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    February 16

    Almas con lejia

     

     

    Ahora que los besos, los regalos, y las flores de S. Valentin oscurecen apáticos en el fondo del cajón de la mesilla los unos, y se marchitan ya mustias en el florero de la entrada las otras, me parece muy apropiada esta vieja columna de Alvite , que aunque parezca que es por joder... en realidad lo es.

    Espero que os guste tanto como a mí...

     

    ALMAS CON LEJIA  (J.L.Alvite)

    Solemos enamorarnos de alguien casi por las mismas razones por las que un día decidimos romper. No soportaríamos vivir casados con la persona cuya vida errática tanto nos deslumbro a simple vista.

    Al principio nos atrae su errática inclinación hacia esa alucinante precariedad que roza el abismo, pero por desgracia, el alucinante viaje del enamoramiento suele sucumbir en la mueblería. Aquel tipo transeúnte y espontáneo que cortaba para ella bajo la lluvia las flores en el arcén de la carretera, deja de ser interesante tan pronto descubre lo cómodo que resulta encargar por teléfono desde el salón las orquídeas en la floristería.

    Todas son muy soñadoras al principio, y adoran la expectativa de vivir eternamente a tu lado entre la niebla, pero transcurrido algún tiempo, no nos engañemos, pasados algunos meses o pocos años, lo que verdaderamente esperan de ti es que tengas a mano las llaves que abran sin margen de error aquel elegante portal en mitad de la niebla. Puede que hayas visto la luz del amor en los ojos de la mujer que te escuchaba mientras le leías aquellas estrofas de "Poeta en Nueva York" sentados en el parque del pueblo, pero si ella te dejó, muchacho, fue porque se cruzó en su camino un tipo que tal vez no leía a Lorca, pero pudo pagarle el billete de avión que los llevó en un periquete a Manhattan. Hay que reconocer que la fuerza romántica de cualquier poeta gana mucho si se transcriben sus versos en un billete de "Delta Airlines". ¿No piensan acaso ellas lo mismo de nosotros? ¿Y no es lógico que así ocurra?

    Seamos sinceros. Pasado el inenarrable brote de la pasión, de la temblorosa emoción de las primeras flores nos queda apenas el olfato grosero y poco delicado que nos permite dar por bueno que al volver a casa huelan a comida las gardenias. Por desgracia, el nido del matrimonio suele pudrir los huevos. No sé qué pensáis al respecto, pero a mí una mujer deja de fascinarme tan pronto puedo imaginarla sentada en el retrete. Supongo que a ellas les ocurre lo mismo y que pierden interés en nosotros tan pronto descubren que al mezclarlos con su ropa en la lavadora, tus calzoncillos le destiñen de marrón sus bragas. La separación de la colada suele ser el aviso inconfundible de que al agonizante muñeco del matrimonio ha empezado a rondarle el buitre del divorcio. La fascinación que suscita en su chica el alma límpida del poeta se malogra tan pronto la musa descubre lo mal que el inspirado rapsoda se limpia el culo. Y eso es así por la misma razón por la que al cabo de algún tiempo, ella empieza a llamarle baba a lo que en los deshuesados besos del noviazgo le parecía deliciosa y excitante saliva. Me dijo hace algunos años una amiga con la que había tenido unos cuantos revolcones: "No sé que clase de huella dejará tu personalidad en la mía, cielo, pero dudo que sea tan resistente como las jodidas manchas que tu culo deja últimamente en cama".

    Acusé recibo. Sabía que lo nuestro tocaba a su fin. Habíamos caído en el error de esa excesiva franqueza que suele perjudicar los sueños y manchar la cama. Un amor verdadero puede sobreponerse a las insidias, muchacho, pero raras veces sobrevive a la lejía. Tienes que saber que abrirle tu alma a una mujer no está reñido con mantener bien cerrado el culo, igual que ellas saben por la experiencia de sus madres que no es bueno que una mujer le abra de buenas a primeras sus brazos a un hombre sin tomar la precaución de cerrar al mismo tiempo sus piernas.

    Dicen los defensores del amor limpio y espiritual que el sexo hay que entenderlo como algo ingrávido, etéreo, como una lírica y surrealista emanación de temblorosa carne flambeada, sin perder de vista que el 80 por ciento del cuerpo humano es agua. Eso dicen y hasta puede que tengan algo de razón. De todos modos, y aun reconociendo que el 80 por ciento del cuerpo femenino sea sólo agua y una orquilla en el alga del pelo, lo cierto es que de las mujeres de mi vida recuerdo lo bien que me lo pasé con el 20 por ciento restante...

     

    November 03

    Cadaveres con escote

     

    CADAVERES CON ESCOTE


    Me pregunto qué diablos hemos hecho para que nuestros chavales huyan de nuestros dioses, de nuestros sueños y de nuestras manos. ¿Será que buscan en la calle las sensaciones que no encuentran en sus casas? ¿Estarán asqueados de nuestro confort y de lo mal que a nuestra conciencia le huele el aliento? ¿Y si resultase que la convivencia no nos ha servido en absoluto para conocernos los unos a los otros? Sea cual sea el origen de ese distanciamiento, el caso es que los hogares ya no son en absoluto lo que eran y en muchos casos la muerte de un hijo suele ser el único motivo convincente para que se reúnan de nuevo sus padres y para que la familia se haga por última vez una foto apaisada. Resulta desalentador que el esfuerzo laboral y económico para mantener a flote la familia con frecuencia sólo sirva para consumar su fracaso. Mucha gente no trabaja donde vive y se ve obligada a almorzar fuera de casa, de modo que son cada vez más numerosos los hogares en los que apenas se prende el fuego y algunos en los que sólo encienden la luz los ladrones. Un matrimonio gana ahora más dinero que cuando yo era niño y su poder adquisitivo es inmensamente superior, pero sus hijos no tienen con quien hablar de sus cosas y prefieren el calor social del callejeo y la colegiada compañía expósita de otros muchachos en sus mismas circunstancias de estupor, soledad e indiferente tristeza. Saben que sólo podrán encontrar en los bares los olores sicológicos y reconfortantes que sus padres encontraban a la misma edad en las escaleras de sus abuelos. Tendríamos que replan-tearnos nuestros objetivos materiales y pensar si el éxito laboral y la pujanza económica en realidad sólo nos van a servir para pagar los canapés y el fotógrafo nupcial en el entierro de nuestros aturdidos muchachos. Algunos padres se interesan por las inquietudes y por los sueños de sus hijos únicamente cuando a las inquietudes y a los sueños de sus hijos el alcohol les inflama el hígado. Hemos llegado al punto de un trágico desentendimiento genealógico que sólo conduce a la decepción camino de la muerte. Nos conformamos con pagar sus copas y sus multas de tráfico, confiando en que no serán los de los nuestros los nombres de los chavales reventados de madrugada en cualquier carretera entre la cubista chatarra de un coche ciego. Esa creciente frialdad moral lleva camino de convertirnos en seres prácticos e insensibles a los que la factura del taller pueda suponerles algún día un malestar mayor que el de la muerte de un hijo. De hecho, muchos padres lo único que conocen del alma de sus hijos es la composición de sus vómitos. En ese caso habremos de reconocer que les hemos fallado por haberlos dejado a solas en un mundo cartesiano, cruel y competitivo en el que de paso que los anestesian, irónicamente las nuevas tecnologías de la comunicación sólo sirven para aislarlos frente a un teclado de ordenador o con los ojos pasmados en la absorbente pantalla lisérgica del teléfono móvil. Ya nadie se abraza en la intimidad con los suyos. ¿Los suyos? ¿Existen realmente los suyos? Nunca fueron tan pequeñas las familias, tan angustiosos los pisos, ni tan solitarios los entierros. Ganar dinero sólo nos ha servido para gastar un dineral en conservar un decente nivel de miserable riqueza. Ya nadie se sorprende de lo numerosas que son las familias monoparentales y de aquí a pocos años tampoco nos sorprenderemos de que, por evidente ausencia de familia, incluso sean monoparentales los muertos. Cuando yo era joven, los chavales que se pasaban de copas empleaban los últimos vestigios de su lucidez para preguntar entre arcadas por sus madres. Es distinto ahora, así que cuando a un adolescente lo rebasa el alcohol, lo más parecido a su madre que se le viene a la cabeza es el teléfono de urgencias. En sus padres incluso piensan menos. Resulta doloroso pero es hasta cierto punto natural. A fin de cuentas, muchos de esos padres son hombres condenados por su divorcio a trabajar hasta la extenuación para pagar la pensión compensatoria, la asignación por alimentos y la fonda con ratas en la que una señora parecida a Mike Tyson les plancha las camisas salpicándolas con el agua encallada que supura la sopa al convertirse en musgo. Ocurre algo parecido con las mujeres divorciadas en condiciones adversas. Pensar en el espectáculo de semejante fractura emocional puede servir para darle alguna respuesta razonable a la pregunta de por qué beben tanto nuestros chicos. Yo no sé si esto tiene solución, pero tal vez valiese la pena hacer algo antes de que la última noticia sobre la salud de nuestros muchachos nos la dé el forense con el teléfono móvil del veterinario. Porque si no le ponemos remedio, lo más razonable sería que nuestros chicos trasladasen sus botellones al cementerio. Será doloroso, sin duda, pero, ¡que demonios!, el cinismo nos ayudará a superarlo. A fin de cuentas, la muerte de un chaval siempre será un buen pretexto para dar de baja en el banco la costosa domiciliación de aquel teléfono que en un momento de angustia al muchacho en realidad sólo le habría servido para pedir personalmente la ambulancia que trasladase sus restos al hospital que menos le encareciese a los suyos la identificación del cadáver. Como ahora todos los matrimonios trabajan para costearse a medias sus fracasos, en el peor de los casos, amigo mío, tendremos la inmensa suerte de que nuestros hijos se nos morirán a escote.

