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El titulo de estas tres películas en la versión española es "Rebelión a bordo".

 

Los Amotinados de la Bounty

Capítulo I

El abandono

Ni el menor soplo de aire, ni una onda en la superficie del mar, ni una nube en el cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con una pureza incomparable. Las velas de la Bounty cuelgan a lo largo de los mástiles, el barco está inmóvil y la luz de la Luna, que se va perdiendo ante las primeras claridades del alba, ilumina el espacio con un fulgor indefinible. La Bounty, velero de doscientas quince toneladas con una tripulación compuesta por cuarenta y seis hombres, había zarpado de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh, un rudo pero experimentado marinero, quien había acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración. La misión especial de la Bounty consistía en transportar a las Antillas el árbol del pan, que tan profusamente crece en el archipiélago de Taití. Después de una escala de seis meses en la bahía de Matavai, William Bligh, luego de haber cargado el barco con un millar de estos árboles, había zarpado con rumbo a las Indias occidentales, después de una corta estancia en las Islas de los Amigos.

Muchas veces, el carácter receloso y violento del capitán había ocasionado más de un incidente desagradable entre algunos de los oficiales y él. Sin embargo, la tranquilidad que reinaba a bordo de la Bounty, al salir el sol, el 28 de abril de 1789, no parecía presagiar los graves sucesos que iban a ocurrir. Todo parecía en calma, cuando de repente una insólita animación se propaga por todo el navío. Algunos marineros se acercan, intercambian dos o tres palabras en baja voz, y luego desaparecen rápidamente.

¿Es el relevo de la guardia de la mañana? ¿Algún accidente imprevisto se ha producido a bordo?

–Sobre todo no hagan ruido, mis amigos –dijo Fletcher Christian, el segundo de la Bounty–. Bob cargue su pistola, pero no tire sin mi orden. Churchill, tome su hacha y destruya la cerradura del camarote del capitán. Una última recomendación: ¡Le necesito vivo!

Seguido por una decena de marineros armados de sables, machetes y pistolas, Christian se dirigió al entrepuente, luego de haber dejado a dos centinelas custodiando los camarotes de Stewart y Peter Heywood, el contramaestre y el guardiamarina de la Bounty. Se detuvo ante la puerta del camarote del capitán.

–Adelante, muchachos –dijo– ¡derríbenla con los hombros!.

La puerta cedió bajo una vigorosa presión y los marineros se precipitaron al camarote.

Sorprendidos primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos, tuvieron un momento de vacilación.

–¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a...? –exclamó el capitán mientras se bajaba de su catre.

–¡Silencio, Bligh! –contestó Churchill–. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo!

–Es inútil vestirse –agregó Bob–. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te colguemos del palo de mesana!

–¡Ata sus manos por detrás de su espalda, Churchill –dijo Christian–, y súbele hacia el puente!

–Los capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno conoce como tratarles –observó John Smith, el filósofo del grupo–.

Entonces el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia, aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados.

En cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos.

Todos estaban en el puente, formados en silencio. Observaban el aplomo de su capitán que, medio desnudo, avanzaba con la cabeza alta por el medio de aquellos hombres acostumbrados a temblar ante él.

–Bligh –dijo Christian, duramente–, queda destituido de su mando.

–No reconozco su derecho... –contestó el capitán.

–No perdamos el tiempo en protestas inútiles –exclamó Christian interrumpiendo a Bligh. Soy, en este momento, la voz de toda la tripulación de la Bounty. Apenas habíamos zarpado de Inglaterra, cuando ya tuvimos que soportar sus insultantes sospechas, sus procedimientos brutales. Cuando digo nosotros, me refiero tanto a los oficiales como a los marineros. ¡No sólo nunca pudimos obtener la satisfacción de ver cumplidas nuestras demandas, sino que siempre las rechazaba con desprecio! ¿Somos acaso perros, para ser injuriados en todo momento? ¡Canallas, bandidos, mentirosos, ladrones! ¡No había expresión grosera que no nos dirigiese! ¡En verdad, sería necesario no ser un hombre para soportar tal tipo de vida! Y yo, yo que soy su compatriota, yo que conozco su familia, yo que he navegado dos veces bajo sus órdenes, ¿me ha respetado? ¿No me acusó ayer nuevamente, de haberle robado unas miserables frutas? ¡Y los hombres! Por una pequeñez, ¡los grilletes! Por una nimiedad, ¡veinticuatro azotes! ¡Pues bien! ¡Todo se paga en este mundo! ¡Fue muy liberal con nosotros, Bligh! ¡Ahora es nuestro turno! ¡Sus injurias, sus injusticias, sus dementes acusaciones, sus torturas morales y físicas con las que ha agobiado a su tripulación desde hace más de un año y medio, las va a expiar, y a expiarlas duramente! Capitán, ha sido juzgado por aquéllos a los cuales ha ofendido y usted ha sido condenado ¿No es así, camaradas?

–¡Sí, sí, que muera! –exclamaron la mayoría de los marineros, mientras amenazaban a su capitán.

–Capitán Bligh –continuó Christian–, algunos me han hablado de suspenderle en el aire, sujetado por el extremo de una cuerda; otros propusieron desgarrarle la espalda con el gato de las nueve colas, hasta que la muerte sobreviniera. Les faltó imaginación. Yo encontré algo mejor que eso. Además, usted no ha sido el único culpable aquí. Aquéllos que siempre han ejecutado sus órdenes fielmente, por crueles que fuesen, estarían desesperados de estar bajo mi mando. Ellos merecen ir junto a usted donde el viento los lleve. ¡Que traigan la chalupa!

Un murmullo de desaprobación acogió las últimas palabras de Christian que no pareció preocuparse mucho por la reacción de los marineros. El capitán Bligh, al cual estas amenazas no llegaron a perturbar, se aprovechó de un momento de silencio para tomar la palabra.

–Oficiales y marineros –dijo con voz firme–, en mi calidad de oficial de la marina real, y capitán de la Bounty, protesto contra el tratamiento que se me quiere dar. Si desean quejarse sobre la manera en que he ejercido mi mandato, pueden juzgarme en una corte marcial. Pero no han pensado, probablemente, en la gravedad del acto que ustedes van a ejecutar. ¡Atentar contra el capitán es rebelarse contra la ley, imposibilitar vuestro regreso a la patria, ser considerados piratas¡ ¡Más tarde o más temprano les sobrevendrá la muerte ignominiosa, la muerte que se le depara a los traidores y los rebeldes! ¡En el nombre del honor y la obediencia que me juraron, les pido que cumplan su deber!

–Nosotros sabemos perfectamente a lo que nos exponemos –respondió Churchill.

–¡Suficiente! ¡Suficiente! –gritaron a coro los hombres de la tripulación, preparándose para pasar de las palabras a los hechos.

–¡Bien –dijo Bligh–, si necesitan a una víctima, ese soy yo, pero yo solamente! ¡Aquellos compañeros que ustedes condenan junto conmigo, sólo ejecutaron mis órdenes!

La voz del capitán fue ahogada por un concierto de vociferaciones. Bligh tuvo que renunciar a la idea de poder conmover a estos corazones que se habían convertido en despiadados. Mientras, se habían tomado todas las medidas necesarias para que las órdenes de Christian fuesen ejecutadas.

Sin embargo, un intenso debate había surgido entre el segundo a bordo y algunos de los amotinados que querían abandonar en el mar al capitán Bligh y a sus compañeros sin darles un arma y sin apenas dejarles una onza de pan. Algunos –y esta era la opinión de Churchill– manifestaron que el número de los que tenían que abandonar la nave no era lo suficientemente considerable. Era necesario deshacerse también de aquellos hombres que al no haber intervenido directamente en la rebelión, no estaban seguro de sus opiniones. No se podría contar con aquellos que se contentaban con aceptar los hechos consumados. En cuanto a él, aún sentía en su espalda los dolores provocados por los azotes recibidos al haber tratado de desertar en Taití. ¡La mejor, la más rápida forma de curarse, sería entregándole al capitán a él!... ¡Él sabría como tomar venganza por su propia mano!

–¡Hayward! ¡Hallett! –gritó Christian, dirigiéndose a dos de los oficiales,sin tener en cuenta las observaciones de Churchill–, desciendan a la chalupa.

–¿Que le hice, Christian, para que usted me trate así? – dijo Hayward. ¡Es a la muerte a la que me envía!

–¡Las recriminaciones son inútiles! ¡Obedezca, o si no!... Fryer, embarque usted también.

Pero estos oficiales, en lugar de dirigirse hacia la chalupa, se acercaron al capitán Bligh, y Fryer que parecía ser el más determinado de todos se dirigió hacia él diciéndole:

–¿Capitán, quiere usted intentar retomar el barco? Nosotros no tenemos arma alguna, es cierto, pero estos amotinados sorprendidos no podrán resistir. ¡Si algunos de nosotros resulta muerto, eso no importaría! ¡Se puede intentar! ¿Qué le parece?

Ya los oficiales habían tomado las disposiciones necesarias para lanzarse contra los amotinados, que estaban ocupados en desmontar las chalupas, cuando Churchill, a quien esta conversación por rápida que fuera, no se le había escapado, les rodeó con varios hombres bien armados y les obligó a embarcar.

–¡Millward, Muspratt, Birket, y ustedes –dijo Christian mientras se dirigía a algunos de los marineros que no habían tomado parte en el motín–, vayan al entrepuente y escojan lo que consideren más útil! ¡Ustedes acompañarán al capitán Bligh! ¡Tú, Morrison, vigila a estos tunantes! Purcell, tome sus herramientas de carpintero. Se las permito llevar. Dos mástiles con sus velas, algunos clavos, una sierra, un pequeño pedazo de lona, cuatro pequeños envases que contenían unos ciento veinticinco litros de agua, ciento cincuenta libras de galleta, treinta y dos libras de carne de cerdo salada, seis botellas de vino, seis botellas de ron y la caja de licores del capitán. Esto fue todo lo que los abandonados pudieron llevar.  Además llevaban dos o tres sables viejos, pero se les negó llevar cualquier tipo de armas de fuego.

–¿Dónde están Heywood y Steward? –preguntó Bligh, cuando se encontraba en la chalupa– ¿Ellos también me traicionaron?.

Ellos no le habían traicionado, pero Christian había decidido dejarlos a bordo. El capitán tuvo un momento de desaliento y de debilidad perfectamente perdonable, que no duró mucho tiempo.

 –¡Christian –dijo–, le doy mi palabra de honor de olvidarme de todo lo que ha ocurrido, si usted renuncia a su abominable proyecto! ¡Se lo imploro, piense en mi mujer y mi familia! ¡Muerto yo, qué será de todos los míos!

–Si usted hubiera tenido honor –respondió Christian–, las cosas no habrían llegado a este punto. ¡Si usted hubiera pensado más a menudo en su mujer, en su familia, en las mujeres y en las familias de los otros, usted no habría sido tan duro, tan injusto con todos nosotros!

 A su turno, el ex-capitán, en el momento de embarcar, estaba intentando convencer a Christian. Era en vano.

–Hace mucho tiempo que sufro –contestó este último con amargura–. ¡No sabe cuáles han sido mis torturas! ¡No! ¡Esto no podía durar un día más. Además, usted no ignora que durante todo el viaje, yo, el segundo al mando de este navío, he sido tratado como un perro! Sin embargo, al separarme del capitán Bligh, al que probablemente no volveré a encontrar jamás, deseo, por una cuestión de misericordia, no quitarle toda esperanza de salvación. ¡Smith! ¡Desciende al camarote del capitán y trae su vestimenta, su diario y su cartera. Además, entrégale mis tablas náuticas y mi propio sextante. ¡Tendrá la oportunidad de poder salvar a sus compañeros y salir del apuro él mismo!

Las órdenes de Christian fueron ejecutadas, no sin antes generar alguna protesta.

–¡Y ahora, Morrison, suelte la amarra –gritó el segundo de a bordo devenido primero–, y que Dios vaya con ustedes!

Mientras que los amotinados con sus irónicas expresiones despedían al capitán Bligh y a sus infelices compañeros, Christian, apoyado en la borda, no podía quitar los ojos de la chalupa que se alejaba. Este bravo oficial, de conducta, hasta entonces fiel y franca, había merecido los elogios de todos los capitanes a los cuales había servido y ahora se había convertido en el jefe de una banda de piratas. No estaría permitido para él volver a ver a su vieja madre, ni a su novia, ni las playas de la isla de Man, su patria. ¡Su autoestima había caído en un profundo vacío, deshonrada a los ojos de todos! ¡El castigo seguía ya a la falta!

