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February 16 Almas con lejia
Ahora que los besos, los regalos, y las flores de S. Valentin oscurecen apáticos en el fondo del cajón de la mesilla los unos, y se marchitan ya mustias en el florero de la entrada las otras, me parece muy apropiada esta vieja columna de Alvite , que aunque parezca que es por joder... en realidad lo es. Espero que os guste tanto como a mí...
ALMAS CON LEJIA (J.L.Alvite) Solemos enamorarnos de alguien casi por las mismas razones por las que un día decidimos romper. No soportaríamos vivir casados con la persona cuya vida errática tanto nos deslumbro a simple vista. Al principio nos atrae su errática inclinación hacia esa alucinante precariedad que roza el abismo, pero por desgracia, el alucinante viaje del enamoramiento suele sucumbir en la mueblería. Aquel tipo transeúnte y espontáneo que cortaba para ella bajo la lluvia las flores en el arcén de la carretera, deja de ser interesante tan pronto descubre lo cómodo que resulta encargar por teléfono desde el salón las orquídeas en la floristería. Todas son muy soñadoras al principio, y adoran la expectativa de vivir eternamente a tu lado entre la niebla, pero transcurrido algún tiempo, no nos engañemos, pasados algunos meses o pocos años, lo que verdaderamente esperan de ti es que tengas a mano las llaves que abran sin margen de error aquel elegante portal en mitad de la niebla. Puede que hayas visto la luz del amor en los ojos de la mujer que te escuchaba mientras le leías aquellas estrofas de "Poeta en Nueva York" sentados en el parque del pueblo, pero si ella te dejó, muchacho, fue porque se cruzó en su camino un tipo que tal vez no leía a Lorca, pero pudo pagarle el billete de avión que los llevó en un periquete a Manhattan. Hay que reconocer que la fuerza romántica de cualquier poeta gana mucho si se transcriben sus versos en un billete de "Delta Airlines". ¿No piensan acaso ellas lo mismo de nosotros? ¿Y no es lógico que así ocurra? Seamos sinceros. Pasado el inenarrable brote de la pasión, de la temblorosa emoción de las primeras flores nos queda apenas el olfato grosero y poco delicado que nos permite dar por bueno que al volver a casa huelan a comida las gardenias. Por desgracia, el nido del matrimonio suele pudrir los huevos. No sé qué pensáis al respecto, pero a mí una mujer deja de fascinarme tan pronto puedo imaginarla sentada en el retrete. Supongo que a ellas les ocurre lo mismo y que pierden interés en nosotros tan pronto descubren que al mezclarlos con su ropa en la lavadora, tus calzoncillos le destiñen de marrón sus bragas. La separación de la colada suele ser el aviso inconfundible de que al agonizante muñeco del matrimonio ha empezado a rondarle el buitre del divorcio. La fascinación que suscita en su chica el alma límpida del poeta se malogra tan pronto la musa descubre lo mal que el inspirado rapsoda se limpia el culo. Y eso es así por la misma razón por la que al cabo de algún tiempo, ella empieza a llamarle baba a lo que en los deshuesados besos del noviazgo le parecía deliciosa y excitante saliva. Me dijo hace algunos años una amiga con la que había tenido unos cuantos revolcones: "No sé que clase de huella dejará tu personalidad en la mía, cielo, pero dudo que sea tan resistente como las jodidas manchas que tu culo deja últimamente en cama". Acusé recibo. Sabía que lo nuestro tocaba a su fin. Habíamos caído en el error de esa excesiva franqueza que suele perjudicar los sueños y manchar la cama. Un amor verdadero puede sobreponerse a las insidias, muchacho, pero raras veces sobrevive a la lejía. Tienes que saber que abrirle tu alma a una mujer no está reñido con mantener bien cerrado el culo, igual que ellas saben por la experiencia de sus madres que no es bueno que una mujer le abra de buenas a primeras sus brazos a un hombre sin tomar la precaución de cerrar al mismo tiempo sus piernas. Dicen los defensores del amor limpio y espiritual que el sexo hay que entenderlo como algo ingrávido, etéreo, como una lírica y surrealista emanación de temblorosa carne flambeada, sin perder de vista que el 80 por ciento del cuerpo humano es agua. Eso dicen y hasta puede que tengan algo de razón. De todos modos, y aun reconociendo que el 80 por ciento del cuerpo femenino sea sólo agua y una orquilla en el alga del pelo, lo cierto es que de las mujeres de mi vida recuerdo lo bien que me lo pasé con el 20 por ciento restante...
