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11 juillet

Ojos azules

 

Aqui os dejo un buen relato para las tediosas tardes de verano. Espero que lo disfruteis

Ojos azules

     Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán, cubriendo la capital azteca de una noche húmeda; lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

     Bum, bum, bum, bum. Apoyado en el portón, bajo la lluvia, el soldado de ojos azules reprimió un escalofrío mientras se ajustaba el peto y ceñía la espada. A su alrededor los compañeros se miraban unos a otros, inquietos. Al otro lado de los muros del palacio, afuera, los tambores llevaban sonando una eternidad. Bum, bum, bum, bum. Había toneladas de oro, pero ahora Moctezuma estaba muerto y se acababan las provisiones y todo se había ido al carajo. Bum, bum, bum, bum. También había miles y miles de mexicanos en la ciudad, alrededor, cubriendo las terrazas, llenando las piraguas de guerra en los canales y la calzada entre los puentes cortados. Mexicanos sedientos de venganza. Bum, bum, bum. Así todo el día y toda la noche, mientras en lo alto de los templos los sacerdotes alzaban los brazos al cielo y preparaban los sacrificios. Bum, bum, bum, bum. Aquello sonaba adentro, precisamente en el corazón, que los más cenizos ya imaginaban fuera del cuerpo, ensangrentado, abierto el pecho por el cuchillo de obsidiana. Bum, bum, bum. Menudo plan, pensó el soldado mirando las caras mortalmente pálidas de los otros. Venir desde Cáceres y Tordesillas y Luarca y Sangonera, que están lejos de cojones, para terminar abierto como un gorrino, con las asaduras hechas brochetas en lo alto de un templo, aquí donde Cristo dio las tres voces. Bum, bum, bum. Y además, de tanto oírlos, aquellos tambores habían adquirido un lenguaje propio. Si uno prestaba atención podía oír que decían: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos. Bum, bum, bum.

     Eso decían aquella noche, pensó estremeciéndose, los jodidos tambores de Tenochtitlán.

Cortés, con cara de funeral, no se había ido por las ramas: tenían que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último. De modo que cargaron en caballos cojos y en ochenta indios aliados tlaxcaltecas la parte del oro que correspondía al rey, y luego dijo Cortés aquello de ahí queda el oro sobrante, más del que podemos salvar, y el que quiera que se sirva antes de darlo a los perros. De modo que los soldados de Pánfilo de Narváez, que habían llegado los últimos, se atiborraron de botín dentro del jubón y del peto, y bolsas atadas a la espalda, y anillos en cada dedo. Pero los veteranos que habían estado en Ceriñola y en sitios de Flandes e Italia y llevaban con Cortés desde el principio, y nunca se las habían visto como en el matadero de México, procuraban ir sueltos de cuerpo, sin mucho peso. Si acaso, como Bernal Díaz y algún otro, se embolsaron alguna joya pequeña, algún anillo de oro. Cosas que no les impidieran correr en una huida que iba a ser, eso lo sabían todos, de piernas para qué os quiero. Que no era bueno, como decía la mala bestia del capitán Alvarado, pasearse con los bolsillos llenos en noches toledanas como aquélla.

     Bum, bum, bum. Seguía lloviendo cuando abrieron las puertas y empezaron a salir en la oscuridad. Sandoval y Ordás en la vanguardia, con ciento cincuenta españoles y cuatrocientos tlaxcaltecas, con maderos paya reparar los puentes cortados. En el centro, Cortés, otros cincuenta españoles y quinientos tlaxcaltecas con la artillería y el quinto del tesoro correspondiente al rey. Después salieron los heridos, los rehenes, doña Marina y las otras mujeres, protegidos por treinta españoles y trescientos tlaxcaltecas, entremetidos entre los capitanes y la gente de Narváez. Y por fin, Alvarado y Velázquez de León en la retaguardia, con un grupo de los cien soldados más jóvenes que debían moverse a lo largo de la columna, acudiendo allí donde el peligro fuese mayor. Eso, en teoría. En la práctica no había más órdenes que andar ligeros, pelear como diablos y abrirse paso por los puentes y la calzada como fuera. A partir de cierto punto, cada uno cuidaría de su pellejo. Dirección: primero Tacuba y luego Veracruz.