    J.L.Alvite

    July 09

    El crucero del Snark

    EL CRUCERO DEL SNARK

     

    Para mí mis deseos e ilusiones son lo más importante. Y lo que más me gusta es sentirme personalmente realizado -alcanzar, no los logros que provocan el aplauso general, sino los que me satisfacen íntimamente-. Es la sensación de «¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho con mis propias manos!». Mas, para mí, los logros personales han de ser algo concreto. Prefiero ganar una carrera en la piscina, o permanecer montado en un caballo empeñado en lanzarme por los aires, antes que escribir la gran novela americana. Cada uno tiene sus prioridades. Otros muchos preferirían escribir una gran novela antes que ganar una carrera en la piscina o conseguir domar un caballo.

    Probablemente el logro del que me siento más orgulloso, mi vivencia más intensa, ocurrió cuando tenía diecisiete años. Estaba a bordo de una goleta de tres palos frente a las costas de Japón. Yen medio de un tifón. Toda la tripulación había estado en cubierta durante la mayor parte de la noche. A las siete de la mañana me hicieron salir de la litera para que me hiciera cargo del timón. No llevábamos izado ni un palmo de trapo. Navegábamos a palo seco, pero seguíamos avanzando a buena velocidad. La distancia entre olas debía de ser de aproximadamente un octavo de milla, pero el viento batía con fuerza sus crestas llenando el aire con tales raciones que era imposible poder ver más de dos olas a la vez. La goleta era prácticamente ingobernable, escoraba constantemente a estribor y a babor, viraba y cabeceaba hacia cualquier rumbo entre el sudeste y el sudoeste, y crujía cuando las olas la levantaban bruscamente amenazando con volcarla. Si hubiese llegado a volcar se habría perdido irremediablemente junto con las vidas de todos los que íbamos a bordo.

    Me puse a la caña. El contramaestre me observó durante un rato. Dudaba de mí por mi juventud: creía que quizá no tuviese la fuerza ni los nervios necesarios; pero cuando me vio gobernar la goleta entre unas cuantas olas se dio por satisfecho y bajó a desayunar. De repente, todos estaban abajo desayunando. Si hubiésemos volcado, ninguno de ellos habría podido llegar jamás a cubierta. Durante cuarenta minutos estuve a solas con la rueda del timón, dominando la salvaje navegación de la goleta y con las vidas de veintidós hombres en mis manos. En una ocasión me entró una gran ola por popa. La vi venir a tiempo y, medio ahogado por las toneladas de agua que me caían encima, logré mantener el rumbo y enfilar correctamente la proa. Al cabo de una hora, empapado y extenuado, me relevaron. Pero ¡lo había conseguido! Con mis propias manos había conseguido dominar el timón y conducir cien toneladas de madera y acero a través del viento y de millones de toneladas de agua.

    Mi satisfacción radicaba en que yo lo había hecho, no en que veintidós hombres supiesen que yo lo había hecho. Un año más tarde, la mitad de aquellos hombres habían muerto, pero mi satisfacción por lo conseguido no se redujo a la mitad. No obstante, debo confesar que me gusta contar con una pequeña audiencia. Pero tiene que ser una audiencia muy limitada y compuesta únicamente por personas que me quieran y a las que yo quiera. Cuando consigo algún logro personal siento que de alguna manera justifico su amor hacia mí. Pero esto es algo que ya se aparta de la satisfacción del logro por sí mismo. Es una satisfacción personal, mía, y que no depende de testigos. Cuando consigo algo así, me emociono. Resplandezco. Me siento orgulloso de mí mismo, y este orgullo es mío y solamente mío. Es algo orgánico. Cada una de mis fibras se excita. Es algo muy natural. Es algo así como la satisfacción de adaptarse al entorno. Es el éxito.

    Una vida vivida es una vida con éxito, y el éxito es lo que nos permite respirar. Superar una dificultad importante significa adaptarse a un entorno muy exigente. Cuanto más nos cueste alcanzar la meta, mayor será la satisfacción que sentiremos al lograrlo. Esto es lo que le sucede al hombre que salta a la piscina desde el trampolín, efectúa una pirueta en el aire y entra de cabeza al agua. En el momento en que se separa del trampolín penetra en un entorno hostil, y si cae plano sobre el agua pagará muy caro su error. Naturalmente, nada le obligaba a correr ese riesgo. Podría haberse quedado plácidamente tendido sobre la arena gozando de la brisa veraniega, el sol y la comodidad. Sólo que no ha sido concebido para esto. En el momento en que efectuaba su pirueta en el aire vivía algo que jamás habría experimentado dormitando sobre la arena.

    Por lo que a mí respecta, preferiría ser ese hombre que se arriesga que uno de los que le observan desde el borde de la piscina. Por este motivo estoy construyendo el Snark. Estoy hecho así. Sencillamente, quiero hacerlo. La singladura de vuelta al mundo implica vivencias muy intensas. Quédate junto a mí durante un momento y fíjate. Aquí estoy, un pequeño animal llamado hombre; una pequeña cantidad de materia viva, sesenta y siete kilos de carne y sangre, nervios, tendones, huesos y cerebro: todo ello muy blando y delicado, fácil de estropear, falible y frágil. Si le doy un ligero bofetón a un caballo más tozudo de la cuenta, me rompo los huesos de la mano. Si sumerjo la cabeza en el agua durante más de cinco minutos, me ahogo. Si me caigo desde seis metros de altura, me descalabro. Soy un ser muy sensible a la temperatura. Unos pocos grados para abajo y mis dedos y orejas no tardarán en ponerse oscuros y acabarán cayéndose. Algunos grados para arriba, y mi piel se cubrirá de ampollas y llagas que me dejarán en carne viva. Unos grados más en cualquiera de los dos sentidos, y la luz y la vida se alejarán de mi cuerpo. Si una serpiente venenosa inyecta en mi cuerpo una gota de veneno, dejaré de moverme -dejaré de moverme para siempre-. Una brizna de plomo que salga de un rifle para penetrar en mi cabeza, y me veré envuelto en una oscuridad eterna.

    Falible y frágil, una porción de vida gelatinosa y pulsante, eso es lo que soy. A mi alrededor existen poderosas fuerzas naturales: colosales amenazas, titanes de la destrucción, monstruos carentes de toda sensibilidad que se preocuparán menos por mí de lo que yo me cuido de los granos de arena que crujen bajo mis pies. No les importaré lo más mínimo, no me conocen, carecen de conciencia, de piedad y de moral. Son los ciclones y tornados, rayos y nieblas, mareas y maremotos, corrientes y trombas de agua, vórtices y remolinos, terremotos y erupciones volcánicas, olas que atruenan al estrellarse contra los acantilados y mares capaces de triturar a los navíos más poderosos convirtiendo en papilla a sus tripulaciones o lanzándolas a las aguas hacia una muerte segura. Y todos estos monstruos no saben nada acerca de este pequeño ser, todo nervios y debilidad, y que se considera a sí mismo como totalmente normal pero quizás algo superior a los demás.

    Yo tendré que buscar mi camino entre la confusión y el caos producidos por los conflictos de estos potentes y sedientos titanes. Esa pequeña porción de materia viva que soy yo tendrá que triunfar sobre ellos. Esta pequeña porción de materia viva se considerará divina si logra domarlos y ponerlos a su servicio. Es bueno vencer una tempestad y considerarse divino. Estoy seguro de que cuando una porción finita de materia viva gelatinosa y pulsante se siente divina, experimenta una sensación infinitamente más gloriosa que la de un dios sintiéndose divino.