November 03 Cadaveres con escote
CADAVERES CON ESCOTE
J.L.Alvite
July 09 El crucero del Snark
EL CRUCERO DEL SNARK
Para mí mis deseos e ilusiones son lo más importante. Y lo que más me gusta es sentirme personalmente realizado -alcanzar, no los logros que provocan el aplauso general, sino los que me satisfacen íntimamente-. Es la sensación de «¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho con mis propias manos!». Mas, para mí, los logros personales han de ser algo concreto. Prefiero ganar una carrera en la piscina, o permanecer montado en un caballo empeñado en lanzarme por los aires, antes que escribir la gran novela americana. Cada uno tiene sus prioridades. Otros muchos preferirían escribir una gran novela antes que ganar una carrera en la piscina o conseguir domar un caballo. Probablemente el logro del que me siento más orgulloso, mi vivencia más intensa, ocurrió cuando tenía diecisiete años. Estaba a bordo de una goleta de tres palos frente a las costas de Japón. Yen medio de un tifón. Toda la tripulación había estado en cubierta durante la mayor parte de la noche. A las siete de la mañana me hicieron salir de la litera para que me hiciera cargo del timón. No llevábamos izado ni un palmo de trapo. Navegábamos a palo seco, pero seguíamos avanzando a buena velocidad. La distancia entre olas debía de ser de aproximadamente un octavo de milla, pero el viento batía con fuerza sus crestas llenando el aire con tales raciones que era imposible poder ver más de dos olas a la vez. La goleta era prácticamente ingobernable, escoraba constantemente a estribor y a babor, viraba y cabeceaba hacia cualquier rumbo entre el sudeste y el sudoeste, y crujía cuando las olas la levantaban bruscamente amenazando con volcarla. Si hubiese llegado a volcar se habría perdido irremediablemente junto con las vidas de todos los que íbamos a bordo. Me puse a la caña. El contramaestre me observó durante un rato. Dudaba de mí por mi juventud: creía que quizá no tuviese la fuerza ni los nervios necesarios; pero cuando me vio gobernar la goleta entre unas cuantas olas se dio por satisfecho y bajó a desayunar. De repente, todos estaban abajo desayunando. Si hubiésemos volcado, ninguno de ellos habría podido llegar jamás a cubierta. Durante cuarenta minutos estuve a solas con la rueda del timón, dominando la salvaje navegación de la goleta y con las vidas de veintidós hombres en mis manos. En una ocasión me entró una gran ola por popa. La vi venir a tiempo y, medio ahogado por las toneladas de agua que me caían encima, logré mantener el rumbo y enfilar correctamente la proa. Al cabo de una hora, empapado y extenuado, me relevaron. Pero ¡lo había conseguido! Con mis propias manos había conseguido dominar el timón y conducir cien toneladas de madera y acero a través del viento y de millones de toneladas de agua. Mi satisfacción radicaba en que yo lo había hecho, no en que veintidós hombres supiesen que yo lo había hecho. Un año más tarde, la mitad de aquellos hombres habían muerto, pero mi satisfacción por lo conseguido no se redujo a la mitad. No obstante, debo confesar que me gusta contar con una pequeña audiencia. Pero tiene que ser una audiencia muy limitada y compuesta únicamente por personas que me quieran y a las que yo quiera. Cuando consigo algún logro personal siento que de alguna manera justifico su amor hacia mí. Pero esto es algo que ya se aparta de la satisfacción del logro por sí mismo. Es una satisfacción personal, mía, y que no depende de testigos. Cuando consigo algo así, me emociono. Resplandezco. Me siento orgulloso de mí mismo, y este orgullo es mío y solamente mío. Es algo orgánico. Cada una de mis fibras se excita. Es algo muy natural. Es algo así como la satisfacción de adaptarse al entorno. Es el éxito. Una vida vivida es una vida con éxito, y el éxito es lo que nos permite respirar. Superar una dificultad importante significa adaptarse a un entorno muy exigente. Cuanto más nos cueste alcanzar la meta, mayor será la satisfacción que sentiremos al lograrlo. Esto es lo que le sucede al hombre que salta a la piscina desde el trampolín, efectúa una pirueta en el aire y entra de cabeza al agua. En el momento en que se separa del trampolín penetra en un entorno hostil, y si cae plano sobre el agua pagará muy caro su error. Naturalmente, nada le obligaba a correr ese riesgo. Podría haberse quedado plácidamente tendido sobre la arena gozando de la brisa veraniega, el sol y la comodidad. Sólo que no ha sido concebido para esto. En el momento en que efectuaba su pirueta en el aire vivía algo que jamás habría experimentado dormitando sobre la arena. Por lo que a mí respecta, preferiría ser ese hombre que se arriesga que uno de los que le observan desde el borde de la piscina. Por este motivo estoy construyendo el Snark. Estoy hecho así. Sencillamente, quiero hacerlo. La singladura de vuelta al mundo implica vivencias muy intensas. Quédate junto a mí durante un momento y fíjate. Aquí estoy, un pequeño animal llamado hombre; una pequeña cantidad de materia viva, sesenta y siete kilos de carne y sangre, nervios, tendones, huesos y cerebro: todo ello muy blando y delicado, fácil de estropear, falible y frágil. Si le doy un ligero bofetón a un caballo más tozudo de la cuenta, me rompo los huesos de la mano. Si sumerjo la cabeza en el agua durante más de cinco minutos, me ahogo. Si me caigo desde seis metros de altura, me descalabro. Soy un ser muy sensible a la temperatura. Unos pocos grados para abajo y mis dedos y orejas no tardarán en ponerse oscuros y acabarán cayéndose. Algunos grados para arriba, y mi piel se cubrirá de ampollas y llagas que me dejarán en carne viva. Unos grados más en cualquiera de los dos sentidos, y la luz y la vida se alejarán de mi cuerpo. Si una serpiente venenosa inyecta en mi cuerpo una gota de veneno, dejaré de moverme -dejaré de moverme para siempre-. Una brizna de plomo que salga de un rifle para penetrar en mi cabeza, y me veré envuelto en una oscuridad eterna. Falible y frágil, una porción de vida gelatinosa y pulsante, eso es lo que soy. A mi alrededor existen poderosas fuerzas naturales: colosales amenazas, titanes de la destrucción, monstruos carentes de toda sensibilidad que se preocuparán menos por mí de lo que yo me cuido de los granos de arena que crujen bajo mis pies. No les importaré lo más mínimo, no me conocen, carecen de conciencia, de piedad y de moral. Son los ciclones y tornados, rayos y nieblas, mareas y maremotos, corrientes y trombas de agua, vórtices y remolinos, terremotos y erupciones volcánicas, olas que atruenan al estrellarse contra los acantilados y mares capaces de triturar a los navíos más poderosos convirtiendo en papilla a sus tripulaciones o lanzándolas a las aguas hacia una muerte segura. Y todos estos monstruos no saben nada acerca de este pequeño ser, todo nervios y debilidad, y que se considera a sí mismo como totalmente normal pero quizás algo superior a los demás. Yo tendré que buscar mi camino entre la confusión y el caos producidos por los conflictos de estos potentes y sedientos titanes. Esa pequeña porción de materia viva que soy yo tendrá que triunfar sobre ellos. Esta pequeña porción de materia viva se considerará divina si logra domarlos y ponerlos a su servicio. Es bueno vencer una tempestad y considerarse divino. Estoy seguro de que cuando una porción finita de materia viva gelatinosa y pulsante se siente divina, experimenta una sensación infinitamente más gloriosa que la de un dios sintiéndose divino. Aquí está el mar, el viento y la ola. Aquí están los mares, los vientos y las olas de todo el mundo. Aquí está un entorno realmente feroz, y es muy difícil llegar a adaptarse a él; pero conseguirlo es algo que colmará mi pequeña vanidad. Me gusta. Yo estoy hecho así. Es mi forma personal de vanidad, eso es todo.
