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30 juillet

El Afgano

                                                                                        EL AFGANO

Creo haber relatado en más de una ocasión mi inveterada aficion por los best-sellers, esos libros de los que dicen huir aquellos que consideran que leer, además de un placer íntimo, es un ejercicio de distinción mediante el cual significarse y diferenciarse de los demás.
Hay lectores que no solo se esfuerzan por encontrar perlas en ediciones solitarias y escondidas, sino que intentan, por lo menos, que sean de tirada no superior a los quince mil ejemplares: entonces, el placer es redondo y la superioridad con la que te miran si dices que te has distraído mucho con El Codigo Da Vinci alcanza cotas de autentico vértigo. He comprobado lo divertido que resulta provocarlos cuando están en foros propicios a su especie: si dos elementos de espesura cultural
demostrable están discutiendo acerca del compromiso de la poesía estructural de Fulanito, acostumbro a sacar a colación una provocacion que no falla y que no es otra que decirles lo bien que me lo pase con la novela de Vizcaíno Casas dedicada al puterío selecto de tiempos del franquismo. Niñas al salón se llamaba, no os la perdáis, concluyo. No sabes si es que creen haberte oído eructar o si el gesto que hacen de girar medio cuerpo hacia otro lado es para evitar contagiarte de algo.
Tú puedes quedar como un palurdo retrogrado, pero te ríes muchísimo con la cara que se les queda a ellos, esos estupendos seres que desprecian, por ejemplo, a Pérez- Reverte, por el simple hecho de vender trescientos mil ejemplares de cada libro.
Un autor de mi preferencia y que este tipo de lectores desprecia hastalímites insospechados, por el que tengo in disimulada veneración, es Frederick Forsyth, creador de relatos de acción excelentemente armados y de éxito incontestable.
Su reciente novela, El afgano, es un prodigio mas de como la escritura esta al servicio del lector sin el necesario prurito de hacer literatura -cosa que si le pasa al en otro tiempo excelente Le Carre- y sin mas justificación que la de hacer negocio con el disfrute de los demás.
Y, encima, reconocerlo, como hace Forsyth. La fabula del británico es tan magnifica como lo fue El veterano o El puño de Dios y cumple con una de las características de sus novelas: la acomodación de la trama a la actualidad mundial. Al Qaeda, Bin Laden, el MI5, la CIA y otras hierbas conforman un argumento que sirve, entre otras cosas, no solo para entretenerse, sino para entender perfectamente la historia de los hervideros afgano y pakistaní, que no es poco.
Ni que decir tiene que el bueno, por supuesto, es la hostia de bueno y los malos son malos de cagarse -que es lo que pedimos los lectores limitados por prejuicios intelectuales y simplismo existencial-, con lo que, de momento, te posicionas ante la narración como lo hacíamos de pequeños ante las películas de vaqueros o de romanos: como parte interesada y sufridora. El ritmo, la tensión, el conocimiento de los terrenos que exhibe el puñetero hacen que uno no se despegue de las paginas ni siquiera para contestar al camarero que nos pregunta lo de la leche fría o caliente. No es el libro que nos elevara el espíritu, que nos hará mejores, que nos magullara el cojín de las emociones, pero, al igual que otros volúmenes nacidos con vocación entretenedora, si es el libro que nos hará despreocuparnos de otros menesteres.
Y alármese: la hipótesis de trabajo con la que Forsyth construye la historia (Forsyth es verosímil, no un maestro de la ciencia ficción) es la de un próximo atentado de Al Qaeda; en esta ocasión no serian los aviones los medios de ataque, sino que aquello que utilizarían los suicidas y fanáticos islamistas seria un barco, un gran petrolero que atracar y explotar en un puerto cualquiera de Occidente o en un estrecho estratégico que bloquear para estrangular la economía mundial.
Pero no es exactamente así como lo desarrolla este tío. No les cuento mas, sorpréndanse ustedes mismos.

Y luego díganselo a su amigo cultísimo...