     Eso, los que llegaran.

     Era el tumo de los últimos. Tiritando de frío bajo la lluvia, el soldado de los ojos azules terminó de atarse el saco de oro sobre el hombro izquierdo, se ajustó el barbuquejo del morrión, sacó la espada y echó a andar. El agua sobre los ojos lo cegaba, y la oscuridad le impedía ver dónde iba poniendo los pies. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones, blasfemias, rumor metálico de armas y corazas. Iba a ser un largo camino, se dijo. Tacuba, Veracruz, Cuba, España. El peso del oro lo reconfortaba.

     Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquélla; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmado por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles; por sanguijuelas que vivían del sudor ajeno. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán. Para morir anciano y honrado sin deber nada a nadie, porque hasta el último gramo de oro lo había ganado con su sangre, sus peligros, sus combates, su salud y su miedo.

     Sintió un hueco en el corazón, y antes de ser consciente de su pensamiento, supo que pensaba en ella. Los soldados que iban delante se habían parado, y allí, inmóvil bajo la lluvia, mientras esperaba a que la columna reanudara su marcha, recordó. Sólo era una india, se dijo. Sólo era una de esas indias. Las había a cientos, y ésta no tenía nada de particular.

     No era ni especialmente bonita ni especialmente nada. Pero él la encontró en el momento oportuno, al principio, cuando las relaciones de españoles y mexicanos aún eran buenas. Se la había tirado como lo que era: una perra pagana. Se la había tirado disfrutándola, con rudeza. Sin embargo, ella le cobró afición al teule barbudo de ojos azules; volvió un día tras otro, y él repetía hembra entre las bromas groseras de sus compañeros. Qué la das, decían socarrones. Aquella mexicana se le quedaba mirando los ojos y lo acariciaba hablando cosas extrañas en su lengua. Era muy joven y muy triste; no se reía nunca, como si viviera envuelta en un presentimiento. Un día, ella le dio a entender que estaba preñada, y él se lo contó a los otros y todos se rieron mucho. Luego se la calzó por última vez antes de echarla a patadas, a ella y al bastardo pagano que llevaba en la tripa. Sin embargo, a la segunda o tercera noche en que no volvió, se sintió extraño. Anduvo un par de días buscándola, sin admitirlo ni siquiera ante sí mismo. Pero no dio con ella. Por fin reconoció, aunque tarde, que añoraba su piel sumisa, y eltono quedo de su voz cuando lo acariciaba, y aquella mirada oscura que a veces fijaba en él, orgullosa y lúcida e inconquistable allá adentro; y experimentaba una indefinible nostalgia de algo que apenas había llegado aconocer. Pensaba en aquella india con un hueco raro en el corazón, igual que el que sentía esta noche. Un hueco cuya intensidad superaba, incluso, la del miedo.

     Porque el miedo ya era mucho. Los tambores habían acelerado su batir, y Tenochtitlán entera resonaba de trompetas y gritos de los mexicanos alertados: se van, los teules se van, acudid y atajadlos y que no quede uno con vida. Y de la noche surgían cientos y miles de guerreros que caían en turba sobre la columna, y la laguna y los canales se cubrían de canoas de indios vociferantes, y los pasos y los puentes se taponaban de caballerías muertas, y de fardos con oro abandonados, y de mexicanos armados y feroces tirando con lanzas y flechas y mazas. Resbalaban los caballos en la calzada mojada de lluvia y caían los hombres desventrados, gritando, a los canales, y avanzaban los españoles en la oscuridad, por los vados a medio llenar de los puentes, el agua por la cintura, lastrados por el peso del oro bajo el que se ahogaban muchos. Atrás, volvamos, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas, adelante, adelante, a Tacuba y Veracruz o al infierno esta noche; y Cortés y los que iban a caballo se alejaban ya a salvo picando espuelas con la vanguardia, dejando muy atrás los puentes y a los que iban a pie, dejando atrás a esa retaguardia sumergida bajo miles de mexicanos sedientos de venganza, a la retaguardia que ya no era sino un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los mexicanos que caían con valor inaudito sobre los soldados rebozados de hierro, sangre y fango de los canales, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hasta las pirámides de los templos, donde los sacerdotes no daban abasto y la sangre corría en regueros espesos bajo la lluvia. 

