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16 febrero

Almas con lejia

 

 

Ahora que los besos, los regalos, y las flores de S. Valentin oscurecen apáticos en el fondo del cajón de la mesilla los unos, y se marchitan ya mustias en el florero de la entrada las otras, me parece muy apropiada esta vieja columna de Alvite , que aunque parezca que es por joder... en realidad lo es.

Espero que os guste tanto como a mí...

 

ALMAS CON LEJIA  (J.L.Alvite)

Solemos enamorarnos de alguien casi por las mismas razones por las que un día decidimos romper. No soportaríamos vivir casados con la persona cuya vida errática tanto nos deslumbro a simple vista.

Al principio nos atrae su errática inclinación hacia esa alucinante precariedad que roza el abismo, pero por desgracia, el alucinante viaje del enamoramiento suele sucumbir en la mueblería. Aquel tipo transeúnte y espontáneo que cortaba para ella bajo la lluvia las flores en el arcén de la carretera, deja de ser interesante tan pronto descubre lo cómodo que resulta encargar por teléfono desde el salón las orquídeas en la floristería.

Todas son muy soñadoras al principio, y adoran la expectativa de vivir eternamente a tu lado entre la niebla, pero transcurrido algún tiempo, no nos engañemos, pasados algunos meses o pocos años, lo que verdaderamente esperan de ti es que tengas a mano las llaves que abran sin margen de error aquel elegante portal en mitad de la niebla. Puede que hayas visto la luz del amor en los ojos de la mujer que te escuchaba mientras le leías aquellas estrofas de "Poeta en Nueva York" sentados en el parque del pueblo, pero si ella te dejó, muchacho, fue porque se cruzó en su camino un tipo que tal vez no leía a Lorca, pero pudo pagarle el billete de avión que los llevó en un periquete a Manhattan. Hay que reconocer que la fuerza romántica de cualquier poeta gana mucho si se transcriben sus versos en un billete de "Delta Airlines". ¿No piensan acaso ellas lo mismo de nosotros? ¿Y no es lógico que así ocurra?

Seamos sinceros. Pasado el inenarrable brote de la pasión, de la temblorosa emoción de las primeras flores nos queda apenas el olfato grosero y poco delicado que nos permite dar por bueno que al volver a casa huelan a comida las gardenias. Por desgracia, el nido del matrimonio suele pudrir los huevos. No sé qué pensáis al respecto, pero a mí una mujer deja de fascinarme tan pronto puedo imaginarla sentada en el retrete. Supongo que a ellas les ocurre lo mismo y que pierden interés en nosotros tan pronto descubren que al mezclarlos con su ropa en la lavadora, tus calzoncillos le destiñen de marrón sus bragas. La separación de la colada suele ser el aviso inconfundible de que al agonizante muñeco del matrimonio ha empezado a rondarle el buitre del divorcio. La fascinación que suscita en su chica el alma límpida del poeta se malogra tan pronto la musa descubre lo mal que el inspirado rapsoda se limpia el culo. Y eso es así por la misma razón por la que al cabo de algún tiempo, ella empieza a llamarle baba a lo que en los deshuesados besos del noviazgo le parecía deliciosa y excitante saliva. Me dijo hace algunos años una amiga con la que había tenido unos cuantos revolcones: "No sé que clase de huella dejará tu personalidad en la mía, cielo, pero dudo que sea tan resistente como las jodidas manchas que tu culo deja últimamente en cama".

Acusé recibo. Sabía que lo nuestro tocaba a su fin. Habíamos caído en el error de esa excesiva franqueza que suele perjudicar los sueños y manchar la cama. Un amor verdadero puede sobreponerse a las insidias, muchacho, pero raras veces sobrevive a la lejía. Tienes que saber que abrirle tu alma a una mujer no está reñido con mantener bien cerrado el culo, igual que ellas saben por la experiencia de sus madres que no es bueno que una mujer le abra de buenas a primeras sus brazos a un hombre sin tomar la precaución de cerrar al mismo tiempo sus piernas.

Dicen los defensores del amor limpio y espiritual que el sexo hay que entenderlo como algo ingrávido, etéreo, como una lírica y surrealista emanación de temblorosa carne flambeada, sin perder de vista que el 80 por ciento del cuerpo humano es agua. Eso dicen y hasta puede que tengan algo de razón. De todos modos, y aun reconociendo que el 80 por ciento del cuerpo femenino sea sólo agua y una orquilla en el alga del pelo, lo cierto es que de las mujeres de mi vida recuerdo lo bien que me lo pasé con el 20 por ciento restante...