Así que, demostrado con el caso noruego que el precedente de Canadá hizo doctrina, y que determinados países parecen dispuestos a inventarse un nuevo Derecho Internacional para justificar sus demandas de soberanía económica en el mar, queda por ver cómo reaccionan los perjudicados, que son en primer lugar los que tienen intereses pesqueros y probablemente en segundo aquellos que disponen de flotas de transporte. Y eso sin agotar el catálogo de posibilidades, que crecerá tanto más cuanto menos hagan todos estos frente a todos aquellos.
Algunos especialistas han dicho ya que ésta es una cuestión más entre Estados que entre organizaciones internacionales y que por eso corresponde, antes que a la UE, a España -que además es cosoberana de las aguas en litigio según lo dispuesto en el Tratado de París de 1921- la actuación fundamental frente a lo ocurrido. Y de entre esos especialistas una buena parte ha reclamado ante Noruega algo más que una protesta diplomática, aparte de la tutela jurídica de las tripulaciones de los dos barcos apresados y los derechos de sus armadores.
La cuestión de la soberanía, conste, no es meramente teórica: de ella nace el supuesto derecho de persecución de buques por presunto exceso en las capturas. Pero hay algo aún peor: quien se la atribuye establece también y a la vez el límite de las capturas, límite que en aguas libres viene determinado por tratados internacionales, lo que no es el caso de aquel sector del mar de Barents. Dicho de otro modo, que ni por estar ni por pescar se puede detener a los buques gallegos como los ha apresado Noruega, por otra parte un país aliado y socio de España. Vaya amigos... Expuesto todo lo anterior, y subrayado el dato de que por una razón o por otra los barcos españoles -en buena parte gallegos- sirven de piloto para experimentos jurídicos que les perjudican, es obligado reclamar del Gobierno español mayor disposición resolutiva ante los incidentes y desde luego una mucho mejor actitud preventiva. Algo que hasta ahora no se ha producido: en Canadá, recientemente, España no envió observadores al juicio contra el Gobierno de Ottawa por la captura del Estay; se hubiera perdido el caso igual, quizá, pero algo se habría aprendido.
En este punto es probable que no esté de más otra reflexión: parece urgente que se adopten medidas técnicas, jurídicas y políticas para reforzar la imagen de los pescadores españoles, a los que algunos quieren seguir presentando como depredadores de los océanos, sin más ley que la de la capacidad de sus bodegas ni más respeto al medio ambiente que el impuesto por la fuerza. Y es verdad que durante algunos años el perfil podía responder a eso, pero hace tiempo que no es así, y alguien debe empeñarse en que el cambio resplandezca: lo más pronto posible. Este asunto, como antes los de Boston, Namibia, Malvinas, Canadá o Marruecos, tiene muy mala pinta: quizá debieran, los que pueden, tomar nota de los antecedentes y actuar a tiempo.
Hay quien imagina las vacaciones como ese horizonte idílico que se divisa desde un velero en alta mar; sin embargo, la panza del verano se parece más a un camarote donde fermentan todos los demonios con un calor de caldera de barco. Uno suele empezar la travesía con los mejores propósitos, impulsado por un garbino amable, pero al caer la tarde el viento se vuelve africano y cualquier embarcación acaba convertida en una ratonera. En cubierta apenas hay espacio y no es posible pasar por el tambucho sin rozarse o pisarse un pie. Poco a poco el ambiente se va cargando de electricidad, y no digo que uno quiera pisar deliberadamente a nadie, pero si por casualidad le da un pisotón a otro, se alegra de haberlo hecho. La cosa suele empeorar si además a la hora de comer se establece una calma chicha, bajo un aire de fuego, porque en esa sopa espesa la palabra más inocua puede transformarse en un hacha de guerra. Hasta las tripulaciones más avezadas llegan a puerto desarboladas y una vez en el pantalán se largan, sin despedirse, cada uno por su lado.
Navegar agosto es dificilísimo. Cada año, después de las vacaciones estivales los juzgados se ven desbordados por una avalancha de demandas de divorcio. Los matrimonios que mal que bien habían conseguido capear el temporal gracias a la jornada de trabajo, naufragan estrepitosamente ante la primera paella familiar. Para colmo, las hormonas revientan con el calor y los hijos de cierta edad son abducidos hacia un irredento estado del espíritu llamado adolescencia mientras los padres deambulan sin remedio hacia otra estación no menos virulenta que es la desesperación.