 

     El soldado de los ojos azules peleó con bravura, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a estocadas. El saco de oro le pesaba en el hombro pero no quiso dejarlo. Había ido muy lejos a buscarlo, y no pensaba regresar sin él. Avanzaba con un grupo de compañeros, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, y de vez en cuando alguno de ellos caía o era arrancado por las manos de los mexicanos y se oían sus gritos mientras se lo llevaban. La noche era cada vez más negra y turbia de bruma y lluvia, y en lo alto de los templos las antorchas ardían iluminando siluetas que se debatían en lo alto de los peldaños rojos, y los cuchillos de obsidiana bajaban y subían sin descanso, y seguían sonando los tambores. Bum, bum, bum, bum. Pero el soldado de los ojos azules ya no oía los tambores porque su corazón latía aún más fuerte en su pecho y en sus tímpanos. Las piernas se le hundían en el barro y el brazo le dolía de matar. Una piragua vomitó más guerreros aullantes que se abalanzaron sobre el grupo, y éste se deshizo, y se oyó la voz del capitán Alvarado diciendo corred, corred que ya no queda nadie detrás, corred cuanto podáis y que cada perro se lama su badajo. Y luego todo fue una carnicería espesa, tunc, y cling, y chas, carne desgarrada y golpes de maza y tajos de espadas, y el soldado oyó más gritos de españoles que morían o pedían clemencia mientras los arrastraban hacia los templos, y se dijo: yo no. El hijo de mi madre no va a terminar de ese modo. Llegaré a Veracruz y a Cuba y a España, y compraré esa tierra que me espera, y envejeceré contando mil veces cómo fue esta asquerosa noche. El oro le pesaba cada vez más y lo hundía en el barro, pero no quiso dejarlo, no lo dejaré nunca, he pagado por cada onza, y sigo pagando.

     Vio ante sí unos ojos oscuros como los de aquella india en la que pensaba a trechos, pero éstos venían llenos de odio y la mano que se alzaba ante él enarbolaba una maza. Se abrazó al mexicano, un guerrero águila pequeño y valiente, y abrazados rodaron por el fango, golpeando el otro, acuchillando él. Tajó en corto con la daga, porque había perdido la espada. Sácame de aquí, Dios, sácame de aquí, Dios de los cojones, sácame vivo, maldito seas, sácame y la mitad de este oro la emplearé en misas, y en tus condenados curas, y en lo que te salga de los huevos. Llévame vivo a Veracruz. Llévame vivo a Tacuba. Llévame vivo aunque sólo sea hasta el próximo puente, que ya me las apañaré yo luego.

     Siguió adelante, y ya ningún otro español iba a su lado. Soy el último, pensó. Soy el último de nosotros en este puñetero sitio. Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. Soy la retaguardia de Cortés y de su puta madre, y este oro me pesa tanto que ya no puedo caminar. Estaba cubierto de barro y de agua y de sangre suya y mexicana, y los pies se negaban a moverse, y el brazo le dolía de tanto acuchillar. Estaba ronco de dar gritos y le ardían los pulmones y la cabeza; pero el hueco del corazón seguía allí, y no podía dejar de pensar en ella.

     Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mi. Igual se pregunta si he logrado pasar. Igual hasta siente que me vaya.

