible que la ropa se secara. Bligh, entonces, tuvo la idea de mojar sus vestimentas con el agua del mar y llenarlas de sal, con el propósito de devolver a la piel, el calor quitado por la lluvia. Sin embargo, estas torrenciales lluvias que causaron tantos sufrimientos al capitán y a sus compañeros, les salvaron de una de las torturas más horribles, las torturas de la sed, que un insoportable calor hubiera pronto provocado. El 17 de mayo, en la mañana, luego de una espantosa tormenta, las lamentaciones llegaron a ser unánimes. –¡No tendremos fuerzas para llegar a Nueva Holanda! –exclamaron los pobres desgraciados. Calados por la lluvia, agotados por el cansancio, no tendremos jamás un momento de descanso! Estamos casi muertos de hambre, ¿no aumentará usted nuestras raciones, capitán? ¡Poco importa que nuestras provisiones se agoten! ¡Las repondremos fácilmente cuando lleguemos a Nueva Holanda! –Me niego –contestó Bligh–. Hacerlo implicaría actuar como un loco. ¡Cómo! ¡Hemos recorrido la mitad de la distancia que nos separa de Australia, y ya ustedes no abrigan esperanzas! ¿Creen, además, que podremos encontrar provisiones fácilmente en las costas de Nueva Holanda? No conocen ni el país ni a sus habitantes. Y Bligh comenzó a describir a grandes rasgos las características del suelo, las costumbres de los indígenas, lo que relató fue una parte de todas las cosas que había llegado a conocer en su viaje con el capitán Cook. Por esta vez, sus compañeros de infortunio le escucharon y permanecieron callados. Los quince días siguientes fueron animados por un claro sol que les permitió secar sus vestimentas. El 27 fue divisada la costa oriental de Nueva Holanda. El mar estaba tranquilo, bajo este cinturón madrepórico y algunos grupos de islas de exótica vegetación, hacían agradable la vista. Desembarcaron en la isla, avanzando con suma precaución. Las únicas huellas encontradas que denotaban la presencia de los indígenas fueron restos de hogueras, hechas mucho tiempo atrás. Por tanto era posible pasar una buena noche en tierra. Pero era necesario comer. Afortunadamente uno de los marineros descubrió un banco de ostras. Era un obsequio real. Al día siguiente, Bligh encontró en la chalupa un cristal de aumento, un eslabón y azufre. Por tanto fue posible hacer fuego, y con él se cocieron algunos moluscos y pescados. Bligh planeó dividir la tripulación en tres escuadras. Una de ellas debía poner en orden la embarcación; las otras dos debían ir en busca de provisiones. Pero varios hombres se quejaron con amargura, declarando que era mejor cenar que aventurarse hacia el interior de la isla. Uno de ellos, más violento o más irritado que sus camaradas, llegó a decirle al capitán: –¡Un hombre vale lo mismo que otro, y no veo porqué siempre está descansando! ¡Si tiene hambre, vaya y busque algo que comer! ¡Lo que hace aquí, yo también lo puedo hacer! Bligh, comprendiendo que este intento de motín debía ser detenido al momento, tomó uno de los machetes y lanzando otro a los pies del rebelde, le gritó: –¡Defiéndete, o te mato como a un perro!. Esta enérgica actitud hizo replegarse al rebelde, y el descontento general se calmó. Durante esta escala, la tripulación de la chalupa recolectó una gran cantidad de ostras, moluscos e hizo acopio de agua dulce. Un poco después, de los dos destacamentos enviados a la caza de las tortugas y los nodis, el primero regresó con las manos vacías; el segundo había cazado seis nodis, y hubieran atrapado más si uno de los cazadores, al apartarse de los demás, no las hubiese espantado. Este hombre confesó, más tarde, que había capturado nueve de aquellos volátiles y que se los había comido crudos inmediatamente. Sin las provisiones y el agua dulce, que habían recogido en la costa de Nueva Holanda, era seguro que Bligh y sus compañeros hubieran perecido. Además, todos estaban en un estado miserable, flacos, demacrados, exhaustos. Eran reales cadáveres. El viaje por mar, para llegar a Timor, resultó ser la dolorosa