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9 mars

Me ha oido?

                                                                   ¿Me ha oido?...

dijo el capitán‑. Le he preguntado si conoce la historia de España.

‑Poco y mal ‑respondí.

‑Así son los sabios. No saben. Bien, siéntese, que le voy a contar un curioso episodio de esa historia.

El capitán se sentó en un diván y, maquinalmente, me ins­talé a su lado, en la penumbra.

‑Señor profesor, escúcheme bien, pues esta historia le in­teresará en algún aspecto, por responder a una cuestión que sin duda no ha podido usted resolver.

‑Le escucho, capitán ‑le dije, no sabiendo bien adónde quería ir a parar y preguntándome si tendría aquello rela­ción con nuestro proyecto de evasión.

 ‑Señor profesor, si no le parece mal nos remontaremos a 1702. No ignora usted que en esa época, vuestro rey Luis XIV, creyendo que bastaba con un gesto de potentado para ente­rrar los Pirineos, había impuesto a los españoles a su nieto el duque de Anjou. Este príncipe, que reinó más o menos mal bajo el nombre de Felipe V, tuvo que hacer frente a graves dificultades exteriores. En efecto, el año anterior, las casas rea­les de Holanda, de Austria y de Inglaterra habían concerta­do en La Haya un tratado de alianza, con el fin de arrancar la corona de España a Felipe V para depositarla en la cabeza de un archiduque al que prematuramente habían dado el nom­bre de Carlos III. España hubo de resistir a esa coalición, casi desprovista de soldados y de marinos. Pero no le faltaba el dinero, a condición, sin embargo, de que sus galeones, car­gados del oro y la plata de América, pudiesen entrar en sus puertos.

»Hacia el fin de 1702, España esperaba un rico convoy que Francia hizo escoltar por una flota de veintitrés navíos bajo el mando del almirante Cháteau‑Renault, para protegerlo de las correrías por el Atlántico de las armadas de la coalición. El convoy debía ir a Cádiz, pero el almirante, conocedor de que la flota inglesa surcaba esos parajes, decidió dirigirlo a un puerto de Francia. Tal decisión suscitó la oposición de los marinos españoles, que deseaban dirigirse a un puerto de su país, y que propusieron, a falta de Cádiz, ir a la bahía de Vigo, al noroeste de España, que no se hallaba bloqueada. El almirante de Cháteau‑Renault tuvo la debilidad de plegarse a esta imposición, y los galeones entraron en la bahía de Vigo. Desgraciadamente, esta bahía forma una rada abierta y sin defensa. Necesario era, pues, apresurarse a descargar los galeones antes de que pudieran llegar las flotas coaliga­das, y no hubiera faltado el tiempo para el desembarque si no hubiera estallado una miserable cuestión de rivalidades. ¿Va siguiendo usted el encadenamiento de los hechos?

‑Perfectamente ‑respondí, no sabiendo aún con qué mo­tivos me estaba dando esa lección de historia.

‑Continúo, pues. He aquí lo que ocurrió. Los comercian­tes de Cádiz tenían el privilegio de ser los destinatarios de todas las mercancías procedentes de las Indias occidentales. Desembarcar los lingotes de los galeones en el puerto de Vigo era ir contra su derecho. Por ello, se quejaron en Madrid y obtuvieron del débil Felipe V que el convoy, sin pro­ceder a su descarga, permaneciera embargado en la rada de Vigo hasta que se hubieran alejado las flotas enemigas. Pero, mientras se tomaba esa decisión, la flota inglesa hacía su aparición en la bahía de Vigo el 22 de octubre de 1702. Pese a su inferioridad material, el almirante de Cháteau‑Renault se batió valientemente. Pero cuando vio que las riquezas del convoy iban a caer entre las manos del enemigo, incendió y hundió los galeones, que se sumergieron con sus inmensos tesoros.

El capitán Nemo pareció haber concluido su relato que, lo confieso, no veía yo en qué podía interesarme.

‑¿Y bien? ‑le pregunté.

‑Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos.

El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obede­cí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré.

En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, clara­mente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipa­dos con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos en­negrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingo­tes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso bo­tín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata.

Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lu­gar en que se habían hundido los galeones fletados por el go­bierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos te­soros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.

‑¿Podía usted imaginar, señor profesor, que el mar con­tuviera tantas riquezas? ‑preguntó, sonriente, el capitán Nemo.

‑Sabía que se evalúa en dos millones de toneladas la plata que contienen las aguas en suspensión.

‑Cierto, pero su extracción arrojaría un coste superior a de su precio. Aquí, al contrario, no tengo más que recoger lo que han perdido los hombres, y no sólo en esta bahía de Vigo sino también en los múltiples escenarios de naufragios registrados en mis mapas de los fondos submarinos. ¿Com­prende ahora por qué puedo disponer de miles de millones?

‑Sí, ahora lo comprendo, capitán. Permítame, sin embar­go, decirle que al explotar precisamente esta bahía de Vigo no ha hecho usted más que anticiparse a los trabajos de una sociedad rival.

-¿Cuál?

‑Una sociedad que ha obtenido del gobierno español el privilegio de buscar los galeones sumergidos. Los accionis­tas están excitados por el cebo de un enorme beneficio, pues se evalúa en quinientos millones el valor de esas riquezas naufragadas.

‑Quinientos millones... Los había, pero ya no.

‑En efecto ‑dije‑. Y sería un acto de caridad prevenir a esos accionistas. Quién sabe, sin embargo, si el aviso sería bien recibido, pues a menudo lo que los jugadores lamentan por encima de todo es menos la pérdida de su dinero que la de sus locas esperanzas. Les compadezco menos, después de todo, que a esos millares de desgraciados a quienes hubieran podido aprovechar tantas riquezas bien repartidas, y que ya serán siempre estériles para ellos.

No había terminado yo de expresar esto cuando sentí que había herido al capitán Nemo.

‑¡Estériles! ‑respondió, con gran viveza‑. ¿Cree usted, pues, que estas riquezas están perdidas por ser yo quien las recoja? ¿Acaso cree que es para mí por lo que me tomo el tra­bajo de recoger estos tesoros? ¿Quién le ha dicho que no haga yo buen uso de ellos? ¿Cree usted que yo ignoro que existen seres que sufren, razas oprimidas, miserables por ali­viar, víctimas por vengar? ¿No comprende que ... ?

El capitán Nemo se contuvo, lamentando tal vez haber ha­blado demasiado. Pero yo había comprendido. Cualesquie­ra que fuesen los motivos que le habían forzado a buscar la independencia bajo los mares, seguía siendo ante todo un hombre. Su corazón palpitaba aún con los sufrimientos de la humanidad y su inmensa caridad se volcaba tanto sobre las razas esclavizadas como sobre los individuos.

    Fragmento del libro 20.000 Leguas de viaje submarino ( JULIO VERNE )

 

Monumento a Julio Verne en Vigo