Nos pasamos todo el año con el cuerpo en un sitio y la mente en otro, pero cuando por fin elegimos un lugar de vacaciones para hacer coincidir la realidad con el deseo nos damos cuenta de que hay distancias imposibles de salvar.
Los antiguos pensaban que cualquier fuga de uno mismo está condenada al fracaso. Allá ustedes si han decidido desafiar las furias de agosto. Yo, por mi parte, pienso atrincherarme a cal y canto dentro de casa, en un refugio blindado de las Galias, y de ahí no me mueve ni dios. Feliz verano.
Es difícil encontrar en el supermercado una fruta que conserve el olor y el sabor que tenía hace treinta años cualquier ejemplar de la misma especie. Las personas de mi generación tenemos la suerte de recordar los sabores naturales de muchas cosas de las que, por desgracia, nuestros hijos sólo podrán percibir su literatura, y nuestros nietos, su arqueología. Se ha abierto entre nuestra generación y la siguiente un abismo sensorial casi insalvable. Nosotros pudimos paladear los mismos sabores que disfrutaron nuestros padres, pero aquellos sabores nuestros hijos sólo podrán leerlos, en la seguridad de que en la siguiente rama del árbol genealógico sólo se conservará relativamente intacto el olor del fuego en el que ardieron las fotos. Y no ocurre sólo con la fruta. Se esfumaron los olores de la leche y de los tomates, el olor de la salmuera y el penetrante aroma de aquellas flores en las que sentían el hormiguillo de la primavera los poetas que ahora la rastrean con dificultad en el inodoro erial de la memoria. Olía también distinto la suciedad y era diferente la fragancia de la limpieza.Lavada a mano y echada luego al clareo en la hierba verde, la ropa que nos poníamos por la mañana olía a jabón y a sol. Cuando era niño mi madre me lavaba la cara y sus manos enjabonadas hacían piafar la voz del rostro. No eran buenos tiempos para el glamour de la clase media, pero juraría que en aquellos días no había una sola mancha que no estuviese limpia, ni un defecto que no se corrigiese con las sobras de la luz frente a un espejo empañado. ¡Dios Santo¡, entonces ignorábamos que no éramos felices y todo resultaba tan cordial, tan familiar y tan natural, que a los nueve años incluso la muerte nos parecía dócil. Todo era tan fértil, muchacho, que podías encontrar una fresa dentro de una nuez y una paloma volando en puntillas por el interior de un cuervo. En verano recibía en Cambados carta de mi madre y después de leerla, cerraba los ojos y olía durante un rato la inenarrable frutería de aquella caligrafía por cuyos rasgos suavemente herniados corría casi siempre una reata de besos, y a veces, la hembra diezmada y lenta de la nostalgia. Tía Pepita freía para la cena unos huevos muy olorosos y muy amarillos, echándolos en la sartén puesta sobre un pelirrojo fuego de leña en el que a mí siempre me pareció que ardía el caballete de uno de aquellos pintores forasteros que se detenían en Compostela a reproducir en su lienzo los perfumes de aquella catedral fanerógama en cuya silueta destellaba una alta costura de flores amarillas y azuladas en las que pasaba sus hojas la sombra de aquel viento labial y extranjero. ¡Ah, los olores de entonces! ¡Aquellas sensaciones que creímos que serían para siempre! ¡El aroma del aire al rozar el aliento panificado de las bombillas encendidas! ¡Dios, y el guiso ambarino del almuerzo repitiendo durante el duelo en la boca gutural de los muertos! Es cierto que los curas nos decían que aquella concupiscente orgía de olores excitaba los bajos instintos, pero no es menos cierto que nuestro temor era relativo y que nos sobreponíamos sin dificultad a la puntual amenaza del infierno. Tuvimos la suerte de pecar en gallego y de que la misa y el miedo estuviesen en latín. La Providencia se anunciaba amenazadora en la novena de San Bieito por el narcotizante olor de los cirios encendidos, pero en el fondo yo sabía que no había nada que temer, entre otras razones, porque tía Pepita, que era una comadrona muy religiosa, me había dicho que lo preocupante del sexo era que a veces las parejas acostaban el maíz. La verdad es que tía Pepita no sabía mucho acerca del sexo. La primera vez que volví a casa con una erección, me riñó para que no volviese a pedalear en la bicicleta llevando la merienda en el bolsillo...
¡Dios Santo!, ahora la primavera es tan fugaz, que hay que oler las flores antes de que se mueren cerradas...