repetición de los sufrimientos ya soportados por estos pobres desgraciados antes de alcanzar las costas de Nueva Holanda. Solamente, la fuerza de resistencia había disminuido a todos, sin excepción. Después de algunos días, sus piernas permanecieron hinchadas. En este estado de debilidad extrema, fueron agobiados por un incesante deseo de dormir. Eran las señales iniciales de un final que no podía retrasarse mucho más. Bligh, advirtiendo esta situación, distribuyó doble ración a aquellos que se encontraban más débiles y procuró darles un poco de esperanza. Finalmente, en la mañana del 12 de junio, la costa de Timor apareció, después de una travesía de tres mil seiscientas dieciocho millas recorridas en las más difíciles condiciones. La bienvenida que los ingleses recibieron en Cupang fue de las mejores. Permanecieron en la ciudad durante dos meses para recuperarse. Luego, Bligh, que había comprado una pequeña goleta, llegó a Batavia, desde donde embarcó para Inglaterra. Fue el 14 de marzo de 1790 cuando los abandonados desembarcaron en Portsmouth. La narración de las torturas que habían soportado alentó la simpatía de muchas personas y la indignación de todas las personas de buen corazón. Casi inmediatamente, el Almirantazgo procedió a armar la fragata La Pandora, de veinticuatro cañones y una tripulación de ciento sesenta hombres y la envió en persecución de los amotinados de la Bounty. Ahora se verá en lo que se habían convertido.
Capítulo III Los amotinados La Bounty, después de haber abandonado al capitán Bligh partió hacia Tahití. Ese mismo día, avistaron Tubuai. El agradable aspecto de esta pequeña isla, rodeada de una gran cantidad de piedras madrepóricas, invitaba a Christian a desembarcar; pero las demostraciones de los habitantes parecían muy amenazadoras y no se efectuó el desembarco. Fue el 6 de junio de 1789 cuando anclaron en la bahía de Matavai. La sorpresa de los tahitianos fue grande al reconocer la Bounty. Los amotinados encontraron allí a los indígenas con los que habían comerciado durante una escala anterior, y ellos les contaron una historia, en la cual mezclaron el nombre del capitán Cook, del cual los tahitianos habían conservado el mejor recuerdo. El 29 de junio, los amotinados partieron nuevamente hacia Tubuai y comenzaron a buscar alguna isla que estuviera situada fuera de la ruta habitual de los barcos, cuyo suelo fuera lo suficientemente fértil para alimentarles, y en la cual pudieran vivir en completaseguridad. Vagaron de archipiélago en archipiélago, cometiendo toda clase de saqueos y violencias, que la autoridad de Christian podía raramente impedir. Luego, cansados de buscar, fueron atraídos por la fertilidad de Tahití, por las sencillas y pacíficas costumbres de sus habitantes, retornaron a la bahía de Matavai. Allí, las dos terceras partes de la tripulación descendieron inmediatamente a tierra. Pero, en la tarde del propio día, la Bounty levó el ancla y desapareció, antes de que los marineros que habían desembarcado comenzaran a sospechar la intención de Christian de partir sin ellos. Abandonados a su propia suerte, estos hombres se establecieron sin muchos problemas en diferentes distritos de la isla. Stewart, el contramaestre y Peter Heywood, el guardiamarina, los dos oficiales a quienes Christian había excluido del castigo impuesto contra Bligh y que habían sido retenidos en contra de sus voluntades, permanecieron en Matavai cerca del rey Tippao, donde poco después Stewart esposó a la hermana. Morrison y Millward se presentaron ante el jefe Peno, que les dio la bienvenida. En cuanto a los otros marineros, penetraron al interior de la isla y no tardaron en casarse con algunas tahitianas. Churchill y un loco furioso llamado Thompson, después de haber cometido todo tipo de crímenes, riñeron. Churchill murió en esta lucha y Thompson fue apedreado por los indígenas. Así perecieron dos de los amotinados que habían tomado la parte más activa en la rebelión. Los otros, al contrario, por su buena