Capítulo II

Los abandonados

Con sus dieciocho pasajeros, oficiales y marineros y las escasas provisiones que contenía, la chalupa que transportaba a Bligh estaba tan cargada, que apenas sobresalía unas quince pulgadas sobre el nivel del mar. Con una longitud de veintiún pies y un ancho de seis, la chalupa parecía estar especialmente apropiada para el servicio de la Bounty; pero, para contener una tripulación tan numerosa, para hacer un viaje un poco largo, era difícil encontrar alguna embarcación más detestable.

Los marineros, confiados en la energía y la habilidad del capitán Bligh y de los oficiales que compartían su misma suerte, remaban vigorosamente, haciendo avanzar a la chalupa rápidamente sobre las olas del mar. Bligh no tenía dudas sobre la conducta a seguir. Era necesario, en primer lugar, volver lo antes posible a la isla Tofoa que era la más cercana del grupo de las islas de los Amigos, de la cual habían salido algunos días antes; allí era necesario recolectar los frutos del árbol del pan, renovar la provisión de agua y luego dirigirse a Tonga-Tabú. Probablemente se podrían abastecer de provisiones en cantidades suficientes como para intentar la travesía hasta los establecimientos holandeses de Timor, si, debido a la hostilidad de los indígenas, no pudieran hacer escala en algunos de los innumerables archipiélagos existentes en esa ruta.

El primer día transcurrió sin incidentes y al anochecer fueron avistadas las costas de Tofoa. Desafortunadamente, la costa era tan rocosa y la playa tenía tantos escollos, que no era posible desembarcar de noche por ese lugar. Era necesario esperar al próximo día.

Bligh, a menos que hubiera una necesidad apremiante, no quería consumir las provisiones de la chalupa. Por tanto, era necesario que la isla alimentara a sus hombres y a él. Pero esto parecía ser algo difícil, ya que al desembarcar no encontraron rastro alguno de habitantes. Algunos, sin embargo, no demoraron en aparecer, y al ser bien recibidos, llegaron otros, que les ofrecieron un poco de agua y algunas nueces de coco.

La turbación de Bligh era grande. ¿Qué decirles a estos indígenas que ya habían comerciado con la Bounty durante su última escala? Antes que nada, lo que más importaba era ocultarles la verdad con el objetivo de no destruir el prestigio que los extranjeros habían adquirido en estas islas. ¿Decirles que venían en busca de provisiones y que la tripulación del barco los esperaban de vuelta? ¡Imposible! ¡La Bounty no era visible, incluso ni desde la más alta de las colinas! ¿Decirles que la nave había naufragado y que ellos eran los únicos sobrevivientes? Era quizás lo más verosímil. Quizás esto les conmovería y les animaría a completar las provisiones de la chalupa. Bligh se decidió por esta última explicación, sabiendo que era peligrosa, y se puso de acuerdo con sus hombres de manera que todos contaran la misma historia.

Mientras los indígenas escuchaban la narración, no eran visibles en ellos ni señales de alegría ni signos de tristeza. Su cara sólo expresaba un profundo asombro y fue imposible conocer cuáles eran sus verdaderos pensamientos. 

El 2 de mayo, la cantidad de indígenas provenientes de otras partes de la isla aumentó de una manera considerable y Bligh pronto comenzó a notar que sus intenciones eran hostiles. Algunos trataron de varar la embarcación en la playa y sólo se retiraron ante las enérgicas demostraciones del capitán que les amenazaba con su machete. Mientras esto ocurría, algunos de los hombres que Bligh había enviado en busca de provisiones, regresaban con tres galones de agua.

El momento de abandonar esta isla inhospitalaria había llegado. Al atardecer, todos estaban listos, aún cuando no sería fácil llegar hasta la chalupa. La playa estaba cubierta por una gran cantidad de indígenas que hacían chocar entre sí algunas piedras, que estaban listas para ser lanzadas. Por tanto, era necesario que la chalupa estuviera cerca de la playa y disponible en el momento en que los hombres estuvieran listos para embarcar. Los ingleses, seriamente preocupados por la actitud hostil de los indígenas, se dirigieron a la playa, rodeados por doscientos salvajes, que sólo esperaban una señal para comenzar el ataque. Sin embargo, afortunadamente, todos habían embarcado en la chalupa y fue entonces cuando uno de los marineros, llamado Bancroft, tuvo la fatal idea de regresar a la playa para recoger un objeto olvidado. En un instante, este imprudente fue rodeado y recibido por los indígenas con una andanada de piedras, sin que sus compañeros, que no poseían armas de fuego, pudieran rescatarlo. Además, en ese propio momento, también ellos comenzaron a ser atacados con una lluvia de piedras.

–¡Adelante, muchachos –gritó Bligh–, de prisa, a los remos y remen fuerte!

Los indígenas, entonces, se adentraron en el mar y comenzaron a lanzar una andanada de piedras sobre la embarcación. Algunos hombres fueron heridos. Pero Hayward, recogió una de las piedras que habían caído dentro de la chalupa y se la lanzó a uno de los asaltantes en medio de los dos ojos. El indígena cayó de espaldas dando un gran grito, al cual respondieron los hurras de los ingleses. Su infortunado camarada había sido vengado.

Mientras tanto, varias canoas aparecieron de inmediato en la playa y comenzó la caza. Esta persecución podía haber terminado en una lucha en la cual su resultado no parecía ser el más exitoso. Fue entonces cuando el oficial mayor de la tripulación tuvo una idea luminosa.

Sin sospechar que estaba imitando a Hipómenes en su lucha con Atalanta, se despojó de su chaqueta y la lanzó al mar. Los indígenas, a la vista de una posible presa, se detuvieron para recogerla, y esto tiempo fue aprovechado por la chalupa para doblar la punta de la bahía.

Mientras, la noche había caído y los indígenas, ya sin esperanzas, abandonaron la persecución de la chalupa.

Esta primera tentativa de desembarco no había tenido un resultado feliz y la opinión de Bligh era la de no volver a intentarlo.

–Ha llegado el momento de tomar una decisión –dijo –. Los sucesos ocurridos en Tofoa volverán a ocurrir, probablemente, en Tonga-Tabú, y en cualquier lugar donde pretendamos entrar. Numéricamente débiles y sin armas de fuego, estaremos absolutamente a merced de los indígenas. Sin objetos de intercambio, no podemos comprar provisiones y nos es imposible conseguirlas mediante la fuerza. Por tanto sólo dependemos de nuestros propios recursos. Sin embargo, ustedes conocen, amigos míos, tan bien como yo, cuán miserables son ellos. ¿No es mejor conformarse con lo que tenemos y no arriesgar, en cada desembarco, la vida de muchos de nosotros? Sin embargo, no quiero ocultarles el horror de nuestra situación. ¡Para llegar a Timor, tendremos que viajar unas mil doscientas millas y tendremos que contentarnos diariamente con una onza de galleta y un cuarto de pinta de agua! Este es el precio de la salvación, contando además que encontraré en ustedes la más absoluta obediencia. ¡Respóndanme sin segundas intenciones! ¿Están de acuerdo en llevar esta empresa hacía delante? ¿Juran ustedes obedecer mis órdenes, cualquiera que ellas sean? ¿Prometen someterse sin protestar a estas privaciones?

–¡Sí, sí, lo juramos! –exclamaron a una sola voz los compañeros de Bligh.

–¡Mis amigos –dijo el capitán–, es necesario también olvidar nuestros recíprocos resentimientos, nuestras antipatías y nuestros odios, en una palabra, sacrificar nuestros rencores personales al interés de todos, que es lo que debe guiarnos!

–Lo prometemos.

–Si ustedes cumplen su palabra –agregó Bligh–, y si fuera necesario sabré como obligarles a cumplirla, respondo de nuestra salvación.

La chalupa puso entonces rumbo al oeste-noroeste. El viento, que soplaba fuerte, desató una gran tormenta en la noche del 4 de mayo. Las olas eran tan altas, que la embarcación desaparecía entre ellas y parecía no poder sostenerse a flote. El peligro aumentaba a cada instante. Empapados y helados, los pobres desgraciados, aquel día, solo tuvieron para reconfortarse una copa de ron y la cuarta parte del fruto de un árbol del pan casi podrido.

Al siguiente día y durante los días siguientes, la situación no cambió. La embarcación pasó en medio de innumerables islas, en las cuales se divisaban algunas piraguas.

¿Estaban éstas preparadas para darles caza, o para traficar? Debido a la duda, hubiera sido imprudente haberse detenido. Además la chalupa, cuyas velas se hinchaban debido al fuerte viento, pronto se alejaba a una buena distancia. El 9 de mayo, se desató una terrible tormenta. El trueno y los relámpagos se sucedían sin interrupción. La lluvia caía con tanta fuerza, que las más violentas tormentas de nuestros climas no pudieran dar una idea exacta de la magnitud de esta. Era imposible que la ropa se secara.

Bligh, entonces, tuvo la idea de mojar sus vestimentas con el agua del mar y llenarlas de sal, con el propósito de devolver a la piel, el calor quitado por la lluvia. Sin embargo, estas torrenciales lluvias que causaron tantos sufrimientos al capitán y a sus compañeros, les salvaron de una de las torturas más horribles, las torturas de la sed, que un insoportable calor hubiera pronto provocado. El 17 de mayo, en la mañana, luego de una espantosa tormenta, las lamentaciones llegaron a ser unánimes.

–¡No tendremos fuerzas para llegar a Nueva Holanda! –exclamaron los pobres desgraciados. Calados por la lluvia, agotados por el cansancio, no tendremos jamás un momento de descanso! Estamos casi muertos de hambre, ¿no aumentará usted nuestras raciones, capitán? ¡Poco importa que nuestras provisiones se agoten! ¡Las repondremos fácilmente cuando lleguemos a Nueva Holanda!

–Me niego –contestó Bligh–. Hacerlo implicaría actuar como un loco. ¡Cómo! ¡Hemos recorrido la mitad de la distancia que nos separa de Australia, y ya ustedes no abrigan esperanzas! ¿Creen, además, que podremos encontrar provisiones fácilmente en las costas de Nueva Holanda? No conocen ni el país ni a sus habitantes.

Y Bligh comenzó a describir a grandes rasgos las características del suelo, las costumbres de los indígenas, lo que relató fue una parte de todas las cosas que había llegado a conocer en su viaje con el capitán Cook. Por esta vez, sus compañeros de infortunio le escucharon y permanecieron callados. Los quince días siguientes fueron animados por un claro sol que les permitió secar sus vestimentas. El 27 fue divisada la costa oriental de Nueva Holanda. El mar estaba tranquilo, bajo este cinturón madrepórico y algunos grupos de islas de exótica vegetación, hacían agradable la vista. Desembarcaron en la isla, avanzando con suma precaución. Las únicas huellas encontradas que denotaban la presencia de los indígenas fueron restos de hogueras, hechas mucho tiempo atrás. Por tanto era posible pasar una buena noche en tierra. Pero era necesario comer. Afortunadamente uno de los marineros descubrió un banco de ostras. Era un obsequio real.

Al día siguiente, Bligh encontró en la chalupa un cristal de aumento, un eslabón y azufre. Por tanto fue posible hacer fuego, y con él se cocieron algunos moluscos y pescados.

Bligh planeó dividir la tripulación en tres escuadras. Una de ellas debía poner en orden la embarcación; las otras dos debían ir en busca de provisiones. Pero varios hombres se quejaron con amargura, declarando que era mejor cenar que aventurarse hacia el interior de la isla.

Uno de ellos, más violento o más irritado que sus camaradas, llegó a decirle al capitán:

–¡Un hombre vale lo mismo que otro, y no veo porqué siempre está descansando! ¡Si tiene hambre, vaya y busque algo que comer! ¡Lo que hace aquí, yo también lo puedo hacer! 

Bligh, comprendiendo que este intento de motín debía ser detenido al momento, tomó uno de los machetes y lanzando otro a los pies del rebelde, le gritó:

–¡Defiéndete, o te mato como a un perro!.

Esta enérgica actitud hizo replegarse al rebelde, y el descontento general se calmó. Durante esta escala, la tripulación de la chalupa recolectó una gran cantidad de ostras, moluscos e hizo acopio de agua dulce.

Un poco después, de los dos destacamentos enviados a la caza de las tortugas y los nodis, el primero regresó con las manos vacías; el segundo había cazado seis nodis, y hubieran atrapado más si uno de los cazadores, al apartarse de los demás, no las hubiese espantado.

Este hombre confesó, más tarde, que había capturado nueve de aquellos volátiles y que se los había comido crudos inmediatamente.

Sin las provisiones y el agua dulce, que habían recogido en la costa de Nueva Holanda, era seguro que Bligh y sus compañeros hubieran perecido. Además, todos estaban en un estado miserable, flacos, demacrados, exhaustos. Eran reales cadáveres.