    Aquí está el mar, el viento y la ola. Aquí están los mares, los vientos y las olas de todo el mundo. Aquí está un entorno realmente feroz, y es muy difícil llegar a adaptarse a él; pero conseguirlo es algo que colmará mi pequeña vanidad.

    Me gusta. Yo estoy hecho así. Es mi forma personal de vanidad, eso es todo.

     

    JACK LONDON.

     

    June 19

    Peculiaridades del español

    Y ahora que, maese Arturo?.... que me dice a esto:

     

    Señores: Un servidor,
    cual la Academia Española,
    "Limpia, Fija y da Esplendor".

    Y no por ganas de hablar,
    pues les voy a demostrar
    que es preciso meter mano
    al idioma castellano,
    donde hay mucho que arreglar.

    ¿Me quieren decir por qué,
    en tamaño y en esencia,
    hay esa gran diferencia
    entre un buque y un buqué?

    ¿Por el acento? Pues yo,
    por esa insignificancia,
    no concibo la distancia
    de presidio a presidió,
    ni de tomas a Tomás
    ni de un topo al que topó.

    Mas... dejemos el acento
    que convierte, como ves,
    las ingles en un inglés,
    y pasemos a otro cuento.

    ¿A ustedes no les asombra
    que diciendo rico y rica,
    majo y maja, chico y chica,
    no digamos hombre y hombra?

    Por eso no encuentro mal
    si alguno me dice cuala,
    como decimos Pascuala,
    femenino de Pascual.

    ¿Por qué llamamos tortero
    al que elabora una torta
    y al sastre, que trajes corta,
    no le llamamos trajero?

    ¿Por qué las Josefas son
    por Pepitas conocidas,
    como si fuesen salidas
    de las tripas de un melón?

    ¿A vuestro oído no admira,
    lo mismo que yo lo admiro,
    que quien descerraja un tiro,
    dispara, pero no tira?

    Este verbo y otros mil
    en nuestro idioma son barro;
    tira, el que tira de un carro,
    no el que dispara un fusil.

    De largo, sacan largueza
    en lugar de larguedad
    y, de corto, cortedad
    en vez de sacar corteza.

    De igual manera me quejo
    de ver que un libro es un tomo;
    será tomo, si lo tomo,
    y si no lo tomo, un dejo.

    Si se le llama mirón
    al que está mirando mucho,
    cuando mucho ladre un chucho
    se le llamará ladrón.

    Porque la sílaba "on"
    indica aumento, y extraño
    que a un ramo de gran tamaño
    no se lo llame Ramón.

    Y por la misma razón,
    si los que estáis escuchando
    un gran rato estáis pasando,
    estáis pasando un ratón.

    Y sobra, para quedar
    convencido el más profano,
    que el idioma castellano
    tiene mucho que arreglar.

     

    ...gracias Raquel

     

    April 14

    La trucha y el trovador

    Esta vez su relato mi querido maese Manolo me transporto a aquellos
    felices días de mi infancia, que junto con mi tío Antonio (alias “el
    Manco”), pescaba mis primeras truchas en esos pequeños y mágicos ríos
    que describe.
    Haciéndome volver a esos viejos molinos de piedra cubiertos de hiedra y
    musgo. A esos paisajes de fantasía donde el grillo hablaba con la señora
    trucha y ella con el pescador.
    A conseguido vuesa merced doblegar mi corazón maese Manolo, haciéndome
    recordar aquel pequeño, de pelo negro encaracolado con el puente de la
    nariz lleno de pecas, atendiendo como si la vida se le fuera en ello,
    las explicaciones de su viejo y sabio tío... -No dejes que vea tu sombra
    Frediño-...-Coge la caña con suavidad, pero con firmeza hijo-... -Coloca
    el grillo de manera que pueda bailarle a la señora trucha.-
    Un niño que con la boca abierta de par en par, contemplaba atónito la
    habilidad de su tío. El cual con una sola mano y ayudado por su boca
    encebaba con suma delicadeza y precisión, colocando el grillo en el
    punto justo del lecho del rió...Hablándole a la señora trucha,
    animándola a que comiera mientras su celtas corto colgaba impertérrito
    de la comisura de sus labios.
    Gracias a vuesa merced volvieron a mí, esas imágenes ya olvidadas.
    Soy incapaz de resistirme a no colgar vuestro hermoso relato maese
    Manolo. Asi que ahí va, para deleite de todos los amigos de este blog...

    Capitán Tormentas

    LA TRUCHA Y EL TROVADOR

    -Hola soy una trucha. Os preguntareis que hace una trucha hablando, no
    tiene mucho sentido, pero es que mi vida no se ajusta a la realidad, por
    eso quiero que me deis la oportunidad de contárosla.
    Nací en un río pequeño, muy pequeño, no tiene más de dos kilómetros de
    recorrido desde que nace hasta que muere. Mi vida, es igual a la de
    otras truchas, con la única
    diferencia que yo llevo viva muchos años, y mi tamaño supera al de mis
    hermanas.
    De hecho soy famosa, se me considera una leyenda...los pescadores llevan
    años tratando de pescarme. Primero fue la suerte, luego mi experiencia
    para conocer cuando se trata de cebo humano o verdadero insecto. Con los
    años los artes de pesca de los hombres han evolucionado mucho, pero yo
    no me dejo ver, me quedo en mi casa, allí tengo comida y un lugar seguro
    de descanso.
    Mi casa es una poza situada debajo de un molino en ruinas, la maleza lo
    tapa totalmente, parece que el agua no llega a donde se encuentra, pero
    no es asi, el agua sigue llegando a través del antiguo canal de
    conducción. Por ahí accedo yo a ella...Un agujero oscuro en el que viven
    arañas de distintos tipos, cazando los múltiples insectos que llegan al
    agujero. A mi tampoco me falta comida, lo único duro fue acostumbrarse a
    la oscuridad y esquivar los hierros oxidados de las antiguas aspas del
    molino. En todos estos años he
    visto muchas cosas, en los días de invierno, en los que el río se
    desborda, aprovecho para salir y nadar en terrenos ocupados por humanos,
    allí observo mi río desde fuera. Otras veces nado río arriba hasta donde
    la corriente me lo pone difícil, y cuando ya no puedo mas, me dejo
    llevar por ella deslizándome río abajo, casi hasta la desembocadura.
    Allí me encuentro con un montón de familiares (robalizas, múgeles,
    sollas) que me cuentan las ultimas noticias de lo que ocurre por fuera,
    últimamente son malas noticias.
    Me acuerdo cuando venían los salmones río arriba, con ese aire
    cosmopolita, (un poco arrogantes, diría yo) y me hablaban de los mares y
    océanos, de las criaturas que lo habitaban y de los artilugios que el
    hombre había construido y yo los seguía río arriba mientras los
    escuchaba. Se reían de mi fatiga y mi dificultad para ascender por el
    río, pero luego agradecían mi ayuda en su camino de regreso al mar.
    Ahora hace años que no los veo y los echo de menos.
    Me gusta escuchar a los humanos hablar de mí. Los observo escondida
    mientras ellos en la orilla comentan a sus hijos o a uno de fuera
    que..."aunque no lo parezca en este río hay mucha pesca", o..."la ultima
    vez que la vi media un metro". Los humanos siempre son un poco
    fanfarrones y exagerados en sus comentarios. Solo hubo una vez uno que
    consiguió emocionarme (hubiese llorado si pudiera). Llevaba un
    instrumento en sus manos, se sentó en una roca cerca del molino -en
    aquel entonces todavía funcionaba- y se puso a cantar. Yo he oído muchas
    veces a los pájaros: desde el canto afónico del
    cuervo y la gaviota, al maravilloso y relajante canto del ruiseñor o del
    cuco. Pero jamás escuche una música como aquella, era una música llena
    de amor, melancolía, tristeza. ! Un humano desnudando su alma al río!,
    si el supiera cuantos le escuchamos es posible que no hubiese
    cantado...pero canto, y todavía recuerdo la música y la letra...decía
    asi:

    El agua corre por tu cauce
    salta y juega entre las rocas
    decirme si en vuestro camino
    habéis visto a mi amada
    En tu cauce se refleja mi rostro
    y en mi rostro el cauce de mis lagrimas
    ¿Rió has visto a mi amada?
    se que tu camino es el mar
    como mi camino, la muerte
    dime si as visto a mi amada
    Oigo el ruido del agua
    de los cantos rodados en tu lecho
    ellos. ¿No habrán visto a mi amada?
    los árboles se inclinan a tu paso
    en una bóveda de luces y sombras
    ¿Guardaran en secreto
    noticias de mi amada?
    ella es el agua, que me da de beber
    es el aire que respiro
    es la roca de mi amor eterno
    y ahora solo...solo sin ti, con el río.