     Más indios. Ahora ya no intentó escapar. Carecía de fuerzas, así que acuchilló resignado, una y otra vez, cuando la turba le cayó encima dando alaridos. Acuchilló a tajos con una mano sobre el saco de oro y la daga en la otra hasta que sintió un golpe en la cabeza, y luego otro, y otro, y varias manos lo sujetaron, y aún intentó clavarles la daga hasta que comprendió que ya no la tenía. Entonces le arrancaron el saco de oro y se lo llevaron por la calzada bajo la lluvia, a la carrera, arrastrando los pies por el suelo, hacia una de las pirámides cuyos escalones brillaban rojos a la luz de las antorchas en las que crepitaba la lluvia. Y gritó, claro. Gritó cuanto pudo, desesperado, de forma muy larga, muy angustiada, a medida que lo iban subiendo a rastras pirámide arriba. Gritó de pavor ante la multitud de rostros que lo miraba, y de pronto dejó de gritar porque la había visto a ella. La había visto allí, entre la gente, observándolo fijamente con aquellos ojos grandes y oscuros. Lo miraba como si quisiera retenerlo en su memoria para siempre; y él apenas tuvo tiempo de verla un instante, porque siguieron arrastrándolo hasta el altar ensangrentado, que rodeaban cadáveres de españoles con las entrañas abiertas. Ahora oía otra vez los tambores.

     Bum, bum, bum. Tiene huevos acabar así, pensó. Bum, bum, bum. Es un lugar extraño, y nunca imaginé que fuese de esta manera.

     Sintió cómo lo levantaban en vilo, tumbándolo boca arriba sobre el altar mojado que olía a sangre fresca, a vómitos de miedo, a vísceras abiertas.

       Le quitaron el peto, el jubón y la camisa. Sentía un terror atroz, pero se mordió la lengua para no gritar, porque ella estaba allí, alrededor, en alguna parte, y él sabía que seguía mirándolo. Varias manos le inmovilizaron brazos y piernas. Quiso rezar, pero no recordaba una sola palabra de maldita oración alguna. Tenía los ojos desorbitados, muy abiertos a la lluvia que le caía en la cara, y de ese modo vio el cuchillo de obsidiana alzarse y caer sobre su pecho, con un crujido. Y en el último segundo, antes de que la noche se cerrara en sus ojos, aún pudo ver latir en alto, entre las manos del sacerdote, su propio corazón ensangrentado.

     Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules.

        Arturo Pérez-Reverte.

5 juillet

Los buques suicidantes

Capitulo I. Cuentos de navegantes

 

LOS BUQUES SUICIDANTES (Horacio Quiroga)

 Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por h o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento; si tienen las velas desplegadas recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.  Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas.  Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo.  Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes.

Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no obteniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita.  En el buque no había nadie.  Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes.  No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden.  Y faltaban todos.  ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente.  Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje susurrante, oía estremecida.  Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la ronca voz de los marineros en proa.  Una señora muy joven y recién casada se atrevió: –¿No serán águilas...?

El capitán se sonrió bondadosamente: –¿Qué, señora?  ¿Águilas que se lleven a la tripulación?

Todos se rieron, y la joven hizo lo mismo, un poco cortada.

Felizmente un pasajero sabía algo de eso.  Lo miramos curiosamente.

Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.

–¡Ah!  ¡Si nos contara, señor! –suplicó la joven de las águilas.

–No tengo inconveniente –asintió el discreto individuo–. En dos palabras: en los mares del norte, como el María Margarita del capitán, encontramos una vez un barco a vela.  Nuestro rumbo –viajábamos también a vela–, nos llevó casi a su lado.  El singular aire de abandono que no engaña en un buque llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo.  Al fin desprendimos una chalupa; a bordo no se halló a nadie, todo estaba también en perfecto orden.  Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión.  Aun nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas.  Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo para el gobierno del nuevo buque.  Viajaríamos en conserva.  Al anochecer aquél nos tomó un poco de camino.  Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente.  Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido.  Ni un objeto fuera de su lugar.  El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión.  En la cocina hervía aún una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo.  A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos.  Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación.  Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya.

Llegó mediodía y pasó la siesta.  A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso.  Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar.  Uno se sentó en un cabo arrollado y se sacó la camiseta para remendarla.  Cosió un rato en silencio.  De pronto se levantó y lanzó un largo silbido.  Sus compañeros se volvieron.  Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo.  Un momento después dejó la camiseta en el rollo, avanzó a la borda y se tiró al agua.  Al sentir ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido.  Pero enseguida parecieron olvidarse del incidente, volviendo a la apatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua.  Pasó media hora; el sol iba cayendo.  Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.