El viaje por mar, para llegar a Timor, resultó ser la dolorosa repetición de los sufrimientos ya soportados por estos pobres desgraciados antes de alcanzar las costas de Nueva Holanda. Solamente, la fuerza de resistencia había disminuido a todos, sin excepción. Después de algunos días, sus piernas permanecieron hinchadas.

En este estado de debilidad extrema, fueron agobiados por un incesante deseo de dormir. Eran las señales iniciales de un final que no podía retrasarse mucho más. Bligh, advirtiendo esta situación, distribuyó doble ración a aquellos que se encontraban más débiles y procuró darles un poco de esperanza. Finalmente, en la mañana del 12 de junio, la costa de Timor apareció, después de una travesía de tres mil seiscientas dieciocho millas recorridas en las más difíciles condiciones. La bienvenida que los ingleses recibieron en Cupang fue de las mejores. Permanecieron en la ciudad durante dos meses para recuperarse. Luego, Bligh, que había comprado una pequeña goleta, llegó a Batavia, desde donde embarcó para Inglaterra.

Fue el 14 de marzo de 1790 cuando los abandonados desembarcaron en Portsmouth. La narración de las torturas que habían soportado alentó la simpatía de muchas personas y la indignación de todas las personas de buen corazón. Casi inmediatamente, el Almirantazgo procedió a armar la fragata La Pandora, de veinticuatro cañones y una tripulación de ciento sesenta hombres y la envió en persecución de los amotinados de la Bounty.

Ahora se verá en lo que se habían convertido.

Capítulo III

Los amotinados

 La Bounty, después de haber abandonado al capitán Bligh partió hacia Tahití. Ese mismo día, avistaron Tubuai. El agradable aspecto de esta pequeña isla, rodeada de una gran cantidad de piedras madrepóricas, invitaba a Christian a desembarcar; pero las demostraciones de los habitantes parecían muy amenazadoras y no se efectuó el desembarco.

Fue el 6 de junio de 1789 cuando anclaron en la bahía de Matavai. La sorpresa de los tahitianos fue grande al reconocer la Bounty. Los amotinados encontraron allí a los indígenas con los que habían comerciado durante una escala anterior, y ellos les contaron una historia, en la cual mezclaron el nombre del capitán Cook, del cual los tahitianos habían conservado el mejor recuerdo. El 29 de junio, los amotinados partieron nuevamente hacia Tubuai y comenzaron a buscar alguna isla que estuviera situada fuera de la ruta habitual de los barcos, cuyo suelo fuera lo suficientemente fértil para alimentarles, y en la cual pudieran vivir en completaseguridad.

Vagaron de archipiélago en archipiélago, cometiendo toda clase de saqueos y violencias, que la autoridad de Christian podía raramente impedir. Luego, cansados de buscar, fueron atraídos por la fertilidad de Tahití, por las sencillas y pacíficas costumbres de sus habitantes, retornaron a la bahía de Matavai. Allí, las dos terceras partes de la tripulación descendieron inmediatamente a tierra. Pero, en la tarde del propio día, la Bounty levó el ancla y desapareció, antes de que los marineros que habían desembarcado comenzaran a sospechar la intención de Christian de partir sin ellos. Abandonados a su propia suerte, estos hombres se establecieron sin muchos problemas en diferentes distritos de la isla. Stewart, el contramaestre y Peter Heywood, el guardiamarina, los dos oficiales a quienes Christian había excluido del castigo impuesto contra Bligh y que habían sido retenidos en contra de sus voluntades, permanecieron en Matavai cerca del rey Tippao, donde poco después Stewart esposó a la hermana. Morrison y Millward se presentaron ante el jefe Peno, que les dio la bienvenida. En cuanto a los otros marineros, penetraron al interior de la isla y no tardaron en casarse con algunas tahitianas. Churchill y un loco furioso llamado Thompson, después de haber cometido todo tipo de crímenes, riñeron. Churchill murió en esta lucha y Thompson fue apedreado por los indígenas. Así perecieron dos de los amotinados que habían tomado la parte más activa en la rebelión.

 Los otros, al contrario, por su buena conducta, se ganaron la estima de los tahitianos. Sin embargo, Morrison y Millward veían siempre el castigo pendiendo sobre sus cabezas y no podían vivir tranquilos en esta isla donde hubieran sido fácilmente descubiertos. Entonces, tuvieron la idea de construir una embarcación, sobre la cual tratarían de llegar a Batavia, con el propósito de unirse al mundo civilizado. Con ocho de sus compañeros y con herramientas de carpintero, consiguieron, después de ardua labor, construir un pequeño velero que llamaron La Resolución, y lo fondearon en una bahía ubicada detrás de una de las puntas de la isla, llamada punta de Venus. Pero la imposibilidad absoluta de proveerse de velas les impidieron hacerse a la mar. Durante este tiempo, convencidos de su inocencia, Stewart cultivó un jardín y Peter Heywood reunió los materiales de un vocabulario que fue, más tarde, muy útil a los misioneros ingleses.

Sin embargo, dieciocho meses habían transcurrido cuando, el 23 de marzo de 1791, un velero bordeó la punta de Venus y se detuvo en la bahía Matavai. Era La Pandora, que había sido enviada por el almirantazgo inglés, en persecución de los amotinados.

Heywood y Stewart se apresuraron en subir a bordo, dijeron sus nombres y funciones, declarando que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó y fueron encadenados inmediatamente, así como a todos sus compañeros, sin averiguar más detalles. Tratados con la inhumanidad más indignante, cargados de cadenas, amenazados con ser fusilados si usaban la lengua tahitiana para conversar entre ellos, fueron encerrados en una jaula de once ¡ pies de largo, ubicada en la extremidad del castillo de popa, al cual un aficionado de la mitología identificó con el nombre de "caja de Pandora" El 19 de mayo, La Resolución que había sido proveída de velas y La Pandora se hicieron a la mar. Durante tres meses, estos dos veleros cruzaron a través del archipiélago de los Amigos, donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados pudieran haber buscado refugio. La Resolución, de un débil calado, había prestado eficaces servicios durante esta travesía; pero desapareció en las vecindades de la isla Chatam y aunque La Pandora permaneció durante varios días buscando el velero, nunca más se oyó hablar de La Resolución, ni de los cinco marineros que se encontraban a bordo.

La Pandora había tomado el camino a Europa con sus prisioneros, cuando en el estrecho de Torres, el barco chocó contra un arrecife de coral y se hundió inmediatamente con treinta y uno de sus marineros y cuatro de los rebeldes.

La tripulación y los prisioneros que habían escapado al naufragio pudieron llegar a un islote arenoso. Allí, los oficiales y los marineros construyeron tiendas de lona; mientras los amotinados, expuestos a los ardores de un sol tropical, tuvieron que, para encontrar un poco de alivio, enterrarse en la arena hasta el cuello. Los náufragos permanecieron en este islote durante algunos días; luego todos llegaron hasta la isla Timor en las chalupas de La Pandora y la vigilancia tan rigurosa a la que fueron sometidos los rebeldes no se desatendió en momento alguno, a pesar de la gravedad de las circunstancias. Al llegar a Inglaterra en el mes de junio de 1792, los amotinados comparecieron ante un consejo de guerra presidido por el almirante Hood. Los debates duraron seis días y terminaron con la absolución de cuatro de los acusados y la condena a muerte de otros seis, por el crimen de deserción y secuestro del navío confiado a su custodia. Cuatro de los condenados fueron colgados a bordo de un barco de guerra; los otros dos, Stewart y Peter Heywood, cuya inocencia había sido finalmente reconocida, fueron perdonados.

¿Pero que había ocurrido con la Bounty? ¿Había naufragado con los últimos rebeldes a bordo? Era algo imposible de saber.

En 1814, veinticinco años después de ocurridos los hechos, con los cuales comienza esta narración, dos buques de guerra ingleses cruzaron Oceanía bajo las órdenes del capitán Staines. Se encontraban, al sur del archipiélago Peligroso, a la vista de una isla montañosa y volcánica que Carteret había descubierto en su viaje alrededor del mundo, y a la cual le había dado el nombre de Pitcairn. Era sólo un cono, casi sin playa, que se elevaba a pico sobre el mar, cubierto hasta su cúspide de bosques de palmeras y árboles del pan. Esta isla nunca había sido visitada; se encontraba a 1171 millas de Tahití, a los 25 grados y 2 minutos de latitud sur y los 130 grados y 5 minutos de longitud oeste; su superficie no medía más de cuatro millas y media de circunferencia y una milla y media solamente en su eje más grande, y solo se conocían los datos que Carteret había suministrado.

El capitán Staines decidió reconocer la isla y comenzó a buscar un lugar apropiado para desembarcar.

Al aproximarse a la costa, se sorprendió al ver algunas chozas, unas plantaciones y en la playa dos indígenas que, luego de haber lanzado una embarcación al mar y franquear hábilmente la resaca, se dirigían hacia el barco. Pero su asombro llegó al máximo posible cuando escuchó, en excelente inglés, las siguientes palabras:

–¡Eh! ¡Ustedes, necesitamos una cuerda para subir a bordo!

Apenas llegaron a cubierta, los dos robustos remeros fueron rodeados por los asombrados marineros que les agobiaron con preguntas a las cuales ellos no supieron contestar. Conducidos ante el comandante, fueron interrogados formalmente.

–¿Quiénes son ustedes?

–Yo me llamo Fletcher Christian y mi compañero, Young.

Estos nombres no le decían nada al capitán Staines, que estaba muy lejos de pensar en los supervivientes de la Bounty.

–¿Desde cuando están aquí?.

–Nacimos aquí.

–¿Cuántos años tienen?.

–Tengo veinticinco años –respondió Christian– y Young dieciocho.

–¿Fueron sus padres arrojados a esta isla por algún naufragio?

Entonces, Christian le hizo al capitán Staines la conmovedora confesión que sigue y de la cual estos son los principales hechos:

Al abandonar Tahití y dejar en ella a veintiuno de sus compañeros, Christian, que tenía a bordo de la Bounty la narración del viaje del capitán Carteret, puso proa directamente hacía la isla Pitcairn, cuya posición juzgo conveniente para lograr sus propósitos. Veintiocho hombres componían entonces la tripulación de la Bounty. Estaba formada por Christian, el aspirante Young y siete marineros, seis tahitianos que se le habían unido en Tahití, entre los cuales habían tres hombres acompañados de sus mujeres y un niño de diez meses, además tres hombres y seis mujeres, indígenas de Tubuai.

La primera medida de Christian y de sus compañeros, tan pronto como hubieron llegado a la isla Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos. Sin duda, ellos perderían toda posibilidad de abandonar la isla, pero el cuidado de su seguridad así lo exigía.

El establecimiento de la pequeña colonia se hizo con dificultades, entre gentes a las que solo les unía la complicidad de un crimen. Pronto, comenzaron las peleas sangrientas entre los tahitianos y los ingleses. En el año 1794, sólo cuatro de los amotinados habían sobrevivido. Christian había sido acuchillado por uno de los indígenas que él había secuestrado. Todos los tahitianos habían sido exterminados.

Uno de los ingleses que había encontrado la forma de fabricar bebidas con la raíz de una planta indígena, terminó siendo víctima de su embriaguez y en un momento de delirium tremens, se precipitó al mar, cayéndose desde la punta de una colina.

Otro, preso de un momento de furiosa locura, se había lanzado sobre Young y uno de los marineros, llamado John Adams, quien se vio forzado a matarle. En el año 1800, Young murió durante una violenta crisis de asma. John Adams era entonces el último sobreviviente de la tripulación de amotinados. Sólo y acompañado por varias mujeres y veinte niños, nacidos de la unión de sus compañeros con las tahitianas, el carácter de John Adams se modificó profundamente. Tenía entonces treinta y seis años; había visto tantas escenas de violencia y crímenes, había visto la naturaleza humana bajo sus más tristes instintos que después de haber reflexionado, decidió enmendar el pasado. En la biblioteca de la Bounty, que había sido trasladada a la isla, había una Biblia y varios libros de oraciones.

John Adams que frecuentemente los leía, se convirtió, inculcó excelentes principios a la joven población que lo consideraban como a un padre, y acabó siendo, por la fuerza de los acontecimientos, el legislador, el gran sacerdote y, por así decirlo, el rey de Pitcairn.  Sin embargo, hacia 1814, las alarmas comenzaron a ser incesantes. En 1795, un barco se había acercado a Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de la Bounty se habían escondido en los inaccesibles bosques y no se habían atrevido a regresar nuevamente a la bahía hasta que el barco no se alejara.

