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1 mai

ARTICULO

Esta mañana junto con un correo recibí este articulo. Me pareció tan interesante
el tema que toca la señora Posadas que no me pude resistir a colgarlo.
Espero vuestros comentarios, después yo haré el mío...
Fredo

Mi hermano Gervasio, que está a punto de publicar su primera novela
(divertidísima, por cierto), me hizo ver el otro día algo en lo que yo nunca
había reparado. Las revistas femeninas están llenas de consejos,
advertencias y estrategias sobre cómo mejorar nuestras relaciones con los
hombres. Las masculinas, en cambio, hablan de cómo mejorar los bíceps…
También de cuál es el mejor restaurante del momento, qué loción evita la
caída del pelo y cómo vestir sexy; pero de temas sentimentales, ni una
línea. Para hacerme la interesante podría citar ahora al inefable Byron,
pero prefiero tomar el camino de la Antropología: según esta ciencia, lo que
sucede es que a las mujeres nos gusta hablar de nuestros sentimientos y a
los hombres les horroriza. Dice la doctora Louann Brizendine, cuyo libro El
cerebro femenino está batiendo récords, que todo viene de que nosotras
hablamos tres veces más que los hombres. De hecho, utilizamos 20.000
palabras por día y los hombres, apenas 7.000. Hasta aquí todos los expertos
están de acuerdo, pero después surgen las diferencias, porque mientras
Brizendine asegura que hablar es «casi tan placentero como el sexo», otra
famosa especialista, Alexandra Jacobs, opina que con dar la lata a nuestro
hombre con eso de que hay que ‘hablar’ los problemas lo único que
conseguimos es debilitar los lazos que nos unen. Su libro se llama, muy
adecuadamente, La solución es no-hablar. Hablar o no hablar, ésa es la
cuestión, pero mientras decidimos a qué bando apuntarnos, he aquí otro punto
en el que están de acuerdo las dos autoras. Las mujeres deberíamos
entrenarnos en comprender que los silencios masculinos en ningún caso son
señal de rechazo o repudio. «No es que no nos quieran –aclara Brizendine–,
simplemente están siendo muy varoniles.» Otra cosa que sorprende mucho a las
mujeres y que también hay que recordar siempre, según estas sabias
estudiosas, es que la cabeza masculina funciona de manera diferente de la
nuestra. Por ejemplo, cuando observamos a un hombre sentado con la mirada
perdida en el infinito y, preocupadas, le preguntamos en qué está pensando,
la contestación más habitual es «en nada». «No es posible –pensamos
inmediatamente nosotras–, nos está mintiendo, ¿qué le pasará? ¿Estará
enfermo?, ¿preocupado?, ¿deprimido?» Y la respuesta a tan terribles
incertidumbres, queridas mías, es «no». Ese hombre no está pensando en nada,
algo inaudito para nosotras, que siempre estamos dale que dale al cerebro,
pero es así. Este tipo de diferencias es el que hace que unos y otras no nos
entendamos. Personalmente, como soy de pocas palabras, no me importa que los
hombres que tengo cerca lo sean también, pero me resulta incomprensible, en
cambio, eso de que piensen «en nada» o que rehúyan hablar de los problemas
cuando los hay. Sin embargo, para ese escapismo sentimental, también tiene
explicación la doctora Brizendine: la testosterona, según ella, reduce la
parte del cerebro que se ocupa de registrar las palabras emocionales. En
otras palabras: el hombre no registra esas 13.000 palabras que nos separan.
Uf, qué alivio, pienso yo, así que no se está haciendo el sordo, es sordo.

Como ven, el tema resulta apasionante y da para mucha discusión. ¿Pueden
modificarse su forma de ser o la nuestra? ¿Será la educación lo que hace que
los hombres no escuchen y que las mujeres hablen de más? Las feministas han
intentado varias veces lograr que los niños más pequeños jueguen a las
muñecas o a las cocinitas para que se críen más sensibles, más atentos. Pero
sus experimentos han acabado siempre en eso, en experimentos (cuando no con
la cabeza de la muñeca convertida en pelota de fútbol y la cacerola, en
tambor). La actual peste de lo políticamente correcto nos hace creer que
todo lo que no nos gusta o no comprendemos del otro puede ser modificado.
Pero yo pienso que es más práctico saber que sentimos diferente y comprender
que lo que ellos hacen o dejan de hacer se debe, sencillamente, a que, como
dice la canción, Men are different… Y nosotras, también.

....gracias por echarnos un cabito Doña Carmen.