Carlos Herrera

25 juillet

Con luz de leña


                                                                 CON LUZ DE LEÑA


Hay lugares cerrados que conservan en el tono de su luz la penumbra adecuada para no abrirle demasiado los ojos a los sueños. Otros sitios tienen a su favor esa tentadora música suave que envuelve la felicidad en un halo de creativa y agradable tristeza.
Conozco restaurantes bien situados cerca del mar que carecen en cambio de la luz adecuada o de la música que personalmente habría
deseado para ese instante en el que se cierne sobre la mesa, como un presentimiento, el mágico olor de una cena sincera en la que se estanque luego la sobremesa en el ralentí de la conversión, entre el humo emérito y tardío de los cigarrillos. Que todo eso se dé a la vez en un mismo lugar sólo recuerdo que me haya ocurrido en la noche del domingo, nada más poner los pies en "O Loxe Mareiro", el "bar-colmado" que funciona desde hace tres años en Carril-Vilagarcía de Arousa.
En la restauración de la vieja casa marinera, el pintor Nacho Salorio empleó un sutil toque de simple dignidad, evitando caer en la
fácil tentación del costumbrismo o en la estúpida vanidad de lo snob.
Encintó las piedras y empleó en el techo como vigas los rudos travesaños de una batea. Añadió luego al ambiente una rapsodia de
cuadros y el toque inimitable de una discografía en cuya sonoridad Dios sólo se atrevería a pisar descalzo, y remató su creación propagando por el espacio una serena y reacia luz desigual, casi intestina, calculada para los dulces y atónitos ojos glaucos de un escéptico soñador insomne. Sobre una mesa arde en un velón la blanda pápula gótica de una aguada llama amarilla, y entre la vajilla de la mesa más grande, languidece como en cuclillas una lámpara en cuya tulipa arde una suave pompa de luz que a mí me pareció que tuviese la pasión justa para refrescarle el pólipo de grafito al perplejo paladar de la bombilla. Por una ventana abierta a la izquierda de la barra se ve, como en una pintura firmada con luz de gas, una penumbra de mar y nubes bajas en la que destella en rojo, como una ensimismada pincelada sin tema, el faro del puerto.
Sonaba "You make me feel so young" en la voz melancólica de Chet Baker, subrayada a ratos por esa manera tan suya de tocar la trompeta como si en el nostálgico glisando de la melodía se esfumase el último tren en el que atrasa la esperanza antes de que el devastador transcurso del tiempo se coma inexorablemente la memoria, el paisaje y los raíles.
Entones le dije a Nacho Salorio: "Amigo mío, esta luz y la trompeta de Chet Baker hacen que tenga la sensación de estar viviendo uno de esos inefables instantes de agradable congoja en los que tan hermoso resulta entristecerse sin que la razón tenga motivos". Salí luego a la terracita tras los pasos de Emilia. Se cerraba como "al dente" la noche sobre los contados residuos de la plomiza luz del día y quedaban apenas a flote el deshuesado nido del fósforo, la lenta retreta de nuestros corazones y el suave chaston de la bajamar.
Refrescaba. Emilia se recogió en el perlé de sus propios brazos y me dijo: hay momentos del atardecer en los que mirando hacia Poniente, se presiente la luz de Vietnam; otras veces intuyo la hermosa amargura de la decadente luz de Venecia; y casi siempre, esta luz, ¿sabes?, la luz precaria que se esfuma, hace que disfrute este momento como si lo estuviese recordando". Era julio, había nubes bajas y estaba anocheciendo en otro idioma sobre el Mar de Arousa. Casi a nuestros pies, la marea pronunciaba sin lengua una ortografía de arena con escollos.
"Tienes razón, Emilia, amiga mía. Fíjate en las luces que puntean la costa. ¡Dios Santo!, ese reflejo en el agua pasmada...ese reflejo,
querida Emilia, ese reflejo resulta antiguo, eterno y entrañable como si se tuviesen destiñendo en el mar las llamas frías de un fardo de calmosa luz de leña"...
Al regresar a la barra y recuperar la conversación con Nacho Salorio, no recuerdo si se lo dije, pero sé que lo pensé: "¿Sabes,
amigo?, creo haber descubierto aquí la extraña y lacónica felicidad que sólo excepcionalmente producen las cosas que fomentan la tristeza, e incluso aquellas otras que, lisa y llanamente, facilitan la muerte".
Recuerdo que también temí por la amarga e inevitable brevedad del momento. Y pensé decirle: "¿Joder!, Nacho, amigo mío, algo tan
melancólico y tan hermoso, nos está ocurriendo hoy, pero de lo que nos haya ocurrido hoy, maldita sea, ¿cuántos años habrán pasado mañana?"...