Este mismo acto de prudencia se repitió en 1808, cuando un capitán americano desembarcó en la isla, donde encontró un cronómetro y una brújula, los cuales envió al almirantazgo inglés; pero el almirante no parecía interesado en estas reliquias de la Bounty. Es cierto que por esta época existían en Europa preocupaciones de más gravedad. Tal fue la narración hecha al comandante Staines por los dos jóvenes, ingleses por sus padres, uno hijo de Christian, el otro hijo de Young; pero, cuando Staines pidió ver a John Adams, este se negó a subir a bordo sin saber que ocurriría con él.

El comandante, después de haberle asegurado a los dos jóvenes que John Adams estaba amparado por la ley, debido a que habían transcurrido veinticinco años desde el motín de la Bounty, descendió a tierra y fue recibido por una población compuesta por cuarenta y seis adultos y un gran número de niños. Todos eran grandes y vigorosos, con una marcada fisonomía inglesa; las jóvenes sobre todo eran admirablemente bellas y su modestia le imprimía un carácter realmente atractivo.

Las leyes puestas en vigor en la isla eran muy simples. En un registro era anotado lo que cada uno había ganado por su trabajo. El dinero era desconocido; todas las transacciones se hacían por medio del intercambio, pero no había industrias, porque la materia prima era escasa. La vestimenta de los habitantes estaba solo conformada por inmensos sombreros y cinturones de hierba. La pesca y la agricultura, eran sus principales ocupaciones. Los matrimonios sólo se efectuaban con el permiso de Adams y sólo cuando el hombre hubiese desmontado y plantado un pedazo de tierra lo suficientemente grande como para proporcionar el sostén de su futura familia.

El comandante Staines, después de haber obtenido los más curiosos documentos sobre esta isla, perdida en las rutas menos frecuentadas del Pacífico, embarcó y regresó a Europa.

Desde entonces, el venerable John Adams terminó su azarosa vida. Murió en 1829 y fue reemplazado por el reverendo George Nobbs, que lo reemplazó en la isla, en las funciones de sacerdote, médico y maestro de escuela. En 1853, los descendientes de los amotinados de la Bounty eran unos ciento setenta. Desde entonces, la población aumentó y llegó a ser tan numerosa que, tres años después, gran parte de ella debió establecerse en la isla Norfolk, que hasta ese momento había sido usada como cárcel de convictos. Pero una parte de los emigrantes recordaban a Pitcairn, aún cuando Norfolk era cuatro veces más grande, la tierra era notable por su fertilidad y las condiciones de existencia eran bien cómodas. Dos años después, varias familias retornaron a Pitcairn, donde continúan prosperando.

Este fue el epílogo de una aventura que había comenzado de una manera tan trágica. Al inicio, los amotinados, los asesinos, los locos, y ahora, bajo la influencia de los principios de la moral cristiana y de la instrucción dada por un pobre marinero convertido, la isla de Pitcairn se convirtió en la patria de una población sencilla, hospitalaria, feliz, donde se pueden encontrar nuevamente las costumbres patriarcales de las primeras edades.

 FIN

* Ver fotos de la Isla Pitcair

 

Blog


29 décembre

Saber amar y otros

Imposible guardame estos poemas que me envio mi queridisima amiga Gala. Aquí os los dejo para que disfruteis con su lectura al igual que yo....

 

AQUEL AMOR QUE DICES SABER AMAR...

  

Aquel amor que dices saber amar, no muere si es amor...

Lastima o gratifica sin causas ni fines...

Del mismo modo que a las tumbas de Micenas sigue la urna de Homero...

 

Vida de luz y sombras..., más vida...

Qué cosa muere cuando lastima en la pretensión que más lastima más muere:

Pero más vive... mejor vive el dolor si se alimenta... y el amor sigue...

 

¿...Muere la esperanza, la ventura...?...

Ellas se subyugan ante la agonía..., la desesperación se incrementa... y el amor aún así... vive...

Y cuando estas dicen morir... retorna las ansias de luz como   si nada ocurriera...

No nacen, reviven en la misma armonía del mismo amor que siempre vive.

 

Aquel amor que dices saber amar, no te sorprenda.

Punza con ensueños y pesares..., vigilia con Oniros, mezclados hedús y el Hades...

Reloj de sombras, luces, figuras, todo...

Tiempos sin tiempos, preñada de sinos... y así vive.

 

Aquel amor que dices saber amar, no muere... si es amor.

 

GITANO

 

 

Viento suave.... 

Aquí estoy... donde siempre...

Hoja muerta que tu brisa arrastra... sin percibir entre mil hojas... 

Te amo viento suave... Llévame al oriente.

Magia de sueños... sin destino... Luces, música... pinceladas de sabores... 

No dejes de envolverme, condúceme... hacia el sino de tu propio sino 

Una hoja caída... no es más que eso... y muerta está.

 GITANO

 

ANOCHE FUI FELIZ

Anoche fui feliz amada mía
como cada noche al abrigo
de la locura más hermosa
de dejarme llevar contigo...
 
Anoche fui feliz amada mía,
amando tus palabras, tus silencios,
los trozos de cielo; el cielo entero,
abrazados con suspiros y anhelos...
 
Anoche fui feliz amada mía,
ebrio de piel  y fantasía
con brillos del propio brillo,
alucinantes, cuando fuiste mía...
 
Anoche fui feliz amada mía,
y desperté con frío.
Ya no sentí el calor,
ya no tenía mi abrigo...
 
Anoche fui feliz amada mía,
que es el sueño mi río
sin cauce al despertar
cada vez que te has ido...
 

*A que son buenisimos....?, Si es que esta chica!!!

24 décembre

Benito Soto - El ultimo pirata gallego -

 

 

EL FIN DE LA TRAVESIA SANGRIENTA

A las nueve de la mañana del 25 de enero de 1830, cinco días después de ser condenado por asesino y pirata, el gallego Benito Soto Aboal, capitán de «La burla negra», salió de su celda para ser ejecutado en Gibraltar por la justicia británica.

La lluvia que caía en Gibraltar aquel día invernal empapaba sin compasión al reo, al cura que lo asistía y a la multitud que se amontonaba en torno al cadalso. A sus 25 años de edad, el gallego Benito Soto Aboal iba a morir ahorcado. Había adelgazado mucho desde su detención, y su semblante, antes curtido por el aire del mar, se había vuelto de un matiz pálido y amarillo en los 19 meses que llevaba preso.

Para cubrir los centenares de metros entre el castillo del Moro y el lugar de la ejecución, el gallego se había vestido con una chaqueta y pantalones blancos; los zapatos se le habían ensuciado de barro y la camisa, desabotonada en el cuello, permitía que el agua le resbalara hasta el pecho. El pelo, antes abundante y espeso, había sufrido un apresurado trasquilón y la navaja del descuidado barbero también le había privado de las grandes patillas que antes lucía.

Nada más terminar el juicio, las autoridades del Peñón le habían ofrecido un confesor, pero Benito respondió que con cuatro días de vida por delante, aún le quedaba tiempo. Debió comprobar cómo las horas pasaban muy deprisa, porque pronto consintió en ver al sacerdote. «Como es católico, su confesión no ha sido hecha pública», relata la crónica oficial de los funcionarios anglicanos.

En cuanto llegó ante el dintel de la horca, el condenado rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo prestado por el sacerdote. Después reconoció ante los presentes, en español, la justicia de su condena, al tiempo que los exhortaba a aprender de su muerte y a que rezaran por él. Escuchó la sentencia, leída en inglés y traducida al español, con aire indiferente y los brazos cruzados y una vez terminada, dicen, echó una gran carcajada oteando a la muchedumbre reunida y se despidió con un «adiós a todos».

Luego, como vio que la soga estaba algo alta, se subió bruscamente al ataúd, logró introducir el cuello por el nudo corredizo, se inclinó hacia delante y dio un salto para caer con más fuerza y acelerar la muerte. Pero la cuerda se estiró y sus pies llegaban a rozar el suelo, por lo que tuvieron que cavar un agujero bajo ellos para que el cuerpo quedara colgando y la soga cumpliera su trabajo.

Hecha apresuradamente esta macabra operación, y tras unos pataleos espasmódicos, Benito Soto expiró.

EL INICIO DE LA HISTORIA

La vida del último pirata gallego comenzó el 22 de marzo de 1805, en A Moureira, el arrabal marinero de la ciudad de Pontevedra. Benito Soto era hijo de marinero y, desde aquella lluviosa mañana de invierno en Gibraltar, ostenta para la historia el dudoso honor de ser el último pirata gallego capturado, juzgado y ajusticiado.

Un pirata al estilo clásico que cuentan las leyendas: valiente, agresivo, violento y sanguinario. Pero él fue real. Al igual que sus quince compañeros de tripulación y las víctimas de su fugaz carrera.

Aunque la leyenda lo encuentra acumulando inmensas riquezas a bordo de barcos piratas desde el Caribe hasta las costas del Pacífico, su historia es una breve y siniestra estela que tan sólo duró cinco meses, en una travesía desde el golfo de Guinea hasta la ría de Pontevedra.

Aunque la preparación arranca de sus primeras correrías como contrabandista en las rías gallegas, el prólogo comienza el 22 de noviembre de 1827 en el puerto de Río de Janeiro, donde se embarca como segundo contramaestre del Defensor de Pedro, bergantín negrero y con patente de corso al servicio del emperador de Brasil.

El capitán es Pedro Maris de Sousa Sarmento y la tripulación está formada por 36 aventureros españoles, brasileños, portugueses y franceses.

Tras cruzar el Atlántico, el Defensor de Pedro llegó el 3 de enero a la bahía de Ohue, en el enclave portugués de Mina (actual Ghana). Veinte días después, mientras se estaba preparando el embarque de la carga humana, nace para la negra pero apasionante historia de la piratería Benito Soto.

Dirige el motín que le da posesión del barco, deja en tierra a su antiguo capitán y a los marineros que no han querido seguirle y zarpa el 26 de enero hacia el Atlántico sur en busca de presas con las que enriquecerse. Está a punto de cumplir 23 años y toda una vida por delante.

Su segundo es el culto Victor de Saint-Cyr, familiar del famoso mariscal de Napoleón; y el capitán de presa, José dos Santos. La edad media de la tripulación apenas llega a los 25 años.

Antes de encontrarse con ningún buque, Soto comete su primer asesinato, uno de los dos únicos que reconoció en el juicio. La víctima se llamaba Miguel Ferreira, un ferrolano violento que se enfrentó al nuevo capitán en repetidas ocasiones hasta que éste, harto de que le llevara la contraria, le descerrajó un disparo de pistola en la cabeza y lo tiró al mar.

En los días que siguieron a este suceso, y hasta el 19 de febrero, Benito Soto asienta su poder como comandante de la veintena escasa de piratas que tripulan El defensor de Pedro. En esa fecha, que inició una frenética y aterradora carrera que sólo duró cincuenta días, quisieron el destino y los vientos del sur que se cruzase en el camino del gallego el indiaman (mercante de tres mástiles) británico Morning Star, procedente de Ceilán que se dirigía a Londres con carga general, 17 inválidos que habían servido en el ejército colonial, cuatro esposas de soldados destacados en la India y nueve niños.

Esta primera acción de piratería sería la base principal para condenar a la tripulación del bergantín, ya que varios de los testigos de la sangrienta acción pudieron declarar en el juicio:

ABORDAJE DEL MORNING STAR

Con cinco cañones por banda y uno en la proa, el Defensor de Pedro se acerca al Morning Star. Varios disparos de aviso cada vez más próximos hacen comprender al capitán Thomas Gibbs que su pesado y lento barco no podrá huir y detiene su marcha. Soto le ordena que suba a bordo, pero el inglés envía una embajada que, maltratada por los piratas, es devuelta al mercante.

Por fin, Gibbs sube al Defensor de Pedro y lo primero que recibe, entre las miradas divertidas de la tripulación, es el sablazo en la cabeza que le propina Soto, molesto por la tardanza con que ha cumplido sus órdenes.

Después es arrojado a la bodega en compañía de otros tres marineros. Los piratas abordan el indiaman y se llevan todo lo de valor que encuentran, mientras reparten sablazos a diestro y siniestro entre tripulantes y pasajeros (incluso abusan sexualmente de las mujeres) antes de encerrarlos a todos en el sollado, cerrar los accesos y barrenar el casco para que se hunda. Soto ha decidido que no quiere testigos de sus asaltos, por lo que ordena matar a todos. Horas después, ya alejados del Morning Star, que comienza a hundirse, Gibbs es asesinado en cubierta y sus compañeros, que han saltado al mar para tratar de salvar la vida, son rematados a tiros desde la cubierta.

Mientras tanto, los encerrados en el buque inglés consiguen liberarse, taponar los agujeros, montar un aparejo que los mueva y seguir navegando hacia su destino original, adonde llegarán dos meses después.