JACK LONDON.
June 19 Peculiaridades del españolY ahora que, maese Arturo?.... que me dice a esto: Señores: Un servidor,
...gracias Raquel
April 14 La trucha y el trovadorEsta vez su relato mi querido maese Manolo me transporto a aquellos felices días de mi infancia, que junto con mi tío Antonio (alias “el Manco”), pescaba mis primeras truchas en esos pequeños y mágicos ríos que describe. Haciéndome volver a esos viejos molinos de piedra cubiertos de hiedra y musgo. A esos paisajes de fantasía donde el grillo hablaba con la señora trucha y ella con el pescador. A conseguido vuesa merced doblegar mi corazón maese Manolo, haciéndome recordar aquel pequeño, de pelo negro encaracolado con el puente de la nariz lleno de pecas, atendiendo como si la vida se le fuera en ello, las explicaciones de su viejo y sabio tío... -No dejes que vea tu sombra Frediño-...-Coge la caña con suavidad, pero con firmeza hijo-... -Coloca el grillo de manera que pueda bailarle a la señora trucha.- Un niño que con la boca abierta de par en par, contemplaba atónito la habilidad de su tío. El cual con una sola mano y ayudado por su boca encebaba con suma delicadeza y precisión, colocando el grillo en el punto justo del lecho del rió...Hablándole a la señora trucha, animándola a que comiera mientras su celtas corto colgaba impertérrito de la comisura de sus labios. Gracias a vuesa merced volvieron a mí, esas imágenes ya olvidadas. Soy incapaz de resistirme a no colgar vuestro hermoso relato maese Manolo. Asi que ahí va, para deleite de todos los amigos de este blog... Capitán Tormentas LA TRUCHA Y EL TROVADOR -Hola soy una trucha. Os preguntareis que hace una trucha hablando, no tiene mucho sentido, pero es que mi vida no se ajusta a la realidad, por eso quiero que me deis la oportunidad de contárosla. Nací en un río pequeño, muy pequeño, no tiene más de dos kilómetros de recorrido desde que nace hasta que muere. Mi vida, es igual a la de otras truchas, con la única diferencia que yo llevo viva muchos años, y mi tamaño supera al de mis hermanas. De hecho soy famosa, se me considera una leyenda...los pescadores llevan años tratando de pescarme. Primero fue la suerte, luego mi experiencia para conocer cuando se trata de cebo humano o verdadero insecto. Con los años los artes de pesca de los hombres han evolucionado mucho, pero yo no me dejo ver, me quedo en mi casa, allí tengo comida y un lugar seguro de descanso. Mi casa es una poza situada debajo de un molino en ruinas, la maleza lo tapa totalmente, parece que el agua no llega a donde se encuentra, pero no es asi, el agua sigue llegando a través del antiguo canal de conducción. Por ahí accedo yo a ella...Un agujero oscuro en el que viven arañas de distintos tipos, cazando los múltiples insectos que llegan al agujero. A mi tampoco me falta comida, lo único duro fue acostumbrarse a la oscuridad y esquivar los hierros oxidados de las antiguas aspas del molino. En todos estos años he visto muchas cosas, en los días de invierno, en los que el río se desborda, aprovecho para salir y nadar en terrenos ocupados por humanos, allí observo mi río desde fuera. Otras veces nado río arriba hasta donde la corriente me lo pone difícil, y cuando ya no puedo mas, me dejo llevar por ella deslizándome río abajo, casi hasta la desembocadura. Allí me encuentro con un montón de familiares (robalizas, múgeles, sollas) que me cuentan las ultimas noticias de lo que ocurre por fuera, últimamente son malas noticias. Me acuerdo cuando venían los salmones río arriba, con ese aire cosmopolita, (un poco arrogantes, diría yo) y me hablaban de los mares y océanos, de las criaturas que lo habitaban y de los artilugios que el hombre había construido y yo los seguía río arriba mientras los escuchaba. Se reían de mi fatiga y mi dificultad para ascender por el río, pero luego agradecían mi ayuda en su camino de regreso al mar. Ahora hace años que no los veo y los echo de menos. Me gusta escuchar a los humanos hablar de mí. Los observo escondida mientras ellos en la orilla comentan a sus hijos o a uno de fuera que..."aunque no lo parezca en este río hay mucha pesca", o..."la ultima vez que la vi media un metro". Los humanos siempre son un poco fanfarrones y exagerados en sus comentarios. Solo hubo una vez uno que consiguió emocionarme (hubiese llorado si pudiera). Llevaba un instrumento en sus manos, se sentó en una roca cerca del molino -en aquel entonces todavía funcionaba- y se puso a cantar. Yo he oído muchas veces a los pájaros: desde el canto afónico del cuervo y la gaviota, al maravilloso y relajante canto del ruiseñor o del cuco. Pero jamás escuche una música como aquella, era una música llena de amor, melancolía, tristeza. ! Un humano desnudando su alma al río!, si el supiera cuantos le escuchamos es posible que no hubiese cantado...pero canto, y todavía recuerdo la música y la letra...decía asi: El agua corre por tu cauce salta y juega entre las rocas decirme si en vuestro camino habéis visto a mi amada En tu cauce se refleja mi rostro y en mi rostro el cauce de mis lagrimas ¿Rió has visto a mi amada? se que tu camino es el mar como mi camino, la muerte dime si as visto a mi amada Oigo el ruido del agua de los cantos rodados en tu lecho ellos. ¿No habrán visto a mi amada? los