J.L.Alvite

18 juillet

Ron con vinagre

 

                                                                    Ron con vinagre

Se llamaba Francis Drake. Presumía de tener fuego en la barba y escamas en el pellejo. Temeroso de Dios, cuando se lanzaba al abordaje lo hacía con un cuchillo entre sus dientes y una Biblia prieta contra el pecho. El cuchillo era regalo de la reina Isabel I, su benefactora.
Cortaba dedos completos de sortijas y en su hoja tenía grabada la patraña que justificaría sus gestas: Quien te golpea me golpea. Por lo dicho, sir Francis Drake fue un tiburón en la mar y un reptil en la corte, al que Lope de Vega inmortalizó en «La Dragontea». Esto pasaba en épocas célebres, cuando el León Ibérico rugía por toda Europa y la reina Virgen, resentida por no podernos guindar el sol que más calienta, otorgaba a la chusma patente de corso para arrancarnos el colorao. Con todo, desde Lope hasta hoy, a lo largo y ancho de los tiempos, las correrías de estos canallas han venido salpicando de ron nuestros sueños de aventura, convirtiendo al pirata más abyecto en un tío simpático.

Ahora que desde Hollywood nos abordan con una nueva entrega de sus «Piratas», película favorecida con el parné del Imperio y donde sigue de prota Johnny Deep y donde también aparece el Keith Richards después de esnifarse las cenizas de su viejo, ahora se hace preciso recordar aquí la figura del escritor que, sin moverse del sitio, viajó por mares y océanos, trepó cuerda gorda, sopló velas y, no contento, desafió tormentas antes de romper su pluma para siempre. Se llamaba Emilio
Salgari y escribió un buen número de aventuras piratas, magnificando en cada página las acciones de estos bárbaros, salpicándolos de tinta y convirtiéndolos, a golpe de pluma, en la hermandad benefactora que pondría en práctica lo que los ilegalistas, inspirados por Proudhon, denominaban recuperación individual.
Cualquier tiempo pasado nunca fue mejor y quien apueste lo contrario aborrece la libertad, sin embargo, cuando se trata de penetrar en algunos aspectos, las cadenas del ayer nos siguen apretujando todavía.
Al día de hoy, en que las patentes de corso se otorgan en despachos acondicionados para el ladronicio y el código penal se aplica con embudo y los criminales son investidos con la gracia parlamentaria, al día de hoy se echan de menos aquellos tiempos en que la verdadera canalla se hacía a la mar con arrojo, único medio de conseguir el botín ajeno.
Aunque las intenciones siguen siendo las mismas, las diligencias empleadas no lo son y, por esto, los piratas que nos ha tocado sufrir
resultan antipáticos. Como si, por efecto del tiempo, el ron se hubiera convertido en vinagre o, mejor todavía, y por decirlo con palabras gruesas, donde nunca hubo corazón al menos quedaban cojones. Los mismos que hoy les faltan a los del cerro Hollywood que saquean la memoria de Salgari para hacer taquilla.