Tras el bautismo de fuego, Saint-Cyr propone cambiar el nombre del barco, que pasa a llamarse La Burla Negra, y continúa con su búsqueda de nuevas víctimas que se dirijan a Europa procedentes de las Indias Orientales a través del cabo de Buena Esperanza, o de Suramérica y el Pacífico tras salvar el cabo de Hornos o el estrecho de Magallanes.

El siguiente barco asaltado fue el Topaz, matriculado en Boston. Cuando horas después se alejan de él, esta vez sí, la tripulación pirata ha cumplido las órdenes de Soto y ha asesinado a todos los tripulantes, salvo al capitán y a tres marineros, encerrados en La Burla Negra.

El bergantín bostoniano arde antes de hundirse y los tres supervivientes no tardarían en reunirse en el fondo del mar con sus compañeros.

Esta sería la última fechoría en la que los piratas de Soto intervinieron a sangre y fuego, ya que sus otras cuatro víctimas pudieron seguir viaje tras ser aligerados de la parte más valiosa de su carga y de las pertenencias personales de los tripulantes.

En su declaración en el juicio, Saint-Cyr manifestó que pocos días después de asaltar el Topaz se encontraron con otro mercante al que trataron de abordar, pero los mantuvo a raya con el fuego de sus cañones hasta que cayó la noche y pudo escapar. Varias de las andanadas de ese barco (algunas fuentes lo citan como el Unicorne) impactaron en La Burla Negra y los destrozos aconsejaron al capitán a poner rumbo a las Azores para reparar.

Pero antes de llegar a la isla de San Miguel dieron cuenta de las pertenencias del Cessnock, barco británico que había zarpado de Escocia y que, para su desgracia, se cruzó con ellos.

Las bodegas estaban repletas de los artículos robados y era preciso hacerlos efectivos, por lo que se decidió enfilar hacia España donde poder vender el alijo. Dejando atrás las Azores, el bergantín, de nuevo La burla negra, interceptó al New Prospect, que venía de Londres y, para su suerte, pudo seguir viaje hacia Canarias aunque algo más ligero de carga.

El siguiente fue el buque portugués Ermelinda, al que aliviaron de café, seda y añil. Aquel mes de abril de 1828, era Semana Santa, el Atlántico sufrió varias jornadas de tormenta que maltrataron los mástiles y las velas del barco de los piratas.

Por suerte para ellos, el día 8 avistaron el Sunbury, que regresaba desdde la isla Mauricio hacia la de Wight y, sin más, le robaron el material que necesitaban además de algunos valiosos efectos personales de los tripulantes.

Ellos fueron las últimas víctimas de la breve carrera del último pirata gallego. Entre el 19 de febrero y el 8 de abril, La burla negra abordó seis barcos, cuatro ingleses, un americano y un portugués.

 LA VENTA DEL BOTIN

Tras una corta travesía, el bergantín, de nuevo Defensor de Pedro, fondeó en la ría de Pontevedra, frente a Bueu, el día 17 de abril. Allí Soto, con la ayuda de su tío José Aboal, para quien ya había trabajado en sus años mozos, vendió parte de la carga a empresarios que se dedicaban al contrabando.

Pero la presencia de un bergantín tan sospechoso en el medio de la ría intrigó a las autoridades pese al dinero empleado en sobornos. Buscaron aguas más tranquilas y las elegidas fueron las del puerto de A Coruña, donde prosiguieron con las operaciones de venta de las rapiñas.

Pero una tripulación como aquella, con dinero abundante para gastar y provocadora de numerosos altercados, además de las lógicas indiscreciones hechas bajo la influencia del abundante alcohol que trasegaban, no pasaron inadvertidas en la ciudad. Además, algunos de los marineros que seguían en el grupo por miedo a Soto trataron de denunciar al pontevedrés y éste, al enterarse, comprendió que Galicia ya no era segura y zarpó de la ría coruñesa el 19 de abril rumbo al Mediterráneo con la intención de continuar sus andanzas piratas al amparo de las costas de Berbería, infestadas de colegas de profesión.

En el rol de la tripulación faltaban tres hombres, encarcelados tras protagonizar altercados.

En los 14 días siguientes, Soto cambió de idea. Como ya había conseguido vender gran parte del botín en Pontevedra y A Coruña y había dejado a buen recaudo el resto, decidió acabar con sus correrías y disfrutar del futuro que le podían deparar sus riquezas. Así que cuando navegaban cerca de Cádiz (aunque él, poco experto en pilotar barcos, creía que era Tarifa), ordenó dirigir la proa hacia la playa y embarrancar.

El defensor de Pedro/La burla negra terminó con la quilla hundida en el arenal de Santa María, un gran agujero en el casco y con la tripulación, de catadura muy sospechosa, tratando de explicar los pormenores del incidente a las autoridades. Era el 9 de mayo.

LA DETENCION

Benito Soto trata de vender el barco de forma irregular (no en subasta abierta, como era preceptivo, sino al mejor postor) y los marineros repiten sus días de escándalo en A Coruña y Pontevedra, con borracheras, peleas y gastos superiores a los que se suponen a simples marineros.

Todo esto crea grandes sospechas en las autoridades gaditanas, que tres días después detienen a todos menos a Soto, que huye a Gibraltar, y a José de los Santos, que logra embarcar y no se vuelve a saber de él.

Durante el segundo semestre 1828 y todo el año 1829 se cruzan infinidad de oficios, declaraciones e informes entre las autoridades de Pontevedra, A Coruña, Londres, Cádiz y Gibraltar. Para entonces, desde A Coruña han sido enviados a Cádiz los tres tripulantes que no viajaron en la última travesía del bergantín. También llegan a la colonia británica tres de los supervivientes del Morning Star. Reconocen a Benito Soto y se muestran dispuestos a declarar contra los piratas que los asaltaron en el Atlántico sur.

Por fin, el 19 de noviembre de 1929 comienza el juicio contra los piratas de La burla negra en el Arsenal de La Carraca de Cádiz. Los hechos se van desgranando hasta el 3 de diciembre de 1929, fecha en que son dictadas las sentencias: doce penas de muerte por ahorcamiento (dos en rebeldía) y tres condenas a seis, ocho y diez años de cárcel. Las mismas penas que había solicitado el fiscal, teniente de navío Jorge Lasso de la Vega.

AQUELLOS DUROS ANTIGUOS

“Aquellos duros antiguos que tanto en Cai dieron que hablar...”

El fantasma de El defensor de Pedro/La Burla Negra volvió a aparecer en Cádiz tres cuartos de siglo después de que el bergantín pirata quedara encallado en la playa. En aquel mismo lugar, las fuertes mareas del 3 de junio de 1904 sacaron a la luz, entre la arena, una gran cantidad de monedas acuñadas en 1752 y 1757.

Dada su similitud con los duros de la época, así los denominaron los miles de personas que corrieron a apañarlos y que quedaron convencidos de que provenían del botín que habían tenido que abandonar los piratas. El genio de los gaditanos compuso una coplilla, ya universal, que recordaba “Aquellos duros antiguos que tanto en Cai dieron que hablar...”.

Y con aquel barco, con aquellos duros y con esta copla todavía navegó por el escenario del teatro Falla el coro Defensor de Pedro en el Carnaval de Cádiz de este mismo año.

Las autoridades ignoraron el ofrecimiento de Victor Saint-Cyr de ajusticiar él mismo a sus compañeros si se le perdonaba la vida (el verdugo oficial vivía en Sevilla y no parecía muy dispuesto a bajar a Cádiz para hacer tanto trabajo), por lo que tuvo que pasar sus últimos días en una celda separado de los compañeros, que no habían visto con buenos ojos el ofrecimiento. El 11 de enero de 1930, a las 11 de la mañana, se ejecutó la sentencia para seis de ellos y el día siguiente, a las 10, se cumplió la de los otros cuatro.

Sólo un día después, Benito Soto se sentaba en el banquillo de los acusados ante el honorable gobernador general de Gibraltar, sir George Don. Como sabía que tenía poca defensa, sobre todo frente a las declaraciones de sus víctimas, enseguida vio claro el escaso futuro que le quedaba y adoptó una actitud resignada. No obstante sólo se declaró culpable de dos muertes: la del ferrolano Manuel Ferreiro, compañero pirata de las primeras horas de La Burla Negra, y la de un marinero americano del Topaz.

Fueron siete días de juicio, y una sentencia anunciada que confirmaba la que pocos días antes había dictado el tribunal español: muerte por ahorcamiento.

LAS SENTENCIAS

Benito Soto. PONTEVEDRA. 25 años (huido y preso en Gibraltar):

Ahorcado, arrastrado, descuartizado y sus cuartos expuestos en ganchos a orillas del mar.

Jose dos Santos. BRASIL (huido): Colgado, descuartizado y su cabeza expuesta en un gancho a orillas del mar.

Nicolás Fernández. VIVEIRO, 20 años; Antonio de Laida. VIZCAYA, 23 años;Nuño Pereira. PORTUGAL, 25 años; Victor Saint Cyr de Barbazán. FRANCIA, 21 años; Maríe Guillermo Teto. FRANCIA, 22 años: Federico Lerendu. FRANCIA, 23 años: Ahorcados, descuartizados, y sus cabezas expuestas a orillas del mar.

Francisco Goubín. FRANCIA, 32 años; Pedro Antonio. MENORCA (¿OPORTO?), 26 años; Domingo Antonio PORTUGAL, 22 años; Joaquín Francisco. PORTUGAL, 32 años:Ahorcados.

Manuel Antonio Rodríguez, PORTUGAL:Diez años de prisión.

Cayetano Ferreira PORTUGAL; Ocho años de prisión

Manuel José de Freitas PORTUGAL; José Antonio Silva PORTUGAL; Antonio Joaquín PORTUGAL:Seis años de prisión

Joaquín Palabra, GUINEA, 15 años: Sin condena y devuelto a quien sea su propietario.

22 décembre

Filmoteca del mar

 
 
 
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21 décembre

El polvete ucraniano

EL POLVETE UCRANIANO

 

Hace muchos años que no entraba en un puticlub.

En mis tiempos de reportero dicharachero de barrio Sésa­mo, esos antros eran lugares idóneos para que la tribu montase cuar­tel general de lo que fuera, sitio donde recalar tras una jornada dura, abrevade­ros donde podías tomar una copa a palo seco, mirando las botellas de los estan­tes, o en compañía de quien no exigía conversación inteligente, o ni siquiera exigía conversación.

Por supuesto, los puticlubs de entonces -como los de ahora- eran lugares suciamente machis­tas, y tal. Pero diré, en descargo mío y de mis colegas de antaño, que tampoco los reporteros de mi generación éramos espejo de virtudes, pues teníamos asun­tos más urgentes de que ocuparnos. Mandar una crónica, por ejemplo. Una exclusiva del copón titulando en primera. Ahora es distinto, claro. Los reporteros van a las guerras y a las paces -dicen­ por razones exclusivamente humanita­rias, en plan Paulo Coelho. Y cuando entran en un puticlub lo hacen siempre con espíritu redentor y de denuncia, dis­puestos a obtener un testimonio que ter­mine, ya mismo, con todas las guerras y con todos los puticlubs y con todos los males del mundo. Cuando menos. Por eso me fui hace doce años. Yo sólo era un hijo de puta profesional. A ver si me entienden. Un testigo con una cámara.

El otro día, como digo, entré en un puticlub del sur -en realidad anduve por media docena larga- después de muchí­simo tiempo, con un productor de cine gringo que sigue los pasos de Teresa Mendoza, vieja amiga que algunos de ustedes recordarán de cuando ella cruza­ba el Estrecho con el pájaro de Vigilancia Aduanera pegado a la chepa.

Y confieso que el ambiente me pilló desentrenado. En vez de señoras con vestido largo, luz roja y camareros canallas -lo que recordaba de toda la vida- encontré un disco­bar iluminado a tope, música chunda­chunda y doscientas jóvenes más o menos rubias de escueta vestimenta y visibles encantos. Espectaculares, dicho sea de paso. Y estando en ésas, aún de pie junto a la entrada, se acercó una jovenzuela de tetas libérrimas que, con un descaro y una naturalidad escalofriantes, me soltó, con fuerte acento eslavo: «¿Qué, tío, echamos un polvete?». Lo juro. Ni buenas noches, dijo la pava. Ni hola qué tal, ni me llamo Ana Karenina, ni invítame a una copa, ni pepinillos en vinagre. Niet de niet.

Así, recién cruzada la puerta. Tío. Un polvete. Ni siquiera un polvo, o un polvazo, o un revolcón anto­lógico que te vas a caer de la cama, chaval. Y encima, sin tratamiento adicional: simpático, caballero, guapo, por ejemplo. Calculen la diferencia entre «¿Qué, tío, echamos un polvete?» y, por ejemplo, «Hola, guapo, ¿crees que este cuerpazo merece que lo invites a una copa?». Por­que eso es fundamental. Cualquier paquidermo, cualquier tiñalpa, cualquier cuasimodo, entran en un puticlub sobre todo para que alguien les diga guapo, aunque sea con pago de su importe.