árboles se inclinan a tu paso en una bóveda de luces y sombras ¿Guardaran en secreto noticias de mi amada? ella es el agua, que me da de beber es el aire que respiro es la roca de mi amor eterno y ahora solo...solo sin ti, con el río. Canto durante horas y luego se durmió. La noche le hizo una cama de estrellas, los grillos, la lechuza y el río acunaron con una nana su dolor. Se despertó al alba, se desnudo, y se metió en el río. Sumergió la cabeza y se quedo escuchando...el tiempo se detuvo. Solo cuando el frió le hizo sentir dolor, salio del agua, parecía otro hombre. Lavo sus ropas, las dejo secar y fue hasta el molino a ver si le daban de comer. Marcho cruzando el puente, su silueta se fue alejando y haciéndose más pequeña hasta desaparecer en el horizonte. La historia del trovador la supimos gracias al molinero. Oímos como se la contaba a su mujer...había cantado y entretenido a toda la nobleza de la zona, y un dia...en la fiesta de cumpleaños del marques de Noia, nuestro trovador se enamoro perdidamente de su hija...y ella de el. El padre para alejarla del trovador la había mandado a Santiago, y ahora nuestro trovador arrastraba su pena por los caminos, y aunque lo siguieran contratando para animar, sus melodías y canciones eran tan tristes, que conseguía todo lo contrario...un río de llanto. Asi empezó su peregrinaje por todas las aldeas, alimentándose de la generosidad de los vecinos, que a pesar de la tristeza de sus canciones, les gustaba escucharlo pues hablaba de sentimientos nobles y sinceros. El trovador no tardo en conocer a otra chica que ocupo su corazón y sus canciones se volvieron alegres...viviendo felices durante su larga vida. Por mi parte, espero que si un dia visitáis mi río, pueda contaros otras historias que mi cabeza de trucha recuerde. Maese Manolo April 03 El espiritu de Castro BaronaPermítame la licencia mi querido e ilustrado amigo maese Manolo, al osar colgar este pequeño relato suyo en mi humilde Cuaderno de Bitácora. Pero es que creo injusto que solamente un pequeño y privilegiado grupo de amigos podamos deleitarnos con sus imaginativos y hermosos relatos. Asi que...A ver si de esta manera, le animamos entre todos a abrir su pequeño asentamiento celta en medio de esta galaxia cibernética, donde podamos refugiarnos de vez en cuando, a calentarnos en el ancestral fuego de su imaginación y palabra.......y de una puñetera vez! ¡Por las barbas de Breogan!... EL ESPIRITU DE CASTRO BAROÑA La ola viene y estalla contra las rocas, sementando de yodo y sal toda la vida del acantilado. Aire de yodo y sal, roca de espuma donde yo vivo. Aqui soy uno mas, soy alga verde, marrón, roja, lisa, rizada. Soy crustáceo, cangrejo, necora centolla. Soy percebe y lapa, pulpo y pescado. Mi pelo es rubio como la arena, mi cuerpo es duro como la roca, y mis ojos son azules como la mar. Vengo a pescar todas las mañanas. Cuando la ola viene permanezco inmóvil, pero atento cuando se va, la persigo acantilado abajo como cangrejo corriendo entre las rocas y llego a los limites de la mar. Mar que entonces se levanta encima mia como un muro gigante y yo debajo meto mi vara entre las grietas, las conozco todas (las pequeñas ricas en percebes, y las grandes ocultas bajo mantos de algas que esconden suculentos pulpos). Tengo cinco segundos eternos antes de que el mar se desploma detrás mia, y yo en tres saltos ponerme a salvo. Esta es mi vida desde hace mil cuatrocientos años. Volvía yo una mañana de pescar, cuando me encontré mi aldea asaltada por una tribu enemiga. Ya habían superado las tres líneas de muralla y ya se encontraban entre las casas, solo unos cuantos resistían en el flanco sur tratando de deshacerse de ellos para defender a nuestras mujeres e hijos...pero acorralados entre las dos murallas morían luchando. Mientras yo, soltando mi pesca...corría, corría. creedme que corría como alma que persiguiera el diablo o como si se me abalanzara la ola más grande del mundo. Llegue a mi casa abriéndome camino entre cadáveres de unos y otros. En ese momento la estaban quemando, y vi a mi mujer y a mis cuatro niños abrazados...pero sin vida. La ira no me dejaba respirar, conseguí acabar con una docena de ellos antes de que una lanza me alcanzara un hombro, perdí el equilibrio y me despeñe por el acantilado, mientras me juraba a mi mismo que nunca abandonaría mi aldea, y... asi lo hice... En espíritu...pero sigo aquí, en mi casa, que esta situada según subes por la escalera principal...la primera calle a la derecha llegando al final y alli a la izquierda. Allí la veras (o lo que queda de ella). En una aldea preciosa que asi como bajas del monte, ya la ves pegada al acantilado, formando una especie de montículo rodeado de agua por todas partes, menos por una estrecha franja de arena. Alli esta situada la primera muralla, pues para proteger el poblado hay dos murallas que lo rodean totalmente hasta el acantilado. Desde mi poblado hay unas vistas preciosas de la montaña y los campos que cultivamos en tiempos de paz. Ahora cuando alguien viene a visitar mi aldea y piensa como vivíamos. Yo me materializo en el pescador que siempre fui, y la gente se asombra y admira mis habilidades, murmurando entre ellos..."parece un celta"...parece, parece, por favor señores...¡Soy un celta! (o lo que sea)...el ultimo habitante de un lugar maravilloso y mágico January 07 Cuadernos de Bitacora