–¿Qué hora es?

–Las cinco –respondí. El viejo marinero que me había hecho la pregunta me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos.  Miró largo rato mi pantalón, distraído.  Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban, se acercaron rápidamente y observaron el remolino.  Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos.  Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado.  Los otros desaparecieron uno tras otro.  A las seis, el último de todos se levantó, se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.  Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto.  Todos sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque.

Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida.  Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques.  Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad.

–¿Y usted no sintió nada? –le pregunté

– Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más.  No sé por qué no sentí nada más.  Presumo que el motivo es éste: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya.  Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió.  Poco después el narrador se retiraba a su camarote.  El capitán lo siguió un rato de reojo.

–¡Farsante! –murmuró.

–Al contrario –dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra–.  Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado también al agua.

3 juillet

Cuentos de Navegantes

¡NO OS LO PERDAIS!

Meciéndonos por el suave oleaje, fondeados o amarrados a puerto nos aguardan los cuentos de este emocionante libro publicado por alfaguara. Las antologías son en sí mismas creaciones, pues el acto de elegir equivale casi al acto de crear, sobre todo en la selección de cuentos sobre una temática concreta, en este caso marinera: "Cuentos de navegantes" son breves narraciones tomadas de la literatura universal en torno a viajes náuticos o circunvalaciones, atracos en alta mar, buques, viajes fantasmas y naufragios... Personalmente, os la recomiendo.

 

Prólogo

Sobre barcos, marinos y libros

     Desde que accedí al privilegio de viajar en un velero propio, con el que suelo moverme por el Mediterráneo —navegar por ese mar venerable es hacerlo por la propia memoria—, cuando subo a bordo sólo llevo libros relacionados con la navegación: novela, ensayo marítimo, historia naval, exploracioneso maniobra. Desde las series marineras de Patrick O’Brian, Forester o Kent a Ferdinand Braudel, pasando por los grandes nombres, Conrad, Melville y compañía, las memorias del capitán Alonso de Contreras, la

Naval Chronicle o las relaciones de las campañas navales napoleónicas La cacería de Alejandro Paternain, la Odisea, el periplo del cartaginés Hannón o El cazador de Barcos de Justin Scott, eso incluye todo cuanto sobre el mar se ha escrito y llega a caer en mis manos. Cualquier otro libro está proscrito a bordo, y en caso de ser descubierto como polizón es pasado en el acto por la quilla. Las tradiciones son las tradiciones, aunque sea uno mismo quien se las invente; y en el mar, mucho más que en tierra firme. Fue así como Kanaka, novela marítima de Juan Bautista Duizeide, plenamente ortodoxa en cuanto a materia narrativa, me hizo oportuna y buena compañía en cierta ocasión, durante un recorrido otoñal entre la costa española y las islas Eólicas, donde el Strómboli, rumbo a Nápoles. La lectura fue grata, el viaje no tuvo más vientos equivalentes o superiores a fuerza siete que los inevitables en esa época del año, y llegué a la última página con la melancolía de quien se despide de un viejo amigo, justo cuando me hallaba en lugar tan añejamente literario como el que los antiguos navegantes situaban, con respetuoso temor, entre Scylla y Caribdis; y donde hoy, bajo el más prosaico nombre de estrecho de Messina, el principal peligro para el marino no es ya la furia de los elementos o la cólera de los dioses, sino los ferrys que, a veinte nudos de velocidad, cruzan a cada momento entre Sicilia y la península italiana.