Así que háganse cargo. Yo allí, con cin­cuenta y cuatro años y la mili que llevo a cuestas, y enfrente, Nietochka Nezvano­va y su polvete. Hay que ser natural y directa, supongo que le habría explicado su macarra, o su explotador, o su trafi­cante de blancas. Quien fuera. Que los españoles son así. Y entonces me entró una melancolía muy grande, la verdad. En esta ocasión -me van a disculpar las buenas conciencias- no fue por las connotaciones dramáticas del asunto, que también, ni por la triste realidad de las chicas explotadas, etcétera, aspectos todos muy dignos de consideración y de remedio, pero que hoy no son objeto de esta página. La cosa fue por la certeza de que, incluso si yo hubiera entrado en el local con intención de echar algo, lo que fuese, a alguna de las atractivas indi­viduas que deambulaban por el cazadero, cualquier posible encanto del evento, cualquier espíritu jacarandoso por mi parte, cualquier lujuria manifiesta o pre­disposición al intercambio carnal merce­nario, se habría visto enfriada en el acto por la torpe apertura de la moza.

 Por su qué, tío, y su polvete a quemarropa. Pero es que seguramente, deduje, esto es lo que ahora funciona. Lo que demanda el mercado. La distinguida clientela de los puticlubs ya no exige señoras lumis como las antes: esas que sabían escuchar durante horas en la penumbra de una barra americana, pacientes y profesionales, y al final, comprensivas, decían «muy guapos» cuando sacabas la foto de tu mujer y tus cinco hijos. Entonces todavía eran más eficaces, y necesarias, las putas que los psiquiatras.

 

Arturo Perez Reverte

El viejo Capitan

El viejo capitán

Mi tío fue el primer héroe de mi infancia. Cuando su barco tocaba en Cartagena, mis padres me llevaban al puerto, y junto a los tinglados del muelle contemplaba yo extasiado la maniobra de amarre, las gruesas estachas encapilladas en los norays, los marineros moviéndose por la cubierta y el último humo saliendo por la chimenea.

A veces lo veía en la proa, como primer oficial, y más tarde, ya capitán, asomado al alerón del puen­te, arriba, inclinándose para comprobar la distancia con el muelle mientras daba las órdenes adecuadas. Después, inmovilizado el barco, yo subía corrien­do por la escala, ansioso por pisar la cubierta vibrante por las máquinas, tocar la madera, el bronce y los mam­paros de hierro, sentir el olor y el run­rún peculiares del barco y llegar al puente, junto a la rueda del timón y la bitácora, donde estaba mi tío, que inte­rrumpía un momento su trabajo para , levantarme en brazos mientras yo admiraba las palas negras y doradas en las hombreras de su camisa blanca. Porque entonces los marinos mercantes llevaban gorra de visera con dos anclas cruzadas, palas en la camisa de verano y galones dorados en las bocamangas de hermosas chaquetas azules. En aquel tiempo, los marinos mercantes aún parecían marinos.

He dicho que lo idolatraba. Al día siguiente de su atraque, muy tempra­no, iba a su casa y me metía en la cama entre él y mi tía; para que me contara aventuras del mar. Nunca me defrau­daba. Mientras mi pobre tía, resignada, se levantaba a preparamos el desayuno, yo conténia la respiración y con los ojos muy abiertos escuchaba como el capitán había naufragado cuatro veces en aquel viaje, y de qué manera heroi­ca, rodeado tiburones hambrientos, se enfrentó a ellos con un cuchillo, pensando todo el tiempo en su sobrino favorito.

Otras veces me contaba cómo. los crueles piratas malayos habían intentado abordar su barco en el estre­cho de Malaca, el temporal que capeó doblando Hornos o cuando tocó un iceberg estando al mando del Titanic, sin botes para todos los pasajeros. Y yo lo abrazaba, emocionado, y se me esca­paban las lágrimas, sobre todo con el episodio de los tiburones, cuando me contaba como, uno tras otro, habían ido desapareciendo todos sus compañeros menos el.

Luego crecí, y el envejeció, y tuvo hijos que a su vez le esperaron en los puertos. En ocasiones mi vida profesional llego a juntarse con la suya y navegamos juntos, como cuando coincidimos en la evacuación del Sahara en el año 75, mandando el ultimo barco español ya le había ocurrido en Guinea, era experto en últimos viajes- que salió de Villa Cisneros. Y al fin, un día, después de cuarenta años navegando, se jubilo y quedo varado en tierra; junto al mar pero tan lejos de el como si estuviese a quinientas millas de distancia.

Y a pesar de lo que siempre creyó, con una mujer maravillosa y unos hijos adorables, no fue feliz en tierra. Iba a verlo -ahora era yo quien contaba aventuras entre tiburones- y allí, en su salita llena de libros y recuerdos acumulados como restos de un naufragio, fumábamos y bebíamos, recordando. Sólo se le iluminaban los ojos de verdad cuando recordaba, y yo procuraba animarlo a eso. Luego pasaba horas apoyado en la ventana, en silen­cio, mirando caer la lluvia, y yo sabía que añoraba otros cielos y mares azu­les. Pero el mar de verdad ya no le interesaba. Había llegado a odiarlo por hacer de él un apátrida, un fantasma varado en la tierra desconocida y hos­til. Sus hijos tampoco lograron traspa­sar la barrera. El mayor compró un barquito que él apenas pisaba. Se vol­vió huraño, hipocondríaco. Cuando tuve mi primer velero, lo llevé conmi­go mar adentro, esperando reconocer por un instante al ídolo de mi infancia. Paso todo el día sentado, mirando el horizonte en silencio, dos dedos sobre el pulso de su mano derecha. Nunca volvimos a navegar juntos. Nunca volví a hablarle del mar.

Murió hace un par de años. Esta mañana he estado mirando un viejo cenicero de cristal de la Trasmedite­rránea en forma de salvavidas que siempre admiré desde niño, y que poco antes de morir hizo que me entregaran. Fue al mar, y nunca volvió. Era un buen marino. Y, como ocurre con los mejores barcos, se deshizo al quedar varado en la costa. Pero jamás lo olvidaré cuchillo en mano, nadando entre tiburones.

Arturo Perez Reverte

Un pirata de verdad

UN PIRATA DE VERDAD
 

De románticos tenían lo justo. O sea, nada. Desprovistos de la aureola artificial de la novela decimonónica y de la imbecilidad anglosajona de las películas de Hollywood, los piratas de antaño se quedan en lo que eran: saquea­dores y asesinos. A menudo suele con­fundírseles con los corsarios, pero ésos, al menos sobre el papel, tocaban otro registro -precisamente Alberto Fortes publicó hace poco, en gallego, O Corsa­rio: una biografía del pontevedrés Juan Gago.

Los corsarios eran particulares que, sujetos a reglas internacionales, saqueaban por cuenta de un rey a los enemigos de éste. Un pirata era un pira­ta, y punto; sin diferencia con los que hoy asaltan barcos, roban y matan en las costas caribeñas, el mar Rojo o los estre­chos de Asia. Resumiendo: una panda de hijos de puta. Pensaba en eso el otro día, cuando revisando papeles di con la car­peta que guardo sobre Benito Soto, uno de los últimos piratas españoles, y uno de los pocos nuestros que se hicieron famosos bajo la bandera negra. Un pájaro de cuenta cuya dramática historia termi­nó en tanguillos de Cádiz.

Les cuento. El barco era un corsario brasileño dedicado a la trata de negros: un bergantín de siete cañones llamado El defensor de Pedro, cuya tripulación se amotinó en 1823, dejando al capitán en tierra africana y pasando a cuchillo a los tripulantes que no estaban por la labor. Su segundo contramaestre, un ponteve­drés de veinte años llamado Benito Soto Aboal -desertor de la matrícula de mar española a los dieciocho-, fue elegido comandante. Al bergantín se le cambió el nombre por el de Burla negra, y en poco tiempo consiguió una siniestra reputa­ción, estrenándose en su nuevo oficio cerca de Ascensión con el saqueo de la fragata mercante inglesa Morning Star, y luego con el de la estadounidense Topaz, de la que asesinaron, por la cara, a 24 de sus 25 tripulantes y pasajeros. Más tarde, entre las Azores y Cabo Verde, le llegó el turno al brickbarca inglés Sumbury. En este punto, ya en posesión de un botín razonable, Soto decidió navegar hasta Galicia para vender el fruto de la campa­ña. De camino no dejó pasar la oportuni­dad de darle lo suyo al portugués Melin­da, al Cessnok -a ése no le tengo con­trolada la bandera- y al inglés New Prospect, saqueos que se completaron, para rematar la cosa, con el asesinato de algunos miembros de la tripulación pro­pia, de los que Soto no se fiaba un pelo y a los que temía dejar en tierra con la len­gua demasiado suelta.

En La Coruña, donde los piratas pre­sentaron papeles falsos con uno de los tripulantes haciéndose pasar por el ver­dadero capitán del barco, vendieron la carga y luego decidieron irse al sur de España o a la costa de Berbería para vivir de las rentas. Pero el mar gasta bromas pesadas: una noche oscura con­fundieron el faro de la isla de León con el de Tarifa, y terminaron embarrancan­do en una playa gaditana, muy cerca de

donde hoy está, como ya estaba enton­ces, el Ventorillo del Chato. Aunque al principio las autoridades de Marina, sobornadas por los piratas, hicieron la vista gorda, un antiguo pasajero del Morning Star los reconoció -también es mala suerte que el fulano estuviera en Cádiz- y puso el grito en el cielo. Total: diez de ellos terminaron ahorca­dos y hechos cuartos por la justicia gaditana, y el capitán Soto, que había huido a Gibraltar, fue detenido, juzgado y ejecutado en la colonia, culpable de 75 asesinatos y del saqueo de diez barcos. Como buen gallego, Soto se dejó ahor­car sin aspavientos, mostrándose, cuen­tan, arrepentido, resignado y también algo chulo. Que me quiten lo bailado, debió de decir. O algo así.

Pero la historia del Defensor de Pedro aún trajo cola. Setenta y cuatro años después, en 1904, los trabajadores de una almadraba descubrieron, en el lugar donde había acabado su aventura el pirata, gran cantidad de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII. La gente se volvió loca, echándose todo Cádiz a la playa -incluidos viejos, niños y suegras- con palas y cribas, hallándo­se al menos millar y medio de piezas. Así se hicieron famosos «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», que en los carnavales del año siguiente inmortalizaría un perso­naje local, el Tío de la Tiza, con su peña Los Anticuarios. Y colorín colorado: ésta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacio­nales, empezó como truculento pirata y acabó -aquí todo termina igual- en chirigota gaditana.

Arturo Perez Reverte

Quiero ir al mar

Quiero ir al mar

(Sacado del libro de poemas de Ramón Sampedro “Cuando yo caiga”)

 Quiero ir al mar, para jugar

con mis sueños pequeños

y mirar al agua y recordar

Cuando era toda magia y misterio.

Los caramujos, las conchas, los mejillones,

los caracoles que no me daban

como yo pedía canturreando

un cuerno si y otro no

Quiero ir al mar, porque allí tengo

mis caminos de marinero

tengo murmullos y tengo aromas,

tengo el recuerdo de algo incierto

que tiene el mar, allá muy dentro

Nostalgias mías, cuando eran todas

mas cristalinas;

todas las ansias de olas marinas

en las que soñaba poder viajar

Sueños de niño, sueños de plata

que era de los mares bravo pirata

de aquellos sueños no queda nada

solo la nostalgia en el tiempo varada

Quiero encontrar dos corazones

que dibujamos en la arena:

Rita...y Ramon.

para siempre tuyo, para siempre tuya

Quiero encontrar su silueta

la que me quito la ola ladrona

de aquella playa de arena tibia

contorneada con el verbo amar

Quiero ir al mar, porque allí tengo

en sus abismos mis secretos

mis sueños de hombre

y mis sueños de niño

Tengo rugidos de un paraíso

de caramujos y caracolas

que la fantasía donarme quiso

cuando montaba sobre las olas

Y si hace falta , para soñar

para encontrarte de nuevo, amor

porque no tengo en la tierra sueños

Quiero ir al mar, para revivirme, para volverme a ahogar.