    Canto durante horas y luego se durmió. La noche le hizo una cama de
    estrellas, los grillos, la lechuza y el río acunaron con una nana su
    dolor. Se despertó al alba, se desnudo, y se metió en el río. Sumergió
    la cabeza y se quedo escuchando...el tiempo se detuvo. Solo cuando el
    frió le hizo sentir dolor, salio del agua, parecía otro hombre.
    Lavo sus ropas, las dejo secar y fue hasta el molino a ver si le daban
    de comer.
    Marcho cruzando el puente, su silueta se fue alejando y haciéndose más
    pequeña hasta desaparecer en el horizonte.
    La historia del trovador la supimos gracias al molinero. Oímos como se
    la contaba a su mujer...había cantado y entretenido a toda la nobleza de
    la zona, y un dia...en la fiesta de cumpleaños del marques de Noia,
    nuestro trovador se enamoro perdidamente de su hija...y ella de el.
    El padre para alejarla del trovador la había mandado a Santiago, y ahora
    nuestro trovador arrastraba su pena por los caminos, y aunque lo
    siguieran contratando para animar, sus melodías y canciones eran tan
    tristes, que conseguía todo lo contrario...un río de llanto. Asi empezó
    su peregrinaje por todas las aldeas, alimentándose de la generosidad de
    los vecinos, que a pesar de la tristeza de sus canciones, les gustaba
    escucharlo pues hablaba de sentimientos nobles y sinceros.
    El trovador no tardo en conocer a otra chica que ocupo su corazón y sus
    canciones se volvieron alegres...viviendo felices durante su larga vida.
    Por mi parte, espero que si un dia visitáis mi río, pueda contaros otras
    historias que mi cabeza de trucha recuerde.

    Maese Manolo
    April 03

    El espiritu de Castro Barona

    Permítame la licencia mi querido e ilustrado amigo maese Manolo, al osar colgar este
    pequeño relato suyo en mi humilde Cuaderno de Bitácora. Pero es que creo injusto que
    solamente un pequeño y privilegiado grupo de amigos podamos deleitarnos con sus
    imaginativos y hermosos relatos.
    Asi que...A ver si de esta manera, le animamos entre todos a abrir su pequeño
    asentamiento celta en medio de esta galaxia cibernética, donde podamos refugiarnos
    de vez en cuando, a calentarnos en el ancestral fuego de su imaginación y
    palabra.......y de una puñetera vez! ¡Por las barbas de Breogan!...

    EL ESPIRITU DE CASTRO BAROÑA

    La ola viene y estalla contra las rocas, sementando de yodo y sal toda la
    vida del acantilado. Aire de yodo y sal, roca de espuma donde yo vivo. Aqui soy uno
    mas, soy alga verde, marrón, roja, lisa, rizada. Soy crustáceo, cangrejo, necora
    centolla. Soy percebe y lapa, pulpo y pescado. Mi pelo es rubio como la
    arena, mi cuerpo es duro como la roca, y mis ojos son azules como la mar.
    Vengo a pescar todas las mañanas. Cuando la ola viene permanezco inmóvil, pero
    atento cuando se va, la persigo acantilado abajo como cangrejo corriendo
    entre las rocas y llego a los limites de la mar. Mar que entonces se levanta
    encima mia como un muro gigante y yo debajo meto mi vara entre las
    grietas, las conozco todas (las pequeñas ricas en percebes, y las grandes
    ocultas bajo mantos de algas que esconden suculentos pulpos).
    Tengo cinco segundos eternos antes de que el mar se desploma detrás mia, y yo en
    tres
    saltos ponerme a salvo. Esta es mi vida desde hace mil cuatrocientos años.
    Volvía yo una mañana de pescar, cuando me encontré mi aldea asaltada por una
    tribu enemiga. Ya habían superado las tres líneas de muralla y ya se
    encontraban entre las casas, solo unos cuantos resistían en el flanco sur
    tratando de deshacerse de ellos para defender a nuestras mujeres e hijos...pero
    acorralados entre las dos murallas morían luchando. Mientras yo, soltando mi
    pesca...corría, corría. creedme que corría como alma que persiguiera el diablo
    o como si se me abalanzara la ola más grande del mundo.
    Llegue a mi casa abriéndome camino entre cadáveres de unos y otros. En ese momento
    la estaban quemando, y vi a mi mujer y a mis cuatro niños abrazados...pero sin vida.
    La ira no me dejaba respirar, conseguí acabar con una docena de ellos antes de que
    una lanza me alcanzara un hombro, perdí el equilibrio y me despeñe por el
    acantilado, mientras me juraba a mi mismo que nunca abandonaría mi aldea, y... asi
    lo hice...
    En espíritu...pero sigo aquí, en mi casa, que esta situada según subes por la
    escalera principal...la primera calle a la derecha llegando al final y alli a la
    izquierda. Allí la veras (o lo que queda de ella). En una aldea preciosa que asi
    como bajas del monte, ya la ves pegada al acantilado, formando una especie de
    montículo rodeado de agua por todas partes, menos por una estrecha franja de arena.
    Alli esta situada la primera muralla, pues para proteger el poblado hay dos murallas
    que lo rodean totalmente hasta el acantilado.
    Desde mi poblado hay unas vistas preciosas de la montaña y los campos que cultivamos
    en tiempos de paz. Ahora cuando alguien viene a visitar mi aldea y piensa como
    vivíamos. Yo me materializo en el pescador que siempre fui, y la gente se asombra y
    admira mis habilidades, murmurando entre ellos..."parece un celta"...parece, parece,
    por favor señores...¡Soy un celta! (o lo que sea)...el ultimo habitante de un lugar
    maravilloso y mágico
    January 07

    Cuadernos de Bitacora

     

    Artículo de Juan Cueto originalmente publicado en EL PAIS EPS, 26/12/2004

    La palabra más citada en el planeta durante 2004 también fue inglesa, pero esta vez tiene una espléndida traducción hispánica. Según los editores del Merriam-Webster, que por es-tas fechas proclama el término del año, esa palabra global fue blog, que es abreviatura de weblog (contraccíón entre web y log); esos ya célebres diarios más o menos personales y síem-pre charlatanes colgados en el ciberespacio y que se cuentan por millones. En 1999 solamente habia 50 blogs en la Red; aho-ra mismo hay entre 2,4 y 4,1 millones, y según Perseus Deve-lopement Corporation, una consultora que estudia las tendencias en Internet, se calcula que para 2005 serán por lo me-nos 10 millones de cuadernos de bitácora; que así, con esta be-lleza de castellanización y precisión, es como se llaman los blogs en nuestra lengua. Bitácoras, también para abreviar.

    En primer lugar, los cuadernos de bitácora son un espléndido término marinero, y en asuntos de la Red océana, como se sabe, el lenguaje de referencia procede de las viejas artes del cabotaje que tanto inspiran la prosa barroca de Rafael Sánchez Ferlosio, cuyo poderoso galeón sintáctico y mental siempre logra doblar airosamente el cabo de Hornos. Empezando por los internautas, que son una versión hipermoderna de aquellos argonautas griegos que a bordo del navío Argos fue-ron a Colcos a la conquista del vellocino de oro y continuando por las docenas de términos (desde navegar hasta surfear) pi-rateados al patrimonio de la mar por los tripulantes de la nave filibustera Internet. En segundo lugar, los blogs son esos dia-rios personales del piloto que se guardan donde se guarda la aguja de marear, en la bitácora (derivado de bitacle, del francés habitacle) y en los que quedan registrados el rumbo, velocidad de crucero, los oleajes, las maniobras y todos los avatares y pensamientos, tantas veces íntimos, de los pilotos internautas: la exacta definición que da nuestro Diccionario de "cuaderno de bitácora". Y en tercer lugar, en fin, dado que en el ciberespacio se navega con bits y no con átomos, nada más lógico y feliz que bitácora para redondear tecnológicamente la palabra del año.

    El problema, esta vez, no está en la lengua, sino en el patio. Llamamos con precisión y belleza insuperables a esos blogs que están cambiando velozmente los océanos de la co-municación, pero todavía los navegamos muy poco y con mucha timidez. El número de bitácoras españolas que surcan in-ternet es muy inferior al de la media de países que nos rodean. Se calcula, calculan los propios bitacoreros (www.bitaco-ras.net), que hay unos 20.000 cuadernos de bitácora en este país y que cada semana, a ritmo exponencial, se botan en aguas de Internet una docena de estos ciberdiarios que son el último grito en libertad de expresión entre los menores de 30 años. Pero es muy poco y por ahora es un fenómeno marginal en este país porque las bitácoras no sólo han supuesto el fenó-meno verbal del año, sino que han bifurcado espontáneamen-te el rumbo de la información y de la comunicación del globo. A los poderes, especialmente al quinto, les ha salido este sex-to elemento respondón y libertario, poder entre líquido y ga-seoso, que hizo sus primeras armas en la guerra de Irak. Si la primera guerra del Golfo fue el primado de la CNN, durante la segunda, con los corresponsales empotrados en los tanques invasores, los blogs incontrolables de los periodistas inde-pendientes y de no pocos marines, que en las anochecidas de Mesopotamia cambiaban las máquinas del Pentágono por la máquina Internet, fueron los encargados de darle la vuelta a las conferencias de prensa en los estudios de Qatar. Bastaba darse una vuelta por las bitácoras que estaban varadas entre el Tigris y el Éufrates para saber lo que realmente estaba ocu-rriendo en el desierto y sin la censura de Rumsfeld, que había prometido mentir en su primera intervención.