Artículo de Juan Cueto originalmente publicado en EL PAIS EPS, 26/12/2004 La palabra más citada en el planeta durante 2004 también fue inglesa, pero esta vez tiene una espléndida traducción hispánica. Según los editores del Merriam-Webster, que por es-tas fechas proclama el término del año, esa palabra global fue blog, que es abreviatura de weblog (contraccíón entre web y log); esos ya célebres diarios más o menos personales y síem-pre charlatanes colgados en el ciberespacio y que se cuentan por millones. En 1999 solamente habia 50 blogs en la Red; aho-ra mismo hay entre 2,4 y 4,1 millones, y según Perseus Deve-lopement Corporation, una consultora que estudia las tendencias en Internet, se calcula que para 2005 serán por lo me-nos 10 millones de cuadernos de bitácora; que así, con esta be-lleza de castellanización y precisión, es como se llaman los blogs en nuestra lengua. Bitácoras, también para abreviar. En primer lugar, los cuadernos de bitácora son un espléndido término marinero, y en asuntos de la Red océana, como se sabe, el lenguaje de referencia procede de las viejas artes del cabotaje que tanto inspiran la prosa barroca de Rafael Sánchez Ferlosio, cuyo poderoso galeón sintáctico y mental siempre logra doblar airosamente el cabo de Hornos. Empezando por los internautas, que son una versión hipermoderna de aquellos argonautas griegos que a bordo del navío Argos fue-ron a Colcos a la conquista del vellocino de oro y continuando por las docenas de términos (desde navegar hasta surfear) pi-rateados al patrimonio de la mar por los tripulantes de la nave filibustera Internet. En segundo lugar, los blogs son esos dia-rios personales del piloto que se guardan donde se guarda la aguja de marear, en la bitácora (derivado de bitacle, del francés habitacle) y en los que quedan registrados el rumbo, velocidad de crucero, los oleajes, las maniobras y todos los avatares y pensamientos, tantas veces íntimos, de los pilotos internautas: la exacta definición que da nuestro Diccionario de "cuaderno de bitácora". Y en tercer lugar, en fin, dado que en el ciberespacio se navega con bits y no con átomos, nada más lógico y feliz que bitácora para redondear tecnológicamente la palabra del año. El problema, esta vez, no está en la lengua, sino en el patio. Llamamos con precisión y belleza insuperables a esos blogs que están cambiando velozmente los océanos de la co-municación, pero todavía los navegamos muy poco y con mucha timidez. El número de bitácoras españolas que surcan in-ternet es muy inferior al de la media de países que nos rodean. Se calcula, calculan los propios bitacoreros (www.bitaco-ras.net), que hay unos 20.000 cuadernos de bitácora en este país y que cada semana, a ritmo exponencial, se botan en aguas de Internet una docena de estos ciberdiarios que son el último grito en libertad de expresión entre los menores de 30 años. Pero es muy poco y por ahora es un fenómeno marginal en este país porque las bitácoras no sólo han supuesto el fenó-meno verbal del año, sino que han bifurcado espontáneamen-te el rumbo de la información y de la comunicación del globo. A los poderes, especialmente al quinto, les ha salido este sex-to elemento respondón y libertario, poder entre líquido y ga-seoso, que hizo sus primeras armas en la guerra de Irak. Si la primera guerra del Golfo fue el primado de la CNN, durante la segunda, con los corresponsales empotrados en los tanques invasores, los blogs incontrolables de los periodistas inde-pendientes y de no pocos marines, que en las anochecidas de Mesopotamia cambiaban las máquinas del Pentágono por la máquina Internet, fueron los encargados de darle la vuelta a las conferencias de prensa en los estudios de Qatar. Bastaba darse una vuelta por las bitácoras que estaban varadas entre el Tigris y el Éufrates para saber lo que realmente estaba ocu-rriendo en el desierto y sin la censura de Rumsfeld, que había prometido mentir en su primera intervención. La penúltima noticia del novedoso po-der global de los blogs también tuvo como víctima a una de las estrellas de la televi-sión norteamericana. Dan Rather, el céle-bre presentador de la CBS, se vío obligado a dimitir por haber dicho en su telediario una mentira sobre la mili del mentiroso Bush, y esta vez no funcionó la paradoja del mentiroso. Esa misma noche, los blogs se pusieron a investigar y demostraron en bits tangibles, valga la contradicción, que esta vez Dan Rather no había dicho la ver-dad o sencillamente que no había contras-tado la noticia. La opinión pública norte-americana, la más impermeable a todo aquello que se sitúe en las márgenes de los cinco poderes, aca-bó obligando a dimitir a la estrella de la CBS por culpa de las informaciones incontroladas de los bitacoreros y del ciber-ground, que así se llama también al ruido nocturno de las re-des subterráneas o de las corrientes subacuáticas de Internet. No todos los días puede uno asistir al nacimiento de un nuevo poder, digamos el sexto, y está cantado que esta nueva marinería respondona, corsaria, grafómana y pantallera (esos screen-agers menores de 30) acabará imponiendo sus libertarios abordajes a la sociedad de la información; em-pezando