Noveccento

NOVECENTO (La leyenda del pianista en el océano)

ALESSANDRO BARICCO

Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza... y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir... Éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros... y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero.., en verla. A lo mejor estaba allí comiendo, o paseando simplemente en el puente..., a lo mejor estaba allí colocándose bien los pantalones..., levantaba la cabeza un instante, echaba un vistazo al mar... y la veía. Entonces se quedaba como clavado en el lugar en que se encontraba, el corazón le estallaba en mil pedazos, y siempre, todas las malditas veces, lo juro, siempre, se volvía hacia nosotros, hacia el barco, hacia todos, y gritaba (suave y lentamente): América. Después permanecía allí, inmóvil, como si tuviera que salir en una fotografía, con cara de haber hecho a América él mismo. Por las tardes, después de trabajar, y los domingos, se había hecho ayudar por su cuñado, un albañil, buena persona..., al principio tenía pensado algo con aglomerado, pero luego... le fue cogiendo el tranquillo y se hizo las Américas...
El primero en ver América. En cada barco hay uno. Y no hay que pensar que son cosas que ocurren por casualidad, no..., y ni tan siquiera es cuestión de dioptrías: es el destino. Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar; para deslizarse por los nervios y la sangre y yo qué sé, hasta el cerebro y desde allí a la lengua, hasta dentro de aquel grito
(gritando), AMÉRICA, ya estaba allí, en aquellos ojos, desde niño, toda entera, América. Allí, esperando.

Esto me lo enseñó Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, el pianista más grande que ha tocado en el océano. En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto. Así decía: lo que verán.
Yo he visto muchas Américas... Seis años en aquel barco, cinco, seis viajes al año, de Europa a América, y de vuelta, siempre en remojo en el océano, cuando bajabas a tierra ni siquiera te veías capaz de mear derecho en el váter. Él estaba quieto, pero tú, tú seguías balanceándote. Porque es posible bajarse de un barco, pero del océano... Cuando subí, tenía diecisiete años. Y sólo había tina cosa que me importara en la vida: tocar la trompeta. Así que cuando me enteré de la historia esa de que estaban buscando gente para el barco a vapor el
Virginian, que estaba en el puerto, me puse en la cola. La trompeta y yo. Enero de 1927. Ya tenemos músicos, dijo el tipo de la Compañía. Lo sé, y me puse a tocar. Se quedó allí mirándome fijamente sin mover ni un músculo. Esperó a que acabara sin decir una palabra. Después me preguntó:
«Qué era eso?»
«No lo sé.»

Se le iluminaron los ojos. «Cuando no sabes lo que es, entonces es jazz.»
después hizo algo raro con la boca, quizás era una sonrisa, tenía un diente de oro justo aquí mismo, tan en el centro que parecía que lo había puesto en el escaparate para venderlo.
«Van corno locos por esa música ahí arriba.»
Ahí arriba quería decir en el barco.
Y aquella especie de sonrisa quería decir que me habían contratado.
Tocábamos tres, cuatro veces al día. Primero para los ricos de la clase de lujo, y luego para los de segunda, y de vez en cuando íbamos donde estaban aquellos pobres emigrantes y tocábamos para ellos, pero sin uniforme, tal como íbamos, y de vez en cuando tocaban ellos también con nosotros. Tocábamos porque e] océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos
ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve.
Con la que Dios bailaría si fuera negro.
(El actor sale del escenario. Empieza una muisica dixie, muy alegre y básicamente idiota. El actor reaparece en escena, elegantemente vestido de jazzman de navío. A partir de este momento se comporta como si la banda estuviera, físicamente, sobre el escenario)
Ladies and Gentlemen, meine Danien und Herren,
señoras y señores,.. Mesdames et Messieurs, bienvenidos a este barco, a esta ciudad flotante que se parece en todo y por todo al Titanic, calma, permanezcan sentados, el señor del fondo se ha tocado, lo he visto perfectamente, bienvenidos al océano, por cierto, qué hacen ustedes aquí, me apuesto lo que sea a que tenían a sus acreedores pisándoles los talones, llegan con unos treinta años de retraso a la fiebre del oro, querían ver el barco y luego no se han dado cuenta de que había partido, han salido un momento para comprar cigarrillos, en este mismo instante su esposa está con la policía, diciendo que era un buen hombre, normalísimo, ni una pelea en treinta años... En fin, ¿qué demonios están haciendo aquí, a trescientas millas de cualquier jodidísimo mundo y a dos minutos del próximo ataque de vómito? Pardon madame, bromeaba, fíese usted, en este barco se va como una bola sobre el billar del océano, tac, sólo faltan seis días, dos horas y cuarenta y siete minutos y cloc, a la tronera, ¡Nueva Yoooooork!
(La banda en primer plano)
No creo que haga falta explicarles cómo es este barco, en muchos sentidos un barco extraordinario y, en definitiva, único. Al mando del capitán Smith, conocido claustrofóbico y hombre de gran sabiduría (seguramente habrán notado que vive en una lancha de salvamento), trabaja para todos ustedes un equipo prácticamente único de profesionales absolutamente fuera de lo común: Paul Siezinskj, timonel, ex sacerdote polaco, médium, sanador, ciego, por desgracia... Bill Joung, telegrafista, gran jugador de ajedrez, zurdo, tartamudo..., el médico de a bordo, el doc. Klausermanspitzwegensdorfentag, como les urja llamarlo lo tienen claro..., pero sobre todo:
Monsieur Pardin, el chef, directamente procedente de París, adonde, por otro lado, regresó de inmediato tras comprobar en persona la curiosa circunstancia de que este barco carece de cocinas, como ha podido notar sutilmente, entre otros, Monsieur Camembert, del camarote doce, que hoy se ha quejado al encontrar su lavabo lleno de mayonesa, cosa rara, porque normalmente en los lavabos metemos los embutidos, todo esto debido a la ausencia de cocinas, hecho que hay que atribuir, por otro lado, a la ausencia en esta nave de un auténtico cocinero, como lo era sin duda Monsieur Pardin, quien regresó a París, de donde procedía directamente, con La ilusión de encontrar a bordo cocinas que, la verdad sea dicha y siendo fieles a los hechos, aquí no tenemos, y todo esto gracias al simpático olvido del diseñador de este barco, el insigne ingeniero Camilleri, anoréxico de fama mundial, a quien ruego le dediquen su más caluroso aplausooooooo...
(Banda en primer plano)
Créanme, no encontraran ustedes barcos como éste en ningún sitio: a lo mejor; si buscan durante años, encontrarán a un capitán claustrofóbico, un timonel ciego, un telegrafista tartamudo, un doctor de nombre impronunciable, todos juntos en una misma nave, sin cocinas. Podría ser. Pero lo que nunca más volverá a ocurrirles, de eso pueden estar seguros, es que se encuentren sentados con el culo sobre diez centímetros de butaca y centenares de metros de agua, en el corazón del océano, teniendo ante los ojos el milagro, en las orejas la maravilla, y en los pies el ritmo y en el corazón el sonido de la única, inimitable, infinita, ¡ATLANTIC JAZZ BAAAAND!!!!!
(Banda en primer plano. El actor presenta a los músicos uno a uno. A cada nombre le sigue un breve solo)

Al clarinete, ¡Sam «Sleepy» Washington!
Al banjo, ¡Oscar Delaguerra!
A la trompeta, ¡Tim Tooney!
Trombón, ¡Jim Jim «Breath» Gallup!
A la guitarra, ¡Samuel Hockins!
Y, finalmente, al piano..., Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. El más grande.
(La música se interrumpe bruscamente. El actor abandona el tono de presentador, y, hablando, se quita el uniforme de músico)
Lo era de verdad: el más grande. Nosotros tocábamos música, él era algo distinto. Él tocaba... Aquello no existía antes de que él lo tocara, ¿de acuerdo?, no estaba en ningún sitio. Y cuando él se levantaba del piano, ya no estaba... y ya no estaba para siempre... Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. La última vez que lo vi estaba sentado sobre una bomba. En serio. Estaba sentado sobre una carga de dinamita así de grande. Es una larga historia... Él decía:
«No estás jodido verdaderamente mientras tengas una buena historia a cuestas y alguien a quien contársela.» El sí que tenía una buena historia... Él
era su buena historia. Delirante, a decir verdad, pero hermosa... Y aquel día, sentado sobre toda aquella dinamita, me la regaló. Porque yo fui su mejor amigo... Y he hecho tonterías, y si me ponen boca abajo nada saldrá de mis bolsillos, hasta la trompeta vendí, todo, pero... aquella historia no..., ésa no la he perdido, todavía está aquí, tan límpida e inexplicable como tan sólo lo era la música cuando, en mitad del océano, la tocaba el piano mágico de Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento.
(El actor se va entre bastidores. Se escucha la banda hasta que finaliza. Cuando se apaga el ultimo acorde, el actor reaparece en el escenario)
Quien lo encontró fue un marinero que se llamaba Danny Boodmann. Se lo encontró una mañana, cuando ya todos habían bajado, en Boston, lo encontró en una caja de cartón. Tendría unos diez días, no más. Ni siquiera lloraba, estaba en silencio en aquella caja con los ojos abiertos. Lo habían dejado en el salón de baile de primera clase. Encima del piano. Pero no tenía aspecto de ser un recién nacido de primera clase. Esas cosas solían hacerlas los emigrantes. Parir a escondidas, en algún lugar del puente, y después abandonar allí a los niños. No lo hacían por maldad. Aquello era miseria, pura miseria. Algo parecido a lo que ocurría con la ropa..., subían con parches hasta en el trasero, todos con su traje, el único que tenían, gastado por todas partes. Pero después, como América es América, al final los veías bajar, a todos bien vestidos, incluso los hombres con corbata y los niños con unas camisetas blancas..., en fin, se las arreglaban estupendamente, en aquellos veinte días de navegación cosían y cortaban, al final no encontrabas ni una sola cortina en el barco, ni una sábana, nada: se habían hecho el traje bueno para América. Toda la familia. Qué ibas a decirles...
En fin, que de vez en cuando tocaba también un niño, que para un emigrante es una boca más que alimentar y un montón de problemas en la oficina de inmigración. Los dejaban en el barco. En cierto sentido, a cambio de las cortinas y de las sábanas. Con aquel niño tenía que haber pasado lo mismo. Debieron de decirse: si lo dejamos sobre el piano de cola, en el salón de baile de primera clase, a lo mejor se lo lleva consigo algún ricachón, y será feliz toda su vida. Era un buen plan. Funcionó a medias. No se hizo rico, pero sí pianista. El mejor, lo juro, el mejor.
En fin. El viejo Boodmann se lo encontró allí, buscó algo que le dijera quién era, pero sólo encontró una nota, en el cartón de la caja, escrita con tinta azul: T. D. Limoni. Había también una especie de dibujo, de un limón. También en tinta azul. Danny era un negro de Filadelfia, un hombretón maravilloso. Cogió al niño en brazos y le dijo: «Hello Lemon!» Y en su interior algo estalló, algo así como la sensación de que había sido padre. Durante toda su vida mantuvo que lo de T. D. significaba Thanks Danny. Gracias, Danny. Era absurdo, pero él se lo creía de verdad. Habían dejado allí aquel niño para él. Estaba convencido de ello... T. D., Thanks Danny. Un día le llevaron un periódico, había un anuncio de un hombre con cara de idiota y un bigote fino, fino, fino, de latín lover, y había dibujado un limón así de grande, y al lado estaba escrito: Tano Damato, el rey de los limones, Tano Damato, limones de rey, y algo parecido a un certificado, o un premio, o qué sé yo...