conducta, se ganaron la estima de los tahitianos. Sin embargo, Morrison y Millward veían siempre el castigo pendiendo sobre sus cabezas y no podían vivir tranquilos en esta isla donde hubieran sido fácilmente descubiertos. Entonces, tuvieron la idea de construir una embarcación, sobre la cual tratarían de llegar a Batavia, con el propósito de unirse al mundo civilizado. Con ocho de sus compañeros y con herramientas de carpintero, consiguieron, después de ardua labor, construir un pequeño velero que llamaron La Resolución, y lo fondearon en una bahía ubicada detrás de una de las puntas de la isla, llamada punta de Venus. Pero la imposibilidad absoluta de proveerse de velas les impidieron hacerse a la mar. Durante este tiempo, convencidos de su inocencia, Stewart cultivó un jardín y Peter Heywood reunió los materiales de un vocabulario que fue, más tarde, muy útil a los misioneros ingleses. Sin embargo, dieciocho meses habían transcurrido cuando, el 23 de marzo de 1791, un velero bordeó la punta de Venus y se detuvo en la bahía Matavai. Era La Pandora, que había sido enviada por el almirantazgo inglés, en persecución de los amotinados. Heywood y Stewart se apresuraron en subir a bordo, dijeron sus nombres y funciones, declarando que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó y fueron encadenados inmediatamente, así como a todos sus compañeros, sin averiguar más detalles. Tratados con la inhumanidad más indignante, cargados de cadenas, amenazados con ser fusilados si usaban la lengua tahitiana para conversar entre ellos, fueron encerrados en una jaula de once ¡ pies de largo, ubicada en la extremidad del castillo de popa, al cual un aficionado de la mitología identificó con el nombre de "caja de Pandora" El 19 de mayo, La Resolución que había sido proveída de velas y La Pandora se hicieron a la mar. Durante tres meses, estos dos veleros cruzaron a través del archipiélago de los Amigos, donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados pudieran haber buscado refugio. La Resolución, de un débil calado, había prestado eficaces servicios durante esta travesía; pero desapareció en las vecindades de la isla Chatam y aunque La Pandora permaneció durante varios días buscando el velero, nunca más se oyó hablar de La Resolución, ni de los cinco marineros que se encontraban a bordo. La Pandora había tomado el camino a Europa con sus prisioneros, cuando en el estrecho de Torres, el barco chocó contra un arrecife de coral y se hundió inmediatamente con treinta y uno de sus marineros y cuatro de los rebeldes. La tripulación y los prisioneros que habían escapado al naufragio pudieron llegar a un islote arenoso. Allí, los oficiales y los marineros construyeron tiendas de lona; mientras los amotinados, expuestos a los ardores de un sol tropical, tuvieron que, para encontrar un poco de alivio, enterrarse en la arena hasta el cuello. Los náufragos permanecieron en este islote durante algunos días; luego todos llegaron hasta la isla Timor en las chalupas de La Pandora y la vigilancia tan rigurosa a la que fueron sometidos los rebeldes no se desatendió en momento alguno, a pesar de la gravedad de las circunstancias. Al llegar a Inglaterra en el mes de junio de 1792, los amotinados comparecieron ante un consejo de guerra presidido por el almirante Hood. Los debates duraron seis días y terminaron con la absolución de cuatro de los acusados y la condena a muerte de otros seis, por el crimen de deserción y secuestro del navío confiado a su custodia. Cuatro de los condenados fueron colgados a bordo de un barco de guerra; los otros dos, Stewart y Peter Heywood, cuya inocencia había sido finalmente reconocida, fueron perdonados. ¿Pero que había ocurrido con la Bounty? ¿Había naufragado con los últimos rebeldes a bordo? Era algo imposible de saber. En 1814, veinticinco años después de ocurridos los hechos, con los cuales comienza esta narración, dos buques de guerra ingleses cruzaron Oceanía bajo las órdenes del capitán Staines. Se