    La penúltima noticia del novedoso po-der global de los blogs también tuvo como víctima a una de las estrellas de la televi-sión norteamericana. Dan Rather, el céle-bre presentador de la CBS, se vío obligado a dimitir por haber dicho en su telediario una mentira sobre la mili del mentiroso Bush, y esta vez no funcionó la paradoja del mentiroso. Esa misma noche, los blogs se pusieron a investigar y demostraron en bits tangibles, valga la contradicción, que esta vez Dan Rather no había dicho la ver-dad o sencillamente que no había contras-tado la noticia. La opinión pública norte-americana, la más impermeable a todo aquello que se sitúe en las márgenes de los cinco poderes, aca-bó obligando a dimitir a la estrella de la CBS por culpa de las informaciones incontroladas de los bitacoreros y del ciber-ground, que así se llama también al ruido nocturno de las re-des subterráneas o de las corrientes subacuáticas de Internet.

    No todos los días puede uno asistir al nacimiento de un nuevo poder, digamos el sexto, y está cantado que esta nueva marinería respondona, corsaria, grafómana y pantallera (esos screen-agers menores de 30) acabará imponiendo sus libertarios abordajes a la sociedad de la información; em-pezando por el abordaje al poder los opinionistas y colum-nistas de cabecera, aquí y en Pekín.

    El problema de los blogs de este país, al margen de su escasa implantación, es el siguiente. Llevo observándolas de cer-ca varias semanas convencido de que son el futuro de esto y llego a la conclusión desmoralizante de que la mayor parte de nuestras bitácoras, con excepciones que apenas superan la media docena, son redundantes. Son una reproducción literal por otros medios del mismo bipartidismo político, mental, me-diático, cultural y religioso que arrasa en la opinión pública española. Son cruceros de la doxa, casi nunca singladuras de la paradoja. Pocas veces doblan airosamente el cabo de Hornos de nuestro pelmazo maniqueísmo oficial y politiquero.

    December 21

    El polvete ucraniano

    EL POLVETE UCRANIANO

     

    Hace muchos años que no entraba en un puticlub.

    En mis tiempos de reportero dicharachero de barrio Sésa­mo, esos antros eran lugares idóneos para que la tribu montase cuar­tel general de lo que fuera, sitio donde recalar tras una jornada dura, abrevade­ros donde podías tomar una copa a palo seco, mirando las botellas de los estan­tes, o en compañía de quien no exigía conversación inteligente, o ni siquiera exigía conversación.

    Por supuesto, los puticlubs de entonces -como los de ahora- eran lugares suciamente machis­tas, y tal. Pero diré, en descargo mío y de mis colegas de antaño, que tampoco los reporteros de mi generación éramos espejo de virtudes, pues teníamos asun­tos más urgentes de que ocuparnos. Mandar una crónica, por ejemplo. Una exclusiva del copón titulando en primera. Ahora es distinto, claro. Los reporteros van a las guerras y a las paces -dicen­ por razones exclusivamente humanita­rias, en plan Paulo Coelho. Y cuando entran en un puticlub lo hacen siempre con espíritu redentor y de denuncia, dis­puestos a obtener un testimonio que ter­mine, ya mismo, con todas las guerras y con todos los puticlubs y con todos los males del mundo. Cuando menos. Por eso me fui hace doce años. Yo sólo era un hijo de puta profesional. A ver si me entienden. Un testigo con una cámara.

    El otro día, como digo, entré en un puticlub del sur -en realidad anduve por media docena larga- después de muchí­simo tiempo, con un productor de cine gringo que sigue los pasos de Teresa Mendoza, vieja amiga que algunos de ustedes recordarán de cuando ella cruza­ba el Estrecho con el pájaro de Vigilancia Aduanera pegado a la chepa.

    Y confieso que el ambiente me pilló desentrenado. En vez de señoras con vestido largo, luz roja y camareros canallas -lo que recordaba de toda la vida- encontré un disco­bar iluminado a tope, música chunda­chunda y doscientas jóvenes más o menos rubias de escueta vestimenta y visibles encantos. Espectaculares, dicho sea de paso. Y estando en ésas, aún de pie junto a la entrada, se acercó una jovenzuela de tetas libérrimas que, con un descaro y una naturalidad escalofriantes, me soltó, con fuerte acento eslavo: «¿Qué, tío, echamos un polvete?». Lo juro. Ni buenas noches, dijo la pava. Ni hola qué tal, ni me llamo Ana Karenina, ni invítame a una copa, ni pepinillos en vinagre. Niet de niet.

    Así, recién cruzada la puerta. Tío. Un polvete. Ni siquiera un polvo, o un polvazo, o un revolcón anto­lógico que te vas a caer de la cama, chaval. Y encima, sin tratamiento adicional: simpático, caballero, guapo, por ejemplo. Calculen la diferencia entre «¿Qué, tío, echamos un polvete?» y, por ejemplo, «Hola, guapo, ¿crees que este cuerpazo merece que lo invites a una copa?». Por­que eso es fundamental. Cualquier paquidermo, cualquier tiñalpa, cualquier cuasimodo, entran en un puticlub sobre todo para que alguien les diga guapo, aunque sea con pago de su importe.

    Así que háganse cargo. Yo allí, con cin­cuenta y cuatro años y la mili que llevo a cuestas, y enfrente, Nietochka Nezvano­va y su polvete. Hay que ser natural y directa, supongo que le habría explicado su macarra, o su explotador, o su trafi­cante de blancas. Quien fuera. Que los españoles son así. Y entonces me entró una melancolía muy grande, la verdad. En esta ocasión -me van a disculpar las buenas conciencias- no fue por las connotaciones dramáticas del asunto, que también, ni por la triste realidad de las chicas explotadas, etcétera, aspectos todos muy dignos de consideración y de remedio, pero que hoy no son objeto de esta página. La cosa fue por la certeza de que, incluso si yo hubiera entrado en el local con intención de echar algo, lo que fuese, a alguna de las atractivas indi­viduas que deambulaban por el cazadero, cualquier posible encanto del evento, cualquier espíritu jacarandoso por mi parte, cualquier lujuria manifiesta o pre­disposición al intercambio carnal merce­nario, se habría visto enfriada en el acto por la torpe apertura de la moza.

     Por su qué, tío, y su polvete a quemarropa. Pero es que seguramente, deduje, esto es lo que ahora funciona. Lo que demanda el mercado. La distinguida clientela de los puticlubs ya no exige señoras lumis como las antes: esas que sabían escuchar durante horas en la penumbra de una barra americana, pacientes y profesionales, y al final, comprensivas, decían «muy guapos» cuando sacabas la foto de tu mujer y tus cinco hijos. Entonces todavía eran más eficaces, y necesarias, las putas que los psiquiatras.

     

    Arturo Perez Reverte

    El viejo Capitan

    El viejo capitán

    Mi tío fue el primer héroe de mi infancia. Cuando su barco tocaba en Cartagena, mis padres me llevaban al puerto, y junto a los tinglados del muelle contemplaba yo extasiado la maniobra de amarre, las gruesas estachas encapilladas en los norays, los marineros moviéndose por la cubierta y el último humo saliendo por la chimenea.

    A veces lo veía en la proa, como primer oficial, y más tarde, ya capitán, asomado al alerón del puen­te, arriba, inclinándose para comprobar la distancia con el muelle mientras daba las órdenes adecuadas. Después, inmovilizado el barco, yo subía corrien­do por la escala, ansioso por pisar la cubierta vibrante por las máquinas, tocar la madera, el bronce y los mam­paros de hierro, sentir el olor y el run­rún peculiares del barco y llegar al puente, junto a la rueda del timón y la bitácora, donde estaba mi tío, que inte­rrumpía un momento su trabajo para , levantarme en brazos mientras yo admiraba las palas negras y doradas en las hombreras de su camisa blanca. Porque entonces los marinos mercantes llevaban gorra de visera con dos anclas cruzadas, palas en la camisa de verano y galones dorados en las bocamangas de hermosas chaquetas azules. En aquel tiempo, los marinos mercantes aún parecían marinos.