Tano Damato... El viejo Boodmann ni se inmutó. «Quién es este maricón?», preguntó. Y pidió que le dieran el periódico porque junto al anuncio estaban los resultados de las carreras. No es que apostara en las carreras: le gustaban los nombres de los caballos, eso es todo, tenía una verdadera pasión, siempre te decía: «mira éste, este de aquí, corrió ayer en Cleveland, mira, le han puesto Liante, ¿tú crees?, ¿será posible?, ¿y éste? Mira, Antes mejor, ¿no es para partirse?», en fin, que le gustaban los nombres de los caballos, tenía esa pasión. Le importaba un carajo quién ganara la carrera. Eran los nombres lo que le gustaba.
A aquel niño empezó a ponerle el suyo, nombre: Danny Boodmann. Fue el único acto de vanidad que se permitió en toda su vida. Después añadió T. D. Lemon, como ponía en la nota que había en la caja de cartón, porque decía que quedaba fino eso de poner letras en mitad del nombre: <<todos los abogados las tiene>>, confirmó Burty Bum, un maquinista que había ido a parar a la cárcel gracias a un abogado que se llamaba John P. T. K. Wonder «Si se hace abogado, lo mato», sentenció el viejo Boodmann, aunque luego dejara las dos iniciales en el nombre, por lo que al final quedó Danny Boodmann T. D. Lemon. Era un bonito nombre. Lo analizaron un rato, repitiéndolo en voz baja, el viejo Danny y los otros, en la sala de máquinas, con las máquinas paradas, en el muelle del puerto de Boston. «Bonito nombre», dijo al final el viejo Boodmann, «pero le falta algo. Le falta un gran final.» «Añadamos martes», dijo Sam Stull, que trabajaba de camarero. «Lo has encontrado un martes, pues llámalo martes.» Danny se lo pensó un poco. Luego sonrió. «Es buena idea, Sam. Lo he encontrado el primer año de este nuevo, jodidísimo siglo, ¿no?: lo llamaré Novecento.» «Novecento?» «Novecento.» «Pero ¡si eso es un número!» «Era un número: ahora es un nombre.» Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento. Es perfecto. Es hermosísimo. Un gran nombre, sí señor, un gran nombre de verdad. Llegará lejos con un nombre como ése. Se asomaron a la caja de cartón. Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento los miró y sonrió: se quedaron de piedra: nadie se esperaba que de un niño tan pequeño pudiera salir tanta mierda.
Danny Boodmann siguió siendo marinero todavía otros ocho años, dos meses y once días más. Después, durante una tormenta, en pleno océano, recibió el golpe de una polea enloquecida en mitad de la espalda. Tardó tres días en morir. Estaba destrozado por dentro, no había manera de recomponerlo. Novecento era un niño, en aquel entonces. Se sentó junto a la cama de Danny y no se movió de allí. Tenía una montaña de periódicos viejos y durante tres días, con un enorme esfuerzo, le leyó al pobre Danny, que estaba estirando la pata, todos los resultados de las carreras que encontró. Juntaba las letras, como Danny le había enseñado, con el dedo sobre el papel del periódico y los ojos que no c apartaban ni un instante. Leía lentamente, pero leía. Y así el viejo Danny murió en la sexta carrera de Chicago, en que ganó Agua potable con dos cuerpos de ventaja sobre Sopa de verduras y cinco sobre Maquillaje azul. El hecho es que, con aquellos nombres, no pudo no reírse y, riéndose, la palmó. Lo envolvieron en una lona y lo devolvieron al océano. En la lona, con pintura roja, el capitán escribió: Thanks Danny.
Y así, de repente, Novecento se quedó huérfano por segunda vez. Tenía ocho años y ya había hecho el trayecto entre Europa y América, ida y vuelta, unas cincuenta veces. El océano era su casa. En cuanto a la tierra, bueno, nunca la había pisado. Claro que la había visto desde los puertos. Pero bajado, nunca. El hecho es que Danny tenía miedo de que se lo llevaran con alguna de esas historias de documentos y visados y otras zarandajas. Por eso Novecento permanecía a bordo siempre, y después, en un determinado momento, volvían a partir. Para ser precisos, Novecento ni siquiera existía para el mundo: no había ciudad, iglesia, hospital, cárcel, equipo de béisbol que hubiera inscrito su nombre en algún sitio. No tenía patria, no tenía fecha de nacimiento no tenía familia. Tenía ocho años: pero oficialmente no había nacido.

<<Esto no puede seguir así por mucho tiempo>>, le decían de vez en cuando a Danny. «Entre otras cosas, va contra la ley>> Pero Danny tenía una respuesta irrefutable:<<A la mierda la ley>>, decía. Con aquel punto de partida, no había mucho que discutir.
Cuando llegaron a Southampton, al final del viaje en que Danny murió, el capitán decidió que había llegado la hora de acabar con aquella historia. Llamó a las autoridades portuarias y le dijo al segundo de a bordo que fuera a buscar a Novecento. Pues bien, no lo encontró. Lo buscaron por todo el barco durante dos días. Nada. Había desaparecido. A todo el mundo le sentó fatal aquella historia, porque, en fin, allí, en el Virginian, se habían acostumbrado a aquel crío, y nadie se atrevía a decirlo, pero... no era nada difícil saltar por la borda y... luego el mar hace de las suyas y... Así que tenían el corazón en un puño cuando veintidós días después partieron con rumbo a Río de Janeiro sin que Novecento hubiera regresado, o sin que hubieran tenido noticias suyas... Serpentinas y sirenas y fuegos artificiales al partir, como siempre, pero aquella vez era distinto, estaban a punto de perder a Novecento, y era para siempre, algo les desgarraba la sonrisa a todos, y les roía el corazón.
La segunda noche de viaje, en la que ya no se veían ni siquiera las luces de la costa irlandesa, Barry, el contramaestre, entró como un loco en el camarote del comandante, despertándolo y diciéndole que tenía que acompañarlo sin dilación. El comandante blasfemó, pero después se fue con él.
Salón de baile de primera clase.
Luces apagadas. Gente en pijama, de pie, en la entrada. Pasajeros en las puertas de sus camarotes.
Y además marineros, tres de ellos completamente ennegrecidos, recién subidos de la sala de máquinas, y también Truman, el telegrafista.
Todos en silencio, mirando.
Novecento. Estaba sentado en el taburete del piano, con las piernas colgando, sin tocar el suelo.
Y, como hay Dios, que estaba tocando.
(Se oye un música de piano, bastante simple, lenta, seductora)
No sé qué demonios de música estaba tocando, pero era pequeña y... hermosa. No había trampa, era él quien estaba tocando, eran sus manos, en aquellas teclas, Dios sabe cómo. Y había que oír lo que estaba saliéndole. Había una señora en salto de cama de color rosa y pinzas en el pelo..., cargada de dinero, en resumen, la esposa americana de un agente de seguros..., pues bueno, tenía unos enormes lagrimones que chorreaban sobre la crema de noche, miraba y lloraba sin parar. Cuando vio al comandante a su lado, atontado por la sorpresa, literalmente atontado, cuando lo vio su lado, se sorbió los mocos, me refiero a la ricachona, se sorbió los mocos y señalando al piano le preguntó:
«Cómo se llama?»
« Novecento.»
«La canción no, el niño.»
«Novecento.>>
¿Como la canción?»

Continuara....

Citas de Groucho

 

GROUCHO MARX

 

Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio.

¿A quien va usted a creer?, ¿a mi, o a sus propios ojos?

Estos son mis principios. Si a usted no le gustan, tengo otros.

Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota.

Nunca olvido una cara. Pero en su caso, estaré encantado de hacer una excepción.

Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cinco años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cinco años!

Desde el momento en que cogí su libro me caí al suelo rodando de risa. Algún dia espero leerlo.

¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Que ha hecho la posteridad por mi?

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.

La inteligencia militar es una contradicción en los términos.

Una mañana me desperté y maté a un elefante en pijama. Me pregunto como pudo ponerse mi pijama.

La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro.

He pasado una noche estupenda. Pero no ha sido esta.

Debo confesar que nací a una edad muy temprana.

O usted se ha muerto o mi reloj se ha parado.

Recordad que estamos luchando por el honor de esa mujer, lo que probablemente es más de lo que ella hizo jamás.

Partiendo de la nada alcance las mas altas cimas de la miseria.

Citadme diciendo que me han citado mal.

El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución.

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados.

Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.

Bebo para hacer interesantes a las demás personas.

Solo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Y si responde "sí", sabes que es un corrupto.

¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú.

La política no hace extraños compañeros de cama. El matrimonio sí.

El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho.

Soy tan viejo que recuerdo a Doris Day antes de que fuera virgen.

Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente esta demasiado oscuro para leer.

No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo.

Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Detrás de ella, esta su esposa.

El matrimonio es la principal causa de divorcio.

Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado.

Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien.

¿Pagar la cuenta?... ¡Qué costumbre tan absurda!

Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína.

Me casé por el juzgado. Debería haber pedido un jurado.

Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida... lo cual no dice mucho en mi favor.

Hasta luego cariño... ¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima... ¡Es un escándalo!... ¡Yo que tú no la pagaría! 

Señorita... envíe un ramo de rosas rojas y escriba "Te quiero" al dorso de la cuenta.

El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida... y luego ya no hay quien se lo quite de encima.

No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual.

Está loca por mí. ¡Qué mujer no lo está! Yo sé que va usted a preguntarme cuál es mi secreto... ¡Voto al diablo que sois osado! El secreto es no darles a entender que se las quiere. No ir nunca tras ellas. Que ellas vayan detrás de ti. Hay que avivar el cariño del amor con el abanico de la indiferencia... (Los Hermanos Marx en el Oeste)

Oh! Nunca podré olvidar el día que me casé con aquella mujer... Me tiraron píldoras vitamínicas en vez de arroz.

¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero a la segunda pregunta.

- ¿Por qué y cómo ha llegado usted a tener veinte hijos en su matrimonio? - Amo a mi marido. - A mí también me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca.

M. Dumont: Dime Wolfie, cariño, ¿tendremos una casa maravillosa? Groucho: Por supuesto, ¿no estarás pensando en mudarte, verdad? M. Dumont: No, pero temo que cuando llevemos un tiempo casados, una hermosa joven aparezca en tu vida y te olvides de mí. Groucho: No seas tonta, te escribiré dos veces por semana.

- ¿Me lavaría un par de calcetines? (...) Es mi forma de decirle que la amo, nada más.

Cásate conmigo y nunca más miraré a otro caballo.

No permitiré injusticias ni juego sucio, pero, si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, lo pondremos contra la pared... ¡Y daremos la orden de disparar! 

¡Cavar trincheras! ¡Con nuestros hombres cayendo como moscas! No tenemos tiempo para cavar trincheras. Las tendremos que comprar prefabricadas. 

"Chico: Un coche y un chófer cuestan demasiado. He vendido mi coche. Groucho: ¡Qué tontería! En su lugar, yo hubiera vendido el chófer y me hubiera quedado con el coche. Chico: No puede ser. Necesito el chófer para que me lleve al trabajo por la mañana. Groucho: Pero, ¿cómo va a llevarle si no tiene coche?. Chico: No necesita llevarme. No tengo trabajo."

Oiga mozo, ¿y no sería más fácil que en lugar de intentar meter mi baúl en el camarote, metiera mi camarote dentro del baúl? 

Perdonen que no me levante. (Epitafio de Groucho)

Mi madre adoraba a los niños. Hubiera dado cualquier cosa porque yo lo fuera.

Si quisiera un centavo rompería la hucha de mi hijo -si tuviera un hijo-.

Supongo que había que inventar las camas de agua. Ofrecen la única posibilidad de beber algo a media noche sin pisar al gato.

Durante mis años formativos en el colchón, me entregué a profundas cavilaciones sobre el problema del insomnio. Al comprender que pronto no quedarían ovejas que contar para todos, intento el experimento de contar porciones de oveja en lugar del animal entero.

Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir donde colgar la ropa.

Dices que conociste a John en un ascensor, y mi pregunta es: ¿subía o bajaba? Esto es muy importante porque, cuando bajamos en un ascensor, siempre tenemos una sensación de vacío en el estómago que a veces puede confundirse con amor. En cambio, si subía, se trata de un caso claro de flechazo a primera vista, y también demuestra que John es un joven en periodo de ascenso. (De una carta a su hija Miriam)

Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…

Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos: los dos estábamos locos por las chicas.

En las fiestas no te sientes jamás; puede sentarse a tu lado alguien que no te guste.

He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso.

La Bounty

 

La Bounty, bergantín de doscientas quince toneladas que zarpo del puerto de Spithead, el 23 de diciembre de 1787, bajo las ordenes del capitán Bligh con una misión del almirantazgo ingles: la de transportar a las Antillas el árbol del pan, desde el archipiélago de Taití. Los hechos acontecidos en este navío marcaron un punto de inflexión en el tratamiento de las tripulaciones por parte de los oficiales en los navíos de guerra de por aquel entonces...

 

En la mañana del 28 de abril de 1789 un amotinamiento liderado por el segundo de  abordo, el guardamarina Fletcher Christian, provoco que a lo largo de la historia se escribieran diferentes y contradictorias versiones sobre lo sucedido.

En esta pagina ire transcribiendo esas diferentes versiones, así como fotos de la isla Pitcairn y Bounty o cualquier enigma que vaya encontrando.

De estos relatos tambien se hicieron tres películas:

 

  • Mutiny on the Bounty dirigida por Frank Lloyd en 1935 ( oscar a la mejor pelicula de ese año ) y protagonizada por Clark Gable

http://www.geocities.com/cinecyu/REBELIONABORDO.HTML

 

  • Mutiny on the Bounty dirigida por Lewis Minestone en 1962 y protagonizada por Marlon Brando

http://www.imdb.com/gallery/mptv/1120/5698-0002.jpg.html?path=gallery&path_key=0056264&seq=9

 

  • The Bounty dirigida por Roger Donaldson en 1984 y protagonizada por Anthony Hopkins y Mel Gibson

http://www.galeon.com/gibbo/Motin.html