Montero Gonzalez

9 juillet

El crucero del Snark

EL CRUCERO DEL SNARK

 

Para mí mis deseos e ilusiones son lo más importante. Y lo que más me gusta es sentirme personalmente realizado -alcanzar, no los logros que provocan el aplauso general, sino los que me satisfacen íntimamente-. Es la sensación de «¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho con mis propias manos!». Mas, para mí, los logros personales han de ser algo concreto. Prefiero ganar una carrera en la piscina, o permanecer montado en un caballo empeñado en lanzarme por los aires, antes que escribir la gran novela americana. Cada uno tiene sus prioridades. Otros muchos preferirían escribir una gran novela antes que ganar una carrera en la piscina o conseguir domar un caballo.

Probablemente el logro del que me siento más orgulloso, mi vivencia más intensa, ocurrió cuando tenía diecisiete años. Estaba a bordo de una goleta de tres palos frente a las costas de Japón. Yen medio de un tifón. Toda la tripulación había estado en cubierta durante la mayor parte de la noche. A las siete de la mañana me hicieron salir de la litera para que me hiciera cargo del timón. No llevábamos izado ni un palmo de trapo. Navegábamos a palo seco, pero seguíamos avanzando a buena velocidad. La distancia entre olas debía de ser de aproximadamente un octavo de milla, pero el viento batía con fuerza sus crestas llenando el aire con tales raciones que era imposible poder ver más de dos olas a la vez. La goleta era prácticamente ingobernable, escoraba constantemente a estribor y a babor, viraba y cabeceaba hacia cualquier rumbo entre el sudeste y el sudoeste, y crujía cuando las olas la levantaban bruscamente amenazando con volcarla. Si hubiese llegado a volcar se habría perdido irremediablemente junto con las vidas de todos los que íbamos a bordo.

Me puse a la caña. El contramaestre me observó durante un rato. Dudaba de mí por mi juventud: creía que quizá no tuviese la fuerza ni los nervios necesarios; pero cuando me vio gobernar la goleta entre unas cuantas olas se dio por satisfecho y bajó a desayunar. De repente, todos estaban abajo desayunando. Si hubiésemos volcado, ninguno de ellos habría podido llegar jamás a cubierta. Durante cuarenta minutos estuve a solas con la rueda del timón, dominando la salvaje navegación de la goleta y con las vidas de veintidós hombres en mis manos. En una ocasión me entró una gran ola por popa. La vi venir a tiempo y, medio ahogado por las toneladas de agua que me caían encima, logré mantener el rumbo y enfilar correctamente la proa. Al cabo de una hora, empapado y extenuado, me relevaron. Pero ¡lo había conseguido! Con mis propias manos había conseguido dominar el timón y conducir cien toneladas de madera y acero a través del viento y de millones de toneladas de agua.

Mi satisfacción radicaba en que yo lo había hecho, no en que veintidós hombres supiesen que yo lo había hecho. Un año más tarde, la mitad de aquellos hombres habían muerto, pero mi satisfacción por lo conseguido no se redujo a la mitad. No obstante, debo confesar que me gusta contar con una pequeña audiencia. Pero tiene que ser una audiencia muy limitada y compuesta únicamente por personas que me quieran y a las que yo quiera. Cuando consigo algún logro personal siento que de alguna manera justifico su amor hacia mí. Pero esto es algo que ya se aparta de la satisfacción del logro por sí mismo. Es una satisfacción personal, mía, y que no depende de testigos. Cuando consigo algo así, me emociono. Resplandezco. Me siento orgulloso de mí mismo, y este orgullo es mío y solamente mío. Es algo orgánico. Cada una de mis fibras se excita. Es algo muy natural. Es algo así como la satisfacción de adaptarse al entorno. Es el éxito.