encontraban, al sur del archipiélago Peligroso, a la vista de una isla montañosa y volcánica que Carteret había descubierto en su viaje alrededor del mundo, y a la cual le había dado el nombre de Pitcairn. Era sólo un cono, casi sin playa, que se elevaba a pico sobre el mar, cubierto hasta su cúspide de bosques de palmeras y árboles del pan. Esta isla nunca había sido visitada; se encontraba a 1171 millas de Tahití, a los 25 grados y 2 minutos de latitud sur y los 130 grados y 5 minutos de longitud oeste; su superficie no medía más de cuatro millas y media de circunferencia y una milla y media solamente en su eje más grande, y solo se conocían los datos que Carteret había suministrado. El capitán Staines decidió reconocer la isla y comenzó a buscar un lugar apropiado para desembarcar. Al aproximarse a la costa, se sorprendió al ver algunas chozas, unas plantaciones y en la playa dos indígenas que, luego de haber lanzado una embarcación al mar y franquear hábilmente la resaca, se dirigían hacia el barco. Pero su asombro llegó al máximo posible cuando escuchó, en excelente inglés, las siguientes palabras: –¡Eh! ¡Ustedes, necesitamos una cuerda para subir a bordo! Apenas llegaron a cubierta, los dos robustos remeros fueron rodeados por los asombrados marineros que les agobiaron con preguntas a las cuales ellos no supieron contestar. Conducidos ante el comandante, fueron interrogados formalmente. –¿Quiénes son ustedes? –Yo me llamo Fletcher Christian y mi compañero, Young. Estos nombres no le decían nada al capitán Staines, que estaba muy lejos de pensar en los supervivientes de la Bounty. –¿Desde cuando están aquí?. –Nacimos aquí. –¿Cuántos años tienen?. –Tengo veinticinco años –respondió Christian– y Young dieciocho. –¿Fueron sus padres arrojados a esta isla por algún naufragio? Entonces, Christian le hizo al capitán Staines la conmovedora confesión que sigue y de la cual estos son los principales hechos: Al abandonar Tahití y dejar en ella a veintiuno de sus compañeros, Christian, que tenía a bordo de la Bounty la narración del viaje del capitán Carteret, puso proa directamente hacía la isla Pitcairn, cuya posición juzgo conveniente para lograr sus propósitos. Veintiocho hombres componían entonces la tripulación de la Bounty. Estaba formada por Christian, el aspirante Young y siete marineros, seis tahitianos que se le habían unido en Tahití, entre los cuales habían tres hombres acompañados de sus mujeres y un niño de diez meses, además tres hombres y seis mujeres, indígenas de Tubuai. La primera medida de Christian y de sus compañeros, tan pronto como hubieron llegado a la isla Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos. Sin duda, ellos perderían toda posibilidad de abandonar la isla, pero el cuidado de su seguridad así lo exigía. El establecimiento de la pequeña colonia se hizo con dificultades, entre gentes a las que solo les unía la complicidad de un crimen. Pronto, comenzaron las peleas sangrientas entre los tahitianos y los ingleses. En el año 1794, sólo cuatro de los amotinados habían sobrevivido. Christian había sido acuchillado por uno de los indígenas que él había secuestrado. Todos los tahitianos habían sido exterminados. Uno de los ingleses que había encontrado la forma de fabricar bebidas con la raíz de una planta indígena, terminó siendo víctima de su embriaguez y en un momento de delirium tremens, se precipitó al mar, cayéndose desde la punta de una colina. Otro, preso de un momento de furiosa locura, se había lanzado sobre Young y uno de los marineros, llamado John Adams, quien se vio forzado a matarle. En el año 1800, Young murió durante una violenta crisis de asma. John Adams era entonces el último sobreviviente de la tripulación de amotinados. Sólo y acompañado por varias mujeres y veinte niños, nacidos de la unión de sus compañeros con las tahitianas, el carácter de John Adams se modificó profundamente. Tenía entonces treinta y seis años; había visto tantas escenas de violencia y crímenes, había visto