    He dicho que lo idolatraba. Al día siguiente de su atraque, muy tempra­no, iba a su casa y me metía en la cama entre él y mi tía; para que me contara aventuras del mar. Nunca me defrau­daba. Mientras mi pobre tía, resignada, se levantaba a preparamos el desayuno, yo conténia la respiración y con los ojos muy abiertos escuchaba como el capitán había naufragado cuatro veces en aquel viaje, y de qué manera heroi­ca, rodeado tiburones hambrientos, se enfrentó a ellos con un cuchillo, pensando todo el tiempo en su sobrino favorito.

    Otras veces me contaba cómo. los crueles piratas malayos habían intentado abordar su barco en el estre­cho de Malaca, el temporal que capeó doblando Hornos o cuando tocó un iceberg estando al mando del Titanic, sin botes para todos los pasajeros. Y yo lo abrazaba, emocionado, y se me esca­paban las lágrimas, sobre todo con el episodio de los tiburones, cuando me contaba como, uno tras otro, habían ido desapareciendo todos sus compañeros menos el.

    Luego crecí, y el envejeció, y tuvo hijos que a su vez le esperaron en los puertos. En ocasiones mi vida profesional llego a juntarse con la suya y navegamos juntos, como cuando coincidimos en la evacuación del Sahara en el año 75, mandando el ultimo barco español ya le había ocurrido en Guinea, era experto en últimos viajes- que salió de Villa Cisneros. Y al fin, un día, después de cuarenta años navegando, se jubilo y quedo varado en tierra; junto al mar pero tan lejos de el como si estuviese a quinientas millas de distancia.

    Y a pesar de lo que siempre creyó, con una mujer maravillosa y unos hijos adorables, no fue feliz en tierra. Iba a verlo -ahora era yo quien contaba aventuras entre tiburones- y allí, en su salita llena de libros y recuerdos acumulados como restos de un naufragio, fumábamos y bebíamos, recordando. Sólo se le iluminaban los ojos de verdad cuando recordaba, y yo procuraba animarlo a eso. Luego pasaba horas apoyado en la ventana, en silen­cio, mirando caer la lluvia, y yo sabía que añoraba otros cielos y mares azu­les. Pero el mar de verdad ya no le interesaba. Había llegado a odiarlo por hacer de él un apátrida, un fantasma varado en la tierra desconocida y hos­til. Sus hijos tampoco lograron traspa­sar la barrera. El mayor compró un barquito que él apenas pisaba. Se vol­vió huraño, hipocondríaco. Cuando tuve mi primer velero, lo llevé conmi­go mar adentro, esperando reconocer por un instante al ídolo de mi infancia. Paso todo el día sentado, mirando el horizonte en silencio, dos dedos sobre el pulso de su mano derecha. Nunca volvimos a navegar juntos. Nunca volví a hablarle del mar.

    Murió hace un par de años. Esta mañana he estado mirando un viejo cenicero de cristal de la Trasmedite­rránea en forma de salvavidas que siempre admiré desde niño, y que poco antes de morir hizo que me entregaran. Fue al mar, y nunca volvió. Era un buen marino. Y, como ocurre con los mejores barcos, se deshizo al quedar varado en la costa. Pero jamás lo olvidaré cuchillo en mano, nadando entre tiburones.

    Arturo Perez Reverte

    Un pirata de verdad

    UN PIRATA DE VERDAD
     

    De románticos tenían lo justo. O sea, nada. Desprovistos de la aureola artificial de la novela decimonónica y de la imbecilidad anglosajona de las películas de Hollywood, los piratas de antaño se quedan en lo que eran: saquea­dores y asesinos. A menudo suele con­fundírseles con los corsarios, pero ésos, al menos sobre el papel, tocaban otro registro -precisamente Alberto Fortes publicó hace poco, en gallego, O Corsa­rio: una biografía del pontevedrés Juan Gago.

    Los corsarios eran particulares que, sujetos a reglas internacionales, saqueaban por cuenta de un rey a los enemigos de éste. Un pirata era un pira­ta, y punto; sin diferencia con los que hoy asaltan barcos, roban y matan en las costas caribeñas, el mar Rojo o los estre­chos de Asia. Resumiendo: una panda de hijos de puta. Pensaba en eso el otro día, cuando revisando papeles di con la car­peta que guardo sobre Benito Soto, uno de los últimos piratas españoles, y uno de los pocos nuestros que se hicieron famosos bajo la bandera negra. Un pájaro de cuenta cuya dramática historia termi­nó en tanguillos de Cádiz.

    Les cuento. El barco era un corsario brasileño dedicado a la trata de negros: un bergantín de siete cañones llamado El defensor de Pedro, cuya tripulación se amotinó en 1823, dejando al capitán en tierra africana y pasando a cuchillo a los tripulantes que no estaban por la labor. Su segundo contramaestre, un ponteve­drés de veinte años llamado Benito Soto Aboal -desertor de la matrícula de mar española a los dieciocho-, fue elegido comandante. Al bergantín se le cambió el nombre por el de Burla negra, y en poco tiempo consiguió una siniestra reputa­ción, estrenándose en su nuevo oficio cerca de Ascensión con el saqueo de la fragata mercante inglesa Morning Star, y luego con el de la estadounidense Topaz, de la que asesinaron, por la cara, a 24 de sus 25 tripulantes y pasajeros. Más tarde, entre las Azores y Cabo Verde, le llegó el turno al brickbarca inglés Sumbury. En este punto, ya en posesión de un botín razonable, Soto decidió navegar hasta Galicia para vender el fruto de la campa­ña. De camino no dejó pasar la oportuni­dad de darle lo suyo al portugués Melin­da, al Cessnok -a ése no le tengo con­trolada la bandera- y al inglés New Prospect, saqueos que se completaron, para rematar la cosa, con el asesinato de algunos miembros de la tripulación pro­pia, de los que Soto no se fiaba un pelo y a los que temía dejar en tierra con la len­gua demasiado suelta.

    En La Coruña, donde los piratas pre­sentaron papeles falsos con uno de los tripulantes haciéndose pasar por el ver­dadero capitán del barco, vendieron la carga y luego decidieron irse al sur de España o a la costa de Berbería para vivir de las rentas. Pero el mar gasta bromas pesadas: una noche oscura con­fundieron el faro de la isla de León con el de Tarifa, y terminaron embarrancan­do en una playa gaditana, muy cerca de

    donde hoy está, como ya estaba enton­ces, el Ventorillo del Chato. Aunque al principio las autoridades de Marina, sobornadas por los piratas, hicieron la vista gorda, un antiguo pasajero del Morning Star los reconoció -también es mala suerte que el fulano estuviera en Cádiz- y puso el grito en el cielo. Total: diez de ellos terminaron ahorca­dos y hechos cuartos por la justicia gaditana, y el capitán Soto, que había huido a Gibraltar, fue detenido, juzgado y ejecutado en la colonia, culpable de 75 asesinatos y del saqueo de diez barcos. Como buen gallego, Soto se dejó ahor­car sin aspavientos, mostrándose, cuen­tan, arrepentido, resignado y también algo chulo. Que me quiten lo bailado, debió de decir. O algo así.

    Pero la historia del Defensor de Pedro aún trajo cola. Setenta y cuatro años después, en 1904, los trabajadores de una almadraba descubrieron, en el lugar donde había acabado su aventura el pirata, gran cantidad de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII. La gente se volvió loca, echándose todo Cádiz a la playa -incluidos viejos, niños y suegras- con palas y cribas, hallándo­se al menos millar y medio de piezas. Así se hicieron famosos «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», que en los carnavales del año siguiente inmortalizaría un perso­naje local, el Tío de la Tiza, con su peña Los Anticuarios. Y colorín colorado: ésta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacio­nales, empezó como truculento pirata y acabó -aquí todo termina igual- en chirigota gaditana.

    Arturo Perez Reverte

    Noveccento

    NOVECENTO (La leyenda del pianista en el océano)

    ALESSANDRO BARICCO

    Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza... y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir... Éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros... y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero.., en verla. A lo mejor estaba allí comiendo, o paseando simplemente en el puente..., a lo mejor estaba allí colocándose bien los pantalones..., levantaba la cabeza un instante, echaba un vistazo al mar... y la veía. Entonces se quedaba como clavado en el lugar en que se encontraba, el corazón le estallaba en mil pedazos, y siempre, todas las malditas veces, lo juro, siempre, se volvía hacia nosotros, hacia el barco, hacia todos, y gritaba (suave y lentamente): América. Después permanecía allí, inmóvil, como si tuviera que salir en una fotografía, con cara de haber hecho a América él mismo. Por las tardes, después de trabajar, y los domingos, se había hecho ayudar por su cuñado, un albañil, buena persona..., al principio tenía pensado algo con aglomerado, pero luego... le fue cogiendo el tranquillo y se hizo las Américas...
    El primero en ver América. En cada barco hay uno. Y no hay que pensar que son cosas que ocurren por casualidad, no..., y ni tan siquiera es cuestión de dioptrías: es el destino. Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar; para deslizarse por los nervios y la sangre y yo qué sé, hasta el cerebro y desde allí a la lengua, hasta dentro de aquel grito
    (gritando), AMÉRICA, ya estaba allí, en aquellos ojos, desde niño, toda entera, América. Allí, esperando.