por el abordaje al poder los opinionistas y colum-nistas de cabecera, aquí y en Pekín. El problema de los blogs de este país, al margen de su escasa implantación, es el siguiente. Llevo observándolas de cer-ca varias semanas convencido de que son el futuro de esto y llego a la conclusión desmoralizante de que la mayor parte de nuestras bitácoras, con excepciones que apenas superan la media docena, son redundantes. Son una reproducción literal por otros medios del mismo bipartidismo político, mental, me-diático, cultural y religioso que arrasa en la opinión pública española. Son cruceros de la doxa, casi nunca singladuras de la paradoja. Pocas veces doblan airosamente el cabo de Hornos de nuestro pelmazo maniqueísmo oficial y politiquero. December 21 El polvete ucranianoEL POLVETE UCRANIANO
Hace muchos años que no entraba en un puticlub. En mis tiempos de reportero dicharachero de barrio Sésamo, esos antros eran lugares idóneos para que la tribu montase cuartel general de lo que fuera, sitio donde recalar tras una jornada dura, abrevaderos donde podías tomar una copa a palo seco, mirando las botellas de los estantes, o en compañía de quien no exigía conversación inteligente, o ni siquiera exigía conversación. Por supuesto, los puticlubs de entonces -como los de ahora- eran lugares suciamente machistas, y tal. Pero diré, en descargo mío y de mis colegas de antaño, que tampoco los reporteros de mi generación éramos espejo de virtudes, pues teníamos asuntos más urgentes de que ocuparnos. Mandar una crónica, por ejemplo. Una exclusiva del copón titulando en primera. Ahora es distinto, claro. Los reporteros van a las guerras y a las paces -dicen por razones exclusivamente humanitarias, en plan Paulo Coelho. Y cuando entran en un puticlub lo hacen siempre con espíritu redentor y de denuncia, dispuestos a obtener un testimonio que termine, ya mismo, con todas las guerras y con todos los puticlubs y con todos los males del mundo. Cuando menos. Por eso me fui hace doce años. Yo sólo era un hijo de puta profesional. A ver si me entienden. Un testigo con una cámara. El otro día, como digo, entré en un puticlub del sur -en realidad anduve por media docena larga- después de muchísimo tiempo, con un productor de cine gringo que sigue los pasos de Teresa Mendoza, vieja amiga que algunos de ustedes recordarán de cuando ella cruzaba el Estrecho con el pájaro de Vigilancia Aduanera pegado a la chepa. Y confieso que el ambiente me pilló desentrenado. En vez de señoras con vestido largo, luz roja y camareros canallas -lo que recordaba de toda la vida- encontré un discobar iluminado a tope, música chundachunda y doscientas jóvenes más o menos rubias de escueta vestimenta y visibles encantos. Espectaculares, dicho sea de paso. Y estando en ésas, aún de pie junto a la entrada, se acercó una jovenzuela de tetas libérrimas que, con un descaro y una naturalidad escalofriantes, me soltó, con fuerte acento eslavo: «¿Qué, tío, echamos un polvete?». Lo juro. Ni buenas noches, dijo la pava. Ni hola qué tal, ni me llamo Ana Karenina, ni invítame a una copa, ni pepinillos en vinagre. Niet de niet. Así, recién cruzada la puerta. Tío. Un polvete. Ni siquiera un polvo, o un polvazo, o un revolcón antológico que te vas a caer de la cama, chaval. Y encima, sin tratamiento adicional: simpático, caballero, guapo, por ejemplo. Calculen la diferencia entre «¿Qué, tío, echamos un polvete?» y, por ejemplo, «Hola, guapo, ¿crees que este cuerpazo merece que lo invites a una copa?». Porque eso es fundamental. Cualquier paquidermo, cualquier tiñalpa, cualquier cuasimodo, entran en un puticlub sobre todo para que alguien les diga guapo, aunque sea con pago de su importe. Así que háganse cargo. Yo allí, con cincuenta y cuatro años y la mili que llevo a cuestas, y enfrente, Nietochka Nezvanova y su polvete. Hay que ser natural y directa, supongo que le habría explicado su macarra, o su explotador, o su traficante de blancas. Quien fuera. Que los españoles son así. Y entonces me entró una melancolía muy grande, la verdad. En esta ocasión -me van a disculpar las buenas conciencias- no fue por las connotaciones dramáticas del asunto, que también, ni por la triste realidad de las chicas explotadas, etcétera, aspectos todos muy dignos de consideración y de remedio, pero que hoy no son objeto de esta página. La cosa fue por la certeza de que, incluso si yo hubiera entrado en el local con intención de echar algo, lo que fuese, a alguna de las atractivas individuas que deambulaban por el cazadero, cualquier posible encanto del evento, cualquier espíritu jacarandoso por mi parte, cualquier lujuria manifiesta o predisposición al intercambio carnal mercenario, se habría visto enfriada en el acto por la torpe apertura de la moza. Por su qué, tío, y su polvete a quemarropa. Pero es que seguramente, deduje, esto es lo que ahora funciona. Lo que demanda el mercado. La distinguida clientela de los puticlubs ya no exige señoras lumis como las antes: esas que sabían escuchar durante horas en la penumbra de una barra americana, pacientes y profesionales, y al final, comprensivas, decían «muy guapos» cuando sacabas la foto de tu mujer y tus cinco hijos. Entonces todavía eran más eficaces, y necesarias, las putas que los psiquiatras.