la naturaleza humana bajo sus más tristes instintos que después de haber reflexionado, decidió enmendar el pasado. En la biblioteca de la Bounty, que había sido trasladada a la isla, había una Biblia y varios libros de oraciones. John Adams que frecuentemente los leía, se convirtió, inculcó excelentes principios a la joven población que lo consideraban como a un padre, y acabó siendo, por la fuerza de los acontecimientos, el legislador, el gran sacerdote y, por así decirlo, el rey de Pitcairn. Sin embargo, hacia 1814, las alarmas comenzaron a ser incesantes. En 1795, un barco se había acercado a Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de la Bounty se habían escondido en los inaccesibles bosques y no se habían atrevido a regresar nuevamente a la bahía hasta que el barco no se alejara. Este mismo acto de prudencia se repitió en 1808, cuando un capitán americano desembarcó en la isla, donde encontró un cronómetro y una brújula, los cuales envió al almirantazgo inglés; pero el almirante no parecía interesado en estas reliquias de la Bounty. Es cierto que por esta época existían en Europa preocupaciones de más gravedad. Tal fue la narración hecha al comandante Staines por los dos jóvenes, ingleses por sus padres, uno hijo de Christian, el otro hijo de Young; pero, cuando Staines pidió ver a John Adams, este se negó a subir a bordo sin saber que ocurriría con él. El comandante, después de haberle asegurado a los dos jóvenes que John Adams estaba amparado por la ley, debido a que habían transcurrido veinticinco años desde el motín de la Bounty, descendió a tierra y fue recibido por una población compuesta por cuarenta y seis adultos y un gran número de niños. Todos eran grandes y vigorosos, con una marcada fisonomía inglesa; las jóvenes sobre todo eran admirablemente bellas y su modestia le imprimía un carácter realmente atractivo. Las leyes puestas en vigor en la isla eran muy simples. En un registro era anotado lo que cada uno había ganado por su trabajo. El dinero era desconocido; todas las transacciones se hacían por medio del intercambio, pero no había industrias, porque la materia prima era escasa. La vestimenta de los habitantes estaba solo conformada por inmensos sombreros y cinturones de hierba. La pesca y la agricultura, eran sus principales ocupaciones. Los matrimonios sólo se efectuaban con el permiso de Adams y sólo cuando el hombre hubiese desmontado y plantado un pedazo de tierra lo suficientemente grande como para proporcionar el sostén de su futura familia. El comandante Staines, después de haber obtenido los más curiosos documentos sobre esta isla, perdida en las rutas menos frecuentadas del Pacífico, embarcó y regresó a Europa. Desde entonces, el venerable John Adams terminó su azarosa vida. Murió en 1829 y fue reemplazado por el reverendo George Nobbs, que lo reemplazó en la isla, en las funciones de sacerdote, médico y maestro de escuela. En 1853, los descendientes de los amotinados de la Bounty eran unos ciento setenta. Desde entonces, la población aumentó y llegó a ser tan numerosa que, tres años después, gran parte de ella debió establecerse en la isla Norfolk, que hasta ese momento había sido usada como cárcel de convictos. Pero una parte de los emigrantes recordaban a Pitcairn, aún cuando Norfolk era cuatro veces más grande, la tierra era notable por su fertilidad y las condiciones de existencia eran bien cómodas. Dos años después, varias familias retornaron a Pitcairn, donde continúan prosperando. Este fue el epílogo de una aventura que había comenzado de una manera tan trágica. Al inicio, los amotinados, los asesinos, los locos, y ahora, bajo la influencia de los principios de la moral cristiana y de la instrucción dada por un pobre marinero convertido, la isla de Pitcairn se convirtió en la patria de una población sencilla, hospitalaria, feliz, donde se pueden encontrar nuevamente las costumbres patriarcales de las primeras edades. FIN |
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