    Esto me lo enseñó Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, el pianista más grande que ha tocado en el océano. En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán.
    Yo he visto muchas Américas... Seis años en aquel barco, cinco, seis viajes al año, de Europa a América, y de vuelta, siempre en remojo en el océano, cuando bajabas a tierra ni siquiera te veías capaz de mear derecho en el váter. Él estaba quieto, pero tú, tú seguías balanceándote. Porque es posible bajarse de un barco, pero del océano... Cuando subí, tenía diecisiete años. Y sólo había tina cosa que me importara en la vida: tocar la trompeta. Así que cuando me enteré de la historia esa de que estaban buscando gente para el barco a vapor el
    Virginian, que estaba en el puerto, me puse en la cola. La trompeta y yo. Enero de 1927. Ya tenemos músicos, dijo el tipo de la Compañía. Lo sé, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover ni un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó:
    «Qué era eso?»
    «No lo sé.»

    Se le iluminaron los ojos. «Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.»
    después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.
    «Van corno locos por esa música ahí arriba.»
    Ahí arriba quería decir en el barco.
    Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.
    Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque e] océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos
    ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
    Con la que Dios bailaría si fuera negro.
    (El actor sale del escenario. Empieza una muisica dixie, muy alegre y básicamente idiota. El actor reaparece en escena, elegantemente vestido de jazzman de navío. A partir de este momento se comporta como si la banda estuviera, físicamente, sobre el escenario)
    Ladies and Gentlemen, meine Danien und Herren,
    señoras y señores,.. Mesdames et Messieurs, bienvenidos a este barco, a esta ciudad flotante que se parece en todo y por todo al Titanic, calma, permanezcan sentados, el señor del fondo se ha tocado, lo he visto perfectamente, bienvenidos al océano, por cierto, qué hacen ustedes aquí, me apuesto lo que sea a que tenían a sus acreedores pisándoles los talones, llegan con unos treinta años de retraso a la fiebre del oro, querían ver el barco y luego no se han dado cuenta de que había partido, han salido un momento para comprar cigarrillos, en este mismo instante su esposa está con la policía, diciendo que era un buen hombre, normalísimo, ni una pelea en treinta años... En fin, ¿qué demonios están haciendo aquí, a trescientas millas de cualquier jodidísimo mundo y a dos minutos del próximo ataque de vómito? Pardon madame, bromeaba, fíese usted, en este barco se va como una bola sobre el billar del océano, tac, sólo faltan seis días, dos horas y cuarenta y siete minutos y cloc, a la tronera, ¡Nueva Yoooooork!
    (La banda en primer plano)
    No creo que haga falta explicarles cómo es este barco, en muchos sentidos un barco extraordinario y, en definitiva, único. Al mando del capitán Smith, conocido claustrofóbico y hombre de gran sabiduría (seguramente habrán notado que vive en una lancha de salvamento), trabaja para todos ustedes un equipo prácticamente único de profesionales absolutamente fuera de lo común: Paul Siezinskj, timonel, ex sacerdote polaco, médium, sanador, ciego, por desgracia... Bill Joung, telegrafista, gran jugador de ajedrez, zurdo, tartamudo..., el médico de a bordo, el doc. Klausermanspitzwegensdorfentag, como les urja llamarlo lo tienen claro..., pero sobre todo:
    Monsieur Pardin, el chef, directamente procedente de París, adonde, por otro lado, regresó de inmediato tras comprobar en persona la curiosa circunstancia de que este barco carece de cocinas, como ha podido notar sutilmente, entre otros, Monsieur Camembert, del camarote doce, que hoy se ha quejado al encontrar su lavabo lleno de mayonesa, cosa rara, porque normalmente en los lavabos metemos los embutidos, todo esto debido a la ausencia de cocinas, hecho que hay que atribuir, por otro lado, a la ausencia en esta nave de un auténtico cocinero, como lo era sin duda Monsieur Pardin, quien regresó a París, de donde procedía directamente, con La ilusión de encontrar a bordo cocinas que, la verdad sea dicha y siendo fieles a los hechos, aquí no tenemos, y todo esto gracias al simpático olvido del diseñador de este barco, el insigne ingeniero Camilleri, anoréxico de fama mundial, a quien ruego le dediquen su más caluroso aplausooooooo...
    (Banda en primer plano)
    Créanme, no encontraran ustedes barcos como éste en ningún sitio: a lo mejor; si buscan durante años, encontrarán a un capitán claustrofóbico, un timonel ciego, un telegrafista tartamudo, un doctor de nombre impronunciable, todos juntos en una misma nave, sin cocinas. Podría ser. Pero lo que nunca más volverá a ocurrirles, de eso pueden estar seguros, es que se encuentren sentados con el culo sobre diez centímetros de butaca y centenares de metros de agua, en el corazón del océano, teniendo ante los ojos el milagro, en las orejas la maravilla, y en los pies el ritmo y en el corazón el sonido de la única, inimitable, infinita, ¡ATLANTIC JAZZ BAAAAND!!!!!
    (Banda en primer plano. El actor presenta a los músicos uno a uno. A cada nombre le sigue un breve solo)

    Al clarinete, ¡Sam «Sleepy» Washington!
    Al banjo, ¡Oscar Delaguerra!
    A la trompeta, ¡Tim Tooney!
    Trombón, ¡Jim Jim «Breath» Gallup!
    A la guitarra, ¡Samuel Hockins!
    Y, finalmente, al piano..., Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. El más grande.
    (La música se interrumpe bruscamente. El actor abandona el tono de presentador, y, hablando, se quita el uniforme de músico)
    Lo era de verdad: el más grande. Nosotros tocábamos música, él era algo distinto. Él tocaba... Aquello no existía antes de que él lo tocara, ¿de acuerdo?, no estaba en ningún sitio. Y cuando él se levantaba del piano, ya no estaba... y ya no estaba para siempre... Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. La última vez que lo vi estaba sentado sobre una bomba. En serio. Estaba sentado sobre una carga de dinamita así de grande. Es una larga historia... Él decía:
    «No estás jodido verdaderamente mientras tengas una buena historia a cuestas y alguien a quien contársela.» El sí que tenía una buena historia... Él
    era su buena historia. Delirante, a decir verdad, pero hermosa... Y aquel día, sentado sobre toda aquella dinamita, me la regaló. Porque yo fui su mejor amigo... Y he hecho tonterías, y si me ponen boca abajo nada saldrá de mis bolsillos, hasta la trompeta vendí, todo, pero... aquella historia no..., ésa no la he perdido, todavía está aquí, tan límpida e inexplicable como tan sólo lo era la música cuando, en mitad del océano, la tocaba el piano mágico de Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento.
    (El actor se va entre bastidores. Se escucha la banda hasta que finaliza. Cuando se apaga el ultimo acorde, el actor reaparece en el escenario)
    Quien lo encontró fue un marinero que se llamaba Danny Boodmann. Se lo encontró una mañana, cuando ya todos habían bajado, en Boston, lo encontró en una caja de cartón. Tendría unos diez días, no más. Ni siquiera lloraba, estaba en silencio en aquella caja con los ojos abiertos. Lo habían dejado en el salón de baile de primera clase. Encima del piano. Pero no tenía aspecto de ser un recién nacido de primera clase. Esas cosas solían hacerlas los emigrantes. Parir a escondidas, en algún lugar del puente, y después abandonar allí a los niños. No lo hacían por maldad. Aquello era miseria, pura miseria. Algo parecido a lo que ocurría con la ropa..., subían con parches hasta en el trasero, todos con su traje, el único que tenían, gastado por todas partes. Pero después, como América es América, al final los veías bajar, a todos bien vestidos, incluso los hombres con corbata y los niños con unas camisetas blancas..., en fin, se las arreglaban estupendamente, en aquellos veinte días de navegación cosían y cortaban, al final no encontrabas ni una sola cortina en el barco, ni una sábana, nada: se habían hecho el traje bueno para América. Toda la familia. Qué ibas a decirles...
    En fin, que de vez en cuando tocaba también un niño, que para un emigrante es una boca más que alimentar y un montón de problemas en la oficina de inmigración. Los dejaban en el barco. En cierto sentido, a cambio de las cortinas y de las sábanas. Con aquel niño tenía que haber pasado lo mismo. Debieron de decirse: si lo dejamos sobre el piano de cola, en el salón de baile de primera clase, a lo mejor se lo lleva consigo algún ricachón, y será feliz toda su vida. Era un buen plan. Funcionó a medias. No se hizo rico, pero sí pianista. El mejor, lo juro, el mejor.
    En fin. El viejo Boodmann se lo encontró allí, buscó algo que le dijera quién era, pero sólo encontró una nota, en el cartón de la caja, escrita con tinta azul: T. D. Limoni. Había también una especie de dibujo, de un limón. También en tinta azul. Danny era un negro de Filadelfia, un hombretón maravilloso. Cogió al niño en brazos y le dijo: «Hello Lemon!» Y en su interior algo estalló, algo así como la sensación de que había sido padre. Durante toda su vida mantuvo que lo de T. D. significaba Thanks Danny. Gracias, Danny. Era absurdo, pero él se lo creía de verdad. Habían dejado allí aquel niño para él. Estaba convencido de ello... T. D., Thanks Danny. Un día le llevaron un periódico, había un anuncio de un hombre con cara de idiota y un bigote fino, fino, fino, de latín lover, y había dibujado un limón así de grande, y al lado estaba escrito: Tano Damato, el rey de los limones, Tano Damato, limones de rey, y algo parecido a un certificado, o un premio, o qué sé yo...