     Contraje durante aquellos días, de isla en isla y de volcán en volcán, una deuda de gratitud con Juan Bautista Duizeide. Y dedicar unas pocas líneas a la presentación de esta antología, Cuentos de navegantes, es una forma de poner, al menos en parte, las cosas en su sitio. Para ser del todo consecuente, la lectura de las páginas de pruebas, que me envió a España su editor y el mío en la Argentina, mi amigo Fernando Esteves, también la hice a bordo; esta vez no entre singladura y singladura italiana, sino fondeado durante la pasada Semana Santa en Ibiza, islas Baleares, al socaire de un temporal de Levante que hacía imposible asomar la proa fuera de la cala donde había echado dos anclas engalgadas, sintiéndome muy aliviado de poder hacerlo, en seis metros de sonda con cincuenta y cinco de cadena —que era, en realidad, cuanta cadena llevaba a bordo—. Tuve así tiempo, durante aquellos tres días sin otra ocupación que vigilar no garrease el fondeo, de leer despacio cuanto en este volumen, ahora en manos del lector y ya editado como Dios manda, viene a continuación. Y tal vez sea que me ciega la pasión, o la afición, o como diablos se considere el asunto náutico; pero lo cierto es que permanecí atornillado —trincado, diría un marino— a sus páginas, entre otras cosas porque más de la mitad de estas historias breves, incluso los dos tercios, si ceñimos mucho el viento, me eran completamente desconocidas. Así que las cosas se han complicado por mi parte con el antólogo responsable del asunto: ocuparme de leer y prologar modestamente esos relatos no sólo no equilibra mi deuda con él, sino que la incrementa. El trabajo de rastreo y selección resulta oportuno e impecable, y su resultado es de una belleza que sabrán apreciar tanto los lectores aficionados al mar como los que se conforman —cada cual tiene sus gustos, y en materia de gustos no me meto— con mantener asentados los pies en una tierra firme que, lamento ser aguafiestas, no es en realidad tan firme como parece. Me encanta, por cierto, el detalle de registrar casi notarialmente, negro sobre blanco, que los escritores anglosajones no tienen, pese a la tradición y a una fama por otra parte merecidísima, el monopolio de la buena literatura escrita sobre el mar. Los textos de Maupassant, de Schwob o del entrañable Pierre Mac Orlan demuestran que también en otras lenguas hubo y hay mucho que decir al respecto. En cuanto al idioma extraordinario, bellísimo, que hablan cuatrocientos cincuenta millones de personas en España y América, también se encuentra aquí dignamente representado: Arlt, Borges, Mutis, Coloane, García Márquez, Quiroga y otros. Que se dice pronto. No están todos los autores ni todos los relatos navales que merecen estar, por supuesto; pero ésta es sólo una antología —decir limitada sería una redundancia—, y a ese efecto resulta objetivo cumplido y más que suficiente. O a mí me lo parece.

     Por todo eso, envidio la oportunidad que se ofrece al lector de este volumen de enfrentarse por primera vez, si es que las desconoce, a las historias que le aguardan amarradas, fondeadas, navegando, al garete o en las profundidades del mar, en cada una de estas líneas y en cada una de estas páginas: el enamorado que se embarca para olvidar, el thriller náutico, la capitana pirata, la Tierra del Fuego, la Patagonia chilena, el ansia de partir, el naufragio, el Río de la Plata, el mercante desaparecido, el buque fantasma, la lucha con el mar, la víspera del día D, el encuentro inquietante, el submarino, el puerto, la dama misteriosa, el gaviero, el diálogo filosóficohumorístico entre el capitán y el oficial de un buque a punto de hundirse... Mar y marinos, peripecias, aventuras, reflexiones, vida y muerte en los escenarios sobre los que el hombre navega y escribe desde que existe su memoria. Una forma estupenda de adentrarse en la vasta, inmensa geografía de la literatura naval. Así que, si aceptan un humilde consejo, busquen el lugar adecuado: un sillón cómodo, un hueco en la arena de la playa, un banco frente al mar, la cubierta de un barco, un puerto, la orilla de un río, el lugar del autobús donde, inclinados sobre las páginas de un libro, nadie puede arrebatarnos los sueños. Suban a bordo, lean y naveguen, si gustan. Como decían los viejos corsarios, lesdeseo buen viento y buena caza.

A

RTURO PÉREZ-REVERTE

De la Real Academia Española