Una vida vivida es una vida con éxito, y el éxito es lo que nos permite respirar. Superar una dificultad importante significa adaptarse a un entorno muy exigente. Cuanto más nos cueste alcanzar la meta, mayor será la satisfacción que sentiremos al lograrlo. Esto es lo que le sucede al hombre que salta a la piscina desde el trampolín, efectúa una pirueta en el aire y entra de cabeza al agua. En el momento en que se separa del trampolín penetra en un entorno hostil, y si cae plano sobre el agua pagará muy caro su error. Naturalmente, nada le obligaba a correr ese riesgo. Podría haberse quedado plácidamente tendido sobre la arena gozando de la brisa veraniega, el sol y la comodidad. Sólo que no ha sido concebido para esto. En el momento en que efectuaba su pirueta en el aire vivía algo que jamás habría experimentado dormitando sobre la arena.

Por lo que a mí respecta, preferiría ser ese hombre que se arriesga que uno de los que le observan desde el borde de la piscina. Por este motivo estoy construyendo el Snark. Estoy hecho así. Sencillamente, quiero hacerlo. La singladura de vuelta al mundo implica vivencias muy intensas. Quédate junto a mí durante un momento y fíjate. Aquí estoy, un pequeño animal llamado hombre; una pequeña cantidad de materia viva, sesenta y siete kilos de carne y sangre, nervios, tendones, huesos y cerebro: todo ello muy blando y delicado, fácil de estropear, falible y frágil. Si le doy un ligero bofetón a un caballo más tozudo de la cuenta, me rompo los huesos de la mano. Si sumerjo la cabeza en el agua durante más de cinco minutos, me ahogo. Si me caigo desde seis metros de altura, me descalabro. Soy un ser muy sensible a la temperatura. Unos pocos grados para abajo y mis dedos y orejas no tardarán en ponerse oscuros y acabarán cayéndose. Algunos grados para arriba, y mi piel se cubrirá de ampollas y llagas que me dejarán en carne viva. Unos grados más en cualquiera de los dos sentidos, y la luz y la vida se alejarán de mi cuerpo. Si una serpiente venenosa inyecta en mi cuerpo una gota de veneno, dejaré de moverme -dejaré de moverme para siempre-. Una brizna de plomo que salga de un rifle para penetrar en mi cabeza, y me veré envuelto en una oscuridad eterna.

Falible y frágil, una porción de vida gelatinosa y pulsante, eso es lo que soy. A mi alrededor existen poderosas fuerzas naturales: colosales amenazas, titanes de la destrucción, monstruos carentes de toda sensibilidad que se preocuparán menos por mí de lo que yo me cuido de los granos de arena que crujen bajo mis pies. No les importaré lo más mínimo, no me conocen, carecen de conciencia, de piedad y de moral. Son los ciclones y tornados, rayos y nieblas, mareas y maremotos, corrientes y trombas de agua, vórtices y remolinos, terremotos y erupciones volcánicas, olas que atruenan al estrellarse contra los acantilados y mares capaces de triturar a los navíos más poderosos convirtiendo en papilla a sus tripulaciones o lanzándolas a las aguas hacia una muerte segura. Y todos estos monstruos no saben nada acerca de este pequeño ser, todo nervios y debilidad, y que se considera a sí mismo como totalmente normal pero quizás algo superior a los demás.

Yo tendré que buscar mi camino entre la confusión y el caos producidos por los conflictos de estos potentes y sedientos titanes. Esa pequeña porción de materia viva que soy yo tendrá que triunfar sobre ellos. Esta pequeña porción de materia viva se considerará divina si logra domarlos y ponerlos a su servicio. Es bueno vencer una tempestad y considerarse divino. Estoy seguro de que cuando una porción finita de materia viva gelatinosa y pulsante se siente divina, experimenta una sensación infinitamente más gloriosa que la de un dios sintiéndose divino.

Aquí está el mar, el viento y la ola. Aquí están los mares, los vientos y las olas de todo el mundo. Aquí está un entorno realmente feroz, y es muy difícil llegar a adaptarse a él; pero conseguirlo es algo que colmará mi pequeña vanidad.

Me gusta. Yo estoy hecho así. Es mi forma personal de vanidad, eso es todo.

 

JACK LONDON.