    Tano Damato... El viejo Boodmann ni se inmutó. «Quién es este maricón?», preguntó. Y pidió que le dieran el periódico porque junto al anuncio estaban los resultados de las carreras. No es que apostara en las carreras: le gustaban los nombres de los caballos, eso es todo, tenía una verdadera pasión, siempre te decía: «mira éste, este de aquí, corrió ayer en Cleveland, mira, le han puesto Liante, ¿tú crees?, ¿será posible?, ¿y éste? Mira, Antes mejor, ¿no es para partirse?», en fin, que le gustaban los nombres de los caballos, tenía esa pasión. Le importaba un carajo quién ganara la carrera. Eran los nombres lo que le gustaba.
    A aquel niño empezó a ponerle el suyo, nombre: Danny Boodmann. Fue el único acto de vanidad que se permitió en toda su vida. Después añadió T. D. Lemon, como ponía en la nota que había en la caja de cartón, porque decía que quedaba fino eso de poner letras en mitad del nombre: <<todos los abogados las tiene>>, confirmó Burty Bum, un maquinista que había ido a parar a la cárcel gracias a un abogado que se llamaba John P. T. K. Wonder «Si se hace abogado, lo mato», sentenció el viejo Boodmann, aunque luego dejara las dos iniciales en el nombre, por lo que al final quedó Danny Boodmann T. D. Lemon. Era un bonito nombre. Lo analizaron un rato, repitiéndolo en voz baja, el viejo Danny y los otros, en la sala de máquinas, con las máquinas paradas, en el muelle del puerto de Boston. «Bonito nombre», dijo al final el viejo Boodmann, «pero le falta algo. Le falta un gran final.» «Añadamos martes», dijo Sam Stull, que trabajaba de camarero. «Lo has encontrado un martes, pues llámalo martes.» Danny se lo pensó un poco. Luego sonrió. «Es buena idea, Sam. Lo he encontrado el primer año de este nuevo, jodidísimo siglo, ¿no?: lo llamaré Novecento.» «Novecento?» «Novecento.» «Pero ¡si eso es un número!» «Era un número: ahora es un nombre.» Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. Es perfecto. Es hermosísimo. Un gran nombre, sí señor, un gran nombre de verdad. Llegará lejos con un nombre como ése. Se asomaron a la caja de cartón. Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento los miró y sonrió: se quedaron de piedra: nadie se esperaba que de un niño tan pequeño pudiera salir tanta mierda.
    Danny Boodmann siguió siendo marinero todavía otros ocho años, dos meses y once días más. Después, durante una tormenta, en pleno océano, recibió el golpe de una polea enloquecida en mitad de la espalda. Tardó tres días en morir. Estaba destrozado por dentro, no había manera de recomponerlo. Novecento era un niño, en aquel entonces. Se sentó junto a la cama de Danny y no se movió de allí. Tenía una montaña de periódicos viejos y durante tres días, con un enorme esfuerzo, le leyó al pobre Danny, que estaba estirando la pata, todos los resultados de las carreras que encontró. Juntaba las letras, como Danny le había enseñado, con el dedo sobre el papel del periódico y los ojos que no c apartaban ni un instante. Leía lentamente, pero leía. Y así el viejo Danny murió en la sexta carrera de Chicago, en que ganó Agua potable con dos cuerpos de ventaja sobre Sopa de verduras y cinco sobre Maquillaje azul. El hecho es que, con aquellos nombres, no pudo no reírse y, riéndose, la palmó. Lo envolvieron en una lona y lo devolvieron al océano. En la lona, con pintura roja, el capitán escribió: Thanks Danny.
    Y así, de repente, Novecento se quedó huérfano por segunda vez. Tenía ocho años y ya había hecho el trayecto entre Europa y América, ida y vuelta, unas cincuenta veces. El océano era su casa. En cuanto a la tierra, bueno, nunca la había pisado. Claro que la había visto desde los puertos. Pero bajado, nunca. El hecho es que Danny tenía miedo de que se lo llevaran con alguna de esas historias de documentos y visados y otras zarandajas. Por eso Novecento permanecía a bordo siempre, y después, en un determinado momento, volvían a partir. Para ser precisos, Novecento ni siquiera existía para el mundo: no había ciudad, iglesia, hospital, cárcel, equipo de béisbol que hubiera inscrito su nombre en algún sitio. No tenía patria, no tenía fecha de nacimiento no tenía familia. Tenía ocho años: pero oficialmente no había nacido.

    <<Esto no puede seguir así por mucho tiempo>>, le decían de vez en cuando a Danny. «Entre otras cosas, va contra la ley>> Pero Danny tenía una respuesta irrefutable:<<A la mierda la ley>>, decía. Con aquel punto de partida, no había mucho que discutir.
    Cuando llegaron a Southampton, al final del viaje en que Danny murió, el capitán decidió que había llegado la hora de acabar con aquella historia. Llamó a las autoridades portuarias y le dijo al segundo de a bordo que fuera a buscar a Novecento. Pues bien, no lo encontró. Lo buscaron por todo el barco durante dos días. Nada. Había desaparecido. A todo el mundo le sentó fatal aquella historia, porque, en fin, allí, en el Virginian, se habían acostumbrado a aquel crío, y nadie se atrevía a decirlo, pero... no era nada difícil saltar por la borda y... luego el mar hace de las suyas y... Así que tenían el corazón en un puño cuando veintidós días después partieron con rumbo a Río de Janeiro sin que Novecento hubiera regresado, o sin que hubieran tenido noticias suyas... Serpentinas y sirenas y fuegos artificiales al partir, como siempre, pero aquella vez era distinto, estaban a punto de perder a Novecento, y era para siempre, algo les desgarraba la sonrisa a todos, y les roía el corazón.
    La segunda noche de viaje, en la que ya no se veían ni siquiera las luces de la costa irlandesa, Barry, el contramaestre, entró como un loco en el camarote del comandante, despertándolo y diciéndole que tenía que acompañarlo sin dilación. El comandante blasfemó, pero después se fue con él.
    Salón de baile de primera clase.
    Luces apagadas. Gente en pijama, de pie, en la entrada. Pasajeros en las puertas de sus camarotes.
    Y además marineros, tres de ellos completamente ennegrecidos, recién subidos de la sala de máquinas, y también Truman, el telegrafista.
    Todos en silencio, mirando.
    Novecento. Estaba sentado en el taburete del piano, con las piernas colgando, sin tocar el suelo.
    Y, como hay Dios, que estaba tocando.
    (Se oye un música de piano, bastante simple, lenta, seductora)
    No sé qué demonios de música estaba tocando, pero era pequeña y... hermosa. No había trampa, era él quien estaba tocando, eran sus manos, en aquellas teclas, Dios sabe cómo. Y había que oír lo que estaba saliéndole. Había una señora en salto de cama de color rosa y pinzas en el pelo..., cargada de dinero, en resumen, la esposa americana de un agente de seguros..., pues bueno, tenía unos enormes lagrimones que chorreaban sobre la crema de noche, miraba y lloraba sin parar. Cuando vio al comandante a su lado, atontado por la sorpresa, literalmente atontado, cuando lo vio su lado, se sorbió los mocos, me refiero a la ricachona, se sorbió los mocos y señalando al piano le preguntó:
    «Cómo se llama?»
    « Novecento.»
    «La canción no, el niño.»
    «Novecento.>>
    ¿Como la canción?»

    Continuara....