Arturo Perez Reverte El viejo CapitanEl viejo capitán
Mi tío fue el primer héroe de mi infancia. Cuando su barco tocaba en Cartagena, mis padres me llevaban al puerto, y junto a los tinglados del muelle contemplaba yo extasiado la maniobra de amarre, las gruesas estachas encapilladas en los norays, los marineros moviéndose por la cubierta y el último humo saliendo por la chimenea. A veces lo veía en la proa, como primer oficial, y más tarde, ya capitán, asomado al alerón del puente, arriba, inclinándose para comprobar la distancia con el muelle mientras daba las órdenes adecuadas. Después, inmovilizado el barco, yo subía corriendo por la escala, ansioso por pisar la cubierta vibrante por las máquinas, tocar la madera, el bronce y los mamparos de hierro, sentir el olor y el runrún peculiares del barco y llegar al puente, junto a la rueda del timón y la bitácora, donde estaba mi tío, que interrumpía un momento su trabajo para , levantarme en brazos mientras yo admiraba las palas negras y doradas en las hombreras de su camisa blanca. Porque entonces los marinos mercantes llevaban gorra de visera con dos anclas cruzadas, palas en la camisa de verano y galones dorados en las bocamangas de hermosas chaquetas azules. En aquel tiempo, los marinos mercantes aún parecían marinos. He dicho que lo idolatraba. Al día siguiente de su atraque, muy temprano, iba a su casa y me metía en la cama entre él y mi tía; para que me contara aventuras del mar. Nunca me defraudaba. Mientras mi pobre tía, resignada, se levantaba a preparamos el desayuno, yo conténia la respiración y con los ojos muy abiertos escuchaba como el capitán había naufragado cuatro veces en aquel viaje, y de qué manera heroica, rodeado tiburones hambrientos, se enfrentó a ellos con un cuchillo, pensando todo el tiempo en su sobrino favorito. Otras veces me contaba cómo. los crueles piratas malayos habían intentado abordar su barco en el estrecho de Malaca, el temporal que capeó doblando Hornos o cuando tocó un iceberg estando al mando del Titanic, sin botes para todos los pasajeros. Y yo lo abrazaba, emocionado, y se me escapaban las lágrimas, sobre todo con el episodio de los tiburones, cuando me contaba como, uno tras otro, habían ido desapareciendo todos sus compañeros menos el. Luego crecí, y el envejeció, y tuvo hijos que a su vez le esperaron en los puertos. En ocasiones mi vida profesional llego a juntarse con la suya y navegamos juntos, como cuando coincidimos en la evacuación del Sahara en el año 75, mandando el ultimo barco español ya le había ocurrido en Guinea, era experto en últimos viajes- que salió de Villa Cisneros. Y al fin, un día, después de cuarenta años navegando, se jubilo y quedo varado en tierra; junto al mar pero tan lejos de el como si estuviese a quinientas millas de distancia. Y a pesar de lo que siempre creyó, con una mujer maravillosa y unos hijos adorables, no fue feliz en tierra. Iba a verlo -ahora era yo quien contaba aventuras entre tiburones- y allí, en su salita llena de libros y recuerdos acumulados como restos de un naufragio, fumábamos y bebíamos, recordando. Sólo se le iluminaban los ojos de verdad cuando recordaba, y yo procuraba animarlo a eso. Luego pasaba horas apoyado en la ventana, en silencio, mirando caer la lluvia, y yo sabía que añoraba otros cielos y mares azules. Pero el mar de verdad ya no le interesaba. Había llegado a odiarlo por hacer de él un apátrida, un fantasma varado en la tierra desconocida y hostil. Sus hijos tampoco lograron traspasar la barrera. El mayor compró un barquito que él apenas pisaba. Se volvió huraño, hipocondríaco. Cuando tuve mi primer velero, lo llevé conmigo mar adentro, esperando reconocer por un instante al ídolo de mi infancia. Paso todo el día sentado, mirando el horizonte en silencio, dos dedos sobre el pulso de su mano derecha. Nunca volvimos a navegar juntos. Nunca volví a hablarle del mar. Murió hace un par de años. Esta mañana he estado mirando un viejo cenicero de cristal de la Trasmediterránea en forma de salvavidas que siempre admiré desde niño, y que poco antes de morir hizo que me entregaran. Fue al mar, y nunca volvió. Era un buen marino. Y, como ocurre con los mejores barcos, se deshizo al quedar varado en la costa. Pero jamás lo olvidaré cuchillo en mano, nadando entre tiburones. Arturo Perez Reverte Un pirata de verdadUN PIRATA DE VERDAD
De románticos tenían lo justo. O sea, nada. Desprovistos de la aureola artificial de la novela decimonónica y de la imbecilidad anglosajona de las películas de Hollywood, los piratas de antaño se quedan en lo que eran: saqueadores y asesinos. A menudo suele confundírseles con los corsarios, pero ésos, al menos sobre el papel, tocaban otro registro -precisamente Alberto Fortes publicó hace poco, en gallego, O Corsario: una biografía del pontevedrés Juan Gago. Los corsarios eran particulares que, sujetos a reglas internacionales, saqueaban por cuenta de un rey a los enemigos de éste. Un pirata era un pirata, y punto; sin diferencia con los que hoy asaltan barcos, roban y matan en las costas caribeñas, el mar Rojo o los estrechos de Asia. Resumiendo: una panda de hijos de puta. Pensaba en eso el otro día, cuando revisando papeles di con la carpeta que guardo sobre Benito Soto, uno de los últimos piratas españoles, y uno de los pocos nuestros que se hicieron famosos bajo la bandera negra. Un pájaro de cuenta cuya dramática historia terminó en tanguillos de Cádiz. Les cuento. El barco era un corsario brasileño dedicado a la trata de negros: un bergantín de siete cañones llamado El defensor de Pedro, cuya tripulación se amotinó en 1823, dejando al capitán en tierra africana y pasando a cuchillo a los tripulantes que no estaban por la labor. Su segundo contramaestre, un pontevedrés de veinte años llamado Benito Soto Aboal -desertor de la matrícula de mar española a los dieciocho-, fue elegido comandante. Al bergantín se le cambió el nombre por el de Burla negra, y en poco tiempo consiguió una siniestra reputación, estrenándose en su nuevo oficio cerca de Ascensión con el saqueo de la fragata mercante inglesa Morning Star, y luego con el de la estadounidense Topaz, de la que asesinaron, por la cara, a 24 de sus 25 tripulantes y pasajeros. Más tarde, entre las Azores y Cabo Verde, le llegó el turno al brickbarca inglés Sumbury. En este punto, ya en posesión de un botín razonable, Soto decidió navegar hasta Galicia para vender el fruto de la campaña. De camino no dejó pasar la oportunidad de darle lo suyo al portugués Melinda, al Cessnok -a ése no le tengo controlada la bandera- y al inglés New Prospect, saqueos que se completaron, para rematar la cosa, con el asesinato de algunos miembros de la tripulación propia, de los que Soto no se fiaba un pelo y a los que temía dejar en tierra con la lengua demasiado suelta. En La Coruña, donde los piratas presentaron papeles falsos con uno de los tripulantes haciéndose pasar por el verdadero capitán del barco, vendieron la carga y luego decidieron irse al sur de España o a la costa de Berbería para vivir de las rentas. Pero el mar gasta bromas pesadas: una noche oscura confundieron el faro de la isla de León con el de Tarifa, y terminaron embarrancando en una playa gaditana, muy cerca de donde hoy está, como ya estaba entonces, el Ventorillo del Chato. Aunque al principio las autoridades de Marina, sobornadas por los piratas, hicieron la vista gorda, un antiguo pasajero del Morning Star los reconoció -también es mala suerte que el fulano estuviera en Cádiz- y puso el grito en el cielo. Total: diez de ellos terminaron ahorcados y hechos cuartos por la justicia gaditana, y el capitán Soto, que había huido a Gibraltar, fue detenido, juzgado y ejecutado en la colonia, culpable de 75 asesinatos y del saqueo de diez barcos. Como buen gallego, Soto se dejó ahorcar sin aspavientos, mostrándose, cuentan, arrepentido, resignado y también algo chulo. Que me quiten lo bailado, debió de decir. O algo así. Pero la historia del Defensor de Pedro aún trajo cola. Setenta y cuatro años después, en 1904, los trabajadores de una almadraba descubrieron, en el lugar donde había acabado su aventura el pirata, gran cantidad de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII. La gente se volvió loca, echándose todo Cádiz a la playa -incluidos viejos, niños y suegras- con palas y cribas, hallándose al menos millar y medio de piezas. Así se hicieron famosos «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», que en los carnavales del año siguiente inmortalizaría un personaje local, el Tío de la Tiza, con su peña Los Anticuarios. Y colorín colorado: ésta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacionales, empezó como truculento pirata y acabó -aquí todo termina igual- en chirigota gaditana. Arturo Perez Reverte NoveccentoNOVECENTO (La leyenda del pianista en el océano) ALESSANDRO BARICCO Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza... y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir... Éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros... y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero.., en verla. A lo mejor estaba allí comiendo, o paseando simplemente en el puente..., a lo mejor estaba allí colocándose bien los pantalones..., levantaba la cabeza un instante, echaba un vistazo al mar... y la veía. Entonces se quedaba como clavado en el lugar en que se encontraba, el corazón le estallaba en mil pedazos, y siempre, todas las malditas veces, lo juro, siempre, se volvía hacia nosotros, hacia el barco, hacia todos, y gritaba (suave y lentamente): América. Después permanecía allí, inmóvil, como si tuviera que salir en una fotografía, con cara de haber hecho a América él mismo. Por las tardes, después de trabajar, y los domingos, se había hecho ayudar por su cuñado, un albañil, buena persona..., al principio tenía pensado algo con aglomerado, pero luego... le fue cogiendo el tranquillo y se hizo las Américas... Esto me lo enseñó Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, el pianista más grande que ha tocado en el océano. En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán. Se le iluminaron los ojos. «Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.» Al clarinete, ¡Sam «Sleepy» Washington! Tano Damato... El viejo Boodmann ni se inmutó. «Quién es este maricón?», preguntó. Y pidió que le dieran el periódico porque junto al anuncio estaban los resultados de las carreras. No es que apostara en las carreras: le gustaban los nombres de los caballos, eso es todo, tenía una verdadera pasión, siempre te decía: «mira éste, este de aquí, corrió ayer en Cleveland, mira, le han puesto Liante, ¿tú crees?, ¿será posible?, ¿y éste? Mira, Antes mejor, ¿no es para partirse?», en fin, que le gustaban los nombres de los caballos, tenía esa pasión. Le importaba un carajo quién ganara la carrera. Eran los nombres lo que le gustaba. <<Esto no puede seguir así por mucho tiempo>>, le decían de vez en cuando a Danny. «Entre otras cosas, va contra la ley>> Pero Danny tenía una respuesta irrefutable:<<A la mierda la ley>>, decía. Con aquel punto de partida, no había mucho que